“A un corrupto lo que más le interesa es que haya griterío para que parezca que todos somos corruptos. Y esa idea del todos somos iguales desprestigia la política, las instituciones y favorecen las manos libres del que quiere hacer lo que le da la gana. En beneficio propio”.
Estas palabras de Luis García Montero, poeta español y director del Instituto Cervantes, se aplican perfectamente al griterío diario de los políticos corruptos, que siguen riéndose de nosotros desde cualquiera de los órganos del estado, degradando las instituciones y debilitando la confianza en el sistema democrático.
El grito electoral (aunque no lo reconozcan) es este: “todos los candidatos son iguales”. Esa trampa dialéctica busca afianzar en la mente del electorado dos verdades que sostienen este sistema clientelar tan firmemente arraigado: primero, no hay otro sistema (vienen a lo mismo). Segundo, solo ellos pueden garantizar que el sistema funcione: si vienen “otros”, (todos son Iguales), no van a saber dar al pueblo lo que “de verdad” necesita.
El griterío busca ensordecer con la falsedad de que el “aquí todo el mundo roba” y el “robó pero hizo” es lo más natural en nuestro país. Estos dos extremos de filosofía popular, que nutren la degradación de esta sociedad, son la constatación de que el griterío existe, no solo en la Asamblea, sino también en el silencio del ejecutivo y el judicial, y que alienta la libertad de seguir haciendo lo que les da la gana para su beneficio.
No se crean que todo el mundo es igual y que todos los candidatos son la misma cosa. Al final, esa falsedad nos llevará a votar por los mismos, “total, para que vengan otros que no nos conocen…” y eso va a terminar por dejar las cosas en la misma situación de calamidad en la que nos encontramos. Y cinco años más de esto no hay país que lo aguante, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario.
El autor es escritor.
