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El grito de una potencia que le teme al futuro

El grito de una potencia que le teme al futuro
Caricatura satírica que apareció en la revista Judge en 1903: la Doctrina Monroe aplicada a Latinoamérica bajo ciertas condiciones. / Getty Images

​Ascenso de Hitler en 1933 y arranque del segundo mandato de Trump en este 2026. Un solo plano de construcción; identidades distintas. Anatomía del poder que se alimenta de una psique social herida y de una crisis profunda en la gestión de la realidad. Hitler operó mediante la Gleichschaltung, sincronización violenta que emitió leyes sin el legislativo y culminó en la Noche de los Cuchillos Largos, amputando la disidencia interna y erigiendo un cuerpo político unánime. Trump, en esta fase, reacomoda el Estado. Al desplazar al Congreso mediante órdenes ejecutivas y aranceles unilaterales, vacía sin destruir la ley desde dentro. Paso del totalitarismo de bota al populismo autoritario de algoritmo, donde la burocracia técnica es reemplazada por la lealtad absoluta y la administración se convierte en una extensión de la voluntad personal.

​Ambos comparten sus cimientos: el culto a la personalidad, la propaganda que domina la tecnología de su época y un nacionalismo nostálgico que promete restaurar un pasado mítico. Mientras Hitler dependía de las milicias armadas, el trumpismo utiliza la fuerza del Estado para escenificar la autoridad sobre el enemigo interno, transformando la política migratoria y la seguridad nacional en una exhibición de dominación simbólica.

Asistimos a una devastación del diccionario político. Términos como libertad y justicia han sufrido una necrosis de su significado. En el ecosistema del magante, la verdad no es un hecho verificable. No se busca coherencia; se busca victoria. Esta primacía de la eficacia sobre la ética legitima la crueldad —como el recorte de ayudas médicas o la persecución de la ciencia— bajo el manto de un pragmatismo descarnado. No hay piedad porque la piedad es vista como una debilidad del sistema antiguo que, según esa retórica, traicionó a la nación frente al éxito de China.

​El magante no es una moda de gorra roja; es mutación del ciudadano. Educado en el mito del Destino Manifiesto, Estados Unidos es incapaz de procesar el fracaso o la paridad con otras potencias. Ante el temor a la irrelevancia y los sueños fallidos, el seguidor entrega su estructura psíquica al líder. Es una división del cerebro donde la conciencia individual se suspende y es administrada por el líder para evitar el duelo por un sueño americano que ya es solo una utopía en ruinas. El líder es la prótesis de un orgullo nacional lastimado que prefiere la mano dura autoritaria a la lentitud de la democracia. El cerebro social, fatigado, reacciona ante la anomalía y se adapta por puro cansancio. Analistas instruidos miden el terremoto con las herramientas del siglo pasado, esperando frenos anulados por la fe ciega de un sector que le ha otorgado al líder una autoridad mística, infranqueable e incontestable.

​Esta patología del poder se alimenta de la envidia de un autoritarismo que funcione. La lealtad al grupo se refuerza por el odio compartido hacia ese otro responsable de todas las penurias. Hoy conviven dos mundos que no se hablan: uno intenta salvar los restos de las instituciones; el otro ha creado un refugio de identidad donde la realidad es un estorbo para el deseo de grandeza. La resistencia, entonces, queda reducida al quehacer intelectual: el acto de seguir llamando a las cosas por su nombre, manteniendo la p en el psicoanálisis de una nación que, en su búsqueda de omnipotencia, ha decidido olvidar la fragilidad de su propia alma.

El autor es periodista y filólogo.


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