La lógica orgánica de las relaciones internacionales se sustenta en la interconexión impulsada por dinámicas de cooperación y conflicto, en la búsqueda y el respeto de un sistema basado en reglas, y en la emisión de señales de cumplimiento y adaptación a las normas y costumbres internacionales. Sin la aceptación de esta lógica, resulta imposible resolver problemas compartidos, incrementándose los riesgos para la paz y la seguridad internacionales.
Los vacíos históricos entre la retórica y la realidad del sistema internacional basado en reglas han sido producto de la voluntad de ignorar los conflictos en el espacio donde convergen los distintos centros de poder. Se ha pretendido que todos los actores se acomoden dentro de este orden bajo la premisa de igualdad formal, cuando en la práctica se intensifica la rivalidad entre grandes potencias, en la búsqueda de intereses propios, relegando a los poderes medios y a los Estados pequeños al papel de actores secundarios.
El sistema internacional ya no es predecible. No existe certeza sobre el fortalecimiento de las relaciones comerciales y diplomáticas entre democracias, ni sobre la solidez de alianzas históricas que durante décadas dieron estabilidad al orden global. La estructura normativa que sostuvo al sistema internacional contemporáneo ha dejado de apoyarse plenamente en el multilateralismo y en el respeto al derecho internacional. Los acontecimientos registrados en lo que va de 2026 evidencian un desgaste profundo de las relaciones internacionales.
Groenlandia: el punto de inflexión de las relaciones transatlánticas
El sistema internacional ha evolucionado de un enfoque normativo hacia uno de consolidación del poder. Un ejemplo ilustrativo es la forma en que se han desarrollado las pretensiones del presidente estadounidense, Donald Trump, respecto al control de Groenlandia, territorio autónomo del Reino de Dinamarca y Estado miembro de la Unión Europea. Estas disputas pueden interpretarse como un intento de subordinar políticamente a la Unión Europea, forzándola a abandonar su tradicional enfoque suave frente a Washington.
La política exterior estadounidense ha adoptado una lógica abiertamente transaccional, aplicando criterios similares a aliados y rivales. Las alianzas estratégicas han sido degradadas a relaciones de conveniencia económica. Las amenazas —explícitas e implícitas— de apropiación territorial y la presión sobre países europeos comprometidos con la defensa de Groenlandia marcan un quiebre en las relaciones transatlánticas. La soberanía, antes principio inviolable, se convierte en una variable negociable frente al poder.
En paralelo, la firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, tras más de 25 años de negociaciones, ha dado origen al mayor mercado integrado del mundo, con una economía superior a los 22 billones de dólares. Este acuerdo confirma un cambio de rumbo: la construcción de nuevas alianzas comerciales como mecanismo para reducir la dependencia europea del mercado estadounidense.
Canadá: estrategias ante la fragmentación del viejo orden
Durante el Foro Económico Mundial de 2026, el primer ministro canadiense, Mark Carney, sintetizó esta ruptura con claridad: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición… los grandes poderes han comenzado a usar la integración económica como arma, los aranceles como influencia, las infraestructuras financieras como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades”. Esta afirmación revela una verdad incómoda: el sistema internacional basado en reglas nunca fue plenamente universal.
Estados Unidos no creó esta contradicción, pero la expuso sin ambigüedades. El respeto a las normas internacionales ha quedado subordinado a la correlación de fuerzas y a los intereses estratégicos. Ante este escenario, Canadá ha optado por diversificar sus alianzas, firmando acuerdos comerciales con China y priorizando el fortalecimiento de su economía doméstica, particularmente en el ámbito energético, como vía de posicionamiento en los mercados asiáticos.
Este gran divorcio entre el discurso normativo y la realidad del poder internacional se ha profundizado por la coerción económica y la fragmentación del orden global. El nuevo escenario obliga a los Estados —especialmente a los medianos y pequeños— a reformular sus estrategias de supervivencia, fortalecer su autonomía, diversificar alianzas y aceptar que el poder, más que las reglas, sigue siendo el factor determinante del orden mundial.
El autor es internacionalista.
