El pasaje de la Biblia donde Jesús escribe en la arena se encuentra en los versículos Juan 8:6-8. En este pasaje, después de que los escribas y fariseos llevan ante él a una mujer sorprendida en adulterio y le preguntan si debe ser apedreada, Jesús se inclina y comienza a escribir en el suelo con el dedo.
Cuando le insisten, se levanta y dice: «El que de ustedes esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Después, se inclina de nuevo y sigue escribiendo en el suelo, un acto que lleva a que los acusadores se retiren uno a uno. Nadie leyó sus palabras escritas en la arena.
Lo cierto es que esta es la única ocasión en que Jesús escribió algo, según se tiene constancia. Todo lo que sabemos de él fue recogido de sus labios por sus seguidores o mediante el testimonio de sus acciones por parte de testigos, discípulos o coetáneos de Jesús.

No obstante, al igual que el poder hacerlo constituye la aspiración de todo orador o escritor consumado, Jesús escogió un estilo metafórico inmejorable para expresar su mensaje y brindar sus enseñanzas para la posteridad. En este caso, utilizó el recurso didáctico de los proverbios y las parábolas, logrando conservar así su vigencia plena en todo tiempo y lugar.
Las parábolas de Jesús admiten nuevas y diversas interpretaciones, por más que los cánones de la Iglesia hayan querido atribuirles un significado único y dogmático. Por ejemplo, todavía seguimos preguntándonos qué más puede significar la frase: «Es semejante el cielo a un grano de mostaza», o esta otra: «Hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos», o aquella que resuena terrible en nuestros oídos: «No hay un solo cabello de tu cabeza que no esté contado».
Veinte siglos han transcurrido desde la presencia física de Jesús como enviado de Dios ante la humanidad, e independientemente de la connotación religiosa inherente a su existencia y del legado de su palabra, se diría que no hay episodio de su vida que no haya sido repensado y reinventado por la literatura y por el arte en general, mediante el esfuerzo continuo de pintores, poetas y narradores, en el intento de hacer de este personaje trascendental de la historia alguien siempre renovado y presente, que no pierde sentido ni actualidad para los espíritus de artistas, escritores y creyentes en general.
La dignidad estoica de Jesucristo en el Monte de los Olivos se ve reflejada, por ejemplo, en el Jean Valjean de Los miserables, de Víctor Hugo; así como en El Nazareno, de Pérez Galdós; en el príncipe Mishkin de El idiota, de Dostoievski; y en Luz de agosto, de William Faulkner, como evidentes ejemplos del cordero expiatorio.
La vigencia literaria de Cristo es una buena prueba de su vigencia histórica. Todavía, en pleno siglo XXI, es posible encontrar elaboraciones poéticas novedosas y refrescantes sobre los preludios de su nacimiento en Belén. De hecho, Cristo renace permanentemente en la literatura bajo la forma de copiosos relatos, novelas, poemas y dramas, así como en las iconografías y obras de arte que podemos apreciar en los museos.
El autor es escritor y pintor.


