La facultad más vital e inherente del ser humano es su capacidad de ejercer el libre albedrío; es decir, el poder de tomar decisiones por voluntad propia. De este principio fundamental emanan todas las demás libertades; entre ellas, la de expresión, asociación, movimiento, conciencia y culto.
Aunque existen extraordinarias obras doctrinales sobre este tema, no debe subestimarse el impacto que puede tener la novela literaria para transmitir ideas de manera más visceral que un tratado filosófico. Un claro ejemplo es la parábola de El Gran Inquisidor, escrita por Fiódor Dostoyevski, en la que desarrolla de forma magistral el concepto del libre albedrío. Este relato aparece como el capítulo 5 del Libro V de su novela Los hermanos Karamázov (1880), considerada una de las grandes obras maestras de la literatura universal. A pesar de ser tan solo un capítulo de la novela, El Gran Inquisidor es tan profundo que a menudo se estudia, analiza y publica como una obra independiente.
En primera instancia, percibimos una crítica directa a la Iglesia, que durante siglos adoctrinó a gran parte de la sociedad para que las personas actuaran conforme a sus designios. Sin embargo, a un nivel más profundo y subyacente, la parábola plantea también una crítica hacia cualquier forma de control ejercida sobre la libertad y las acciones del ser humano.
La trama se sitúa en la Sevilla del siglo XVI, durante un auto de fe de la Santa Inquisición. En medio de la ceremonia, Jesús aparece repentinamente y comienza a caminar entre la multitud, lo que de inmediato llama la atención del Gran Inquisidor. Este, temeroso del impacto de su presencia, ordena su arresto antes de que la mayoría de los presentes lo reconozca. Ya en la soledad del calabozo, el Inquisidor reprende a Jesús con vehemencia por haberle dado a la humanidad el libre albedrío, argumentando que los seres humanos han abusado de esta libertad para cometer actos inmorales, crueles y perjudiciales contra otros. El Inquisidor le explica que, incluso contra la voluntad divina, la Iglesia ha asumido la tarea de controlar la conducta de las personas a través del temor al castigo y la promesa de salvación, asegurando así el orden y el bienestar social.
A medida que avanza el monólogo del Inquisidor, el lector comienza a empatizar con sus argumentos, recordando las peores atrocidades que los seres humanos han infligido a sus semejantes. Incluso evoca aquellas conductas cotidianas que transgreden las normas éticas más elementales de convivencia, donde prevalece el interés propio sin consideración por el daño causado a otros. Así, el lector puede llegar a aceptar la solución propuesta por el Inquisidor: suprimir o limitar el libre albedrío para evitar las malas acciones del ser humano.
Ante todas estas acusaciones, Jesús permanece en silencio. Al concluir la recriminación, el Inquisidor decide dejarlo en libertad y Jesús, en lugar de responder con reproches, le da un beso en la frente antes de retirarse serenamente. Al finalizar el relato, el lector se ve llevado a reflexionar sobre lo ocurrido, ponderando las implicaciones de un régimen que restringe libertades en nombre del supuesto bienestar colectivo. Si bien tales políticas pueden reducir ciertas conductas perjudiciales, es preciso tener gran cautela en su aplicación, pues no deben servir como justificación para limitar el ejercicio de nuestras libertades fundamentales. Por más benévola y sincera que sea la intención, la restricción sistemática de libertades termina por erosionar aquellas conductas que conforman la esencia misma del carácter humano.
No basta con actuar correctamente o mostrar una buena conducta, ya que estos actos pueden carecer de autenticidad si los motiva tan solo el temor al escarnio público, a sanciones legales o a la condena divina. La verdadera virtud moral reside en que el ser humano busque hacer lo correcto por convicción personal, sin presiones ni coacciones externas, y sin depender de incentivos o castigos. Como afirmó categóricamente el filósofo danés Søren Kierkegaard, el bien solo es posible si la persona es libre. Aunque en una sociedad funcional es necesario contar con un sistema de leyes e instituciones que procuren el bienestar y el orden público, debemos rechazar aquellas normas que restrinjan o limiten de manera sustancial el ejercicio del libre albedrío. Si cada persona pierde la capacidad de elegir libremente, pierde también la esencia de su condición humana.
El autor es abogado.


