Una de las cualidades más importantes que se debe cultivar en la vida moderna es un escepticismo saludable. Una capacidad de dudar, investigar y verificar la veracidad de lo que con frecuencia nos dicen nuestro pares.
Con las tecnologías de la información y la comunicación estamos continuamente expuestos a un torrente de datos y mensajes cuya veracidad no es fácil comprobar. Y para complicar el asunto, estoy convencido que más que Homo sapiens, nuestra especie debería llamarse Homo credulus, porque somos dados a creernos lo que sea.
Desde los albores de la humanidad, hemos creído en la magia, los espíritus, seres y fuerzas sobrenaturales, sin el mayor reparo. Y aunque la ciencia ha explicado la mayoría de los misterios que antes se atribuían a fenómenos sobrenaturales, todavía seguimos creyendo en la inmortalidad del cangrejo.
Por siglos hemos sido víctimas de los vendedores de pócimas milagrosas y, más recientemente y de una forma un poco más sofisticada, nos dejamos engañar por las estrategias de marketing que nos hacen creer en lo felices que seremos con aquel reloj nuevo o lo jóvenes que luciremos con una crema o loción para las arrugas, por mencionar un par de ejemplos.
Pero es que desde niños nos embaucan con historias de Reyes Magos o de Papá Noel, para mejorar nuestro comportamiento o para crear una fantasía infantil, cuando en realidad sería más lógico decir la verdad, que los juguetes son comprados por nuestro padres, con el esfuerzo de su trabajo y porque nos aman aun con todas nuestras virtudes y defectos.
Al entrar a la escuela, nos enseñan una historia plagada de inexactitudes, donde dependiendo de la cultura donde se nace o hasta de la corriente ideológica del gobierno de turno, los héroes y villanos intercambian roles a voluntad. Y nos creemos el cuento. Si tu papá es un hombre de izquierda, Chávez y Fidel son los salvadores de América Latina. Si tu familia es adinerada, el libre mercado y la democracia americana son los ejemplos a seguir y punto. Para muchos, Cristóbal Colón descubrió América; para otros, fue el iniciador de un genocidio y una serie de abusos que continúan hasta nuestros días.
Ahora, si de buenas mentiras se trata, las promesas que nos hacen los políticos en campaña son las mejores. Y lo curioso es que, en muchos casos, aun sabiendo que no las cumplirán, igual actuamos como si las creyéramos, votamos por ellos y luego nos enojamos porque no las cumplieron. ¡Vaya usted a saber!
Y por supuesto que la credulidad no es una cualidad inocua. Durante la reciente pandemia, la desinformación fue sin duda causa directa e indirecta de muchas muertes.
¿Cuántos no tomaron desinfectante para piscinas y otros tratamientos sin base científica o rehuyeron las vacunas que tantas vidas han salvado, y no vivieron para contarlo?
Los dictadores y gobernantes inescrupulosos utilizan la debilidad del Homo credulus y nos manipulan a voluntad. En el siglo XX eran la televisión y la prensa, pero ahora se han sumado Facebook y Twitter como los mejores instrumentos para un buen lavado de cerebro. Hay quienes están convencidos que la guerra de Ucrania es necesaria y buena, que Biden le robó la elección a Trump, que las criptomonedas son una inversión segura, etc.
Pero la credulidad más dañina y absurda es sin duda la que se manifiesta con el fundamentalismo o fanatismo religioso. El que una persona o un grupo de personas esté dispuesto a matar o dañar a otro porque éste último cree en una versión diferente de la historia que nos contamos sobre la existencia de uno o varios seres sobrenaturales, es para mí incomprensible. Es evidente que las creencias religiosas son producto de la cultura donde uno crece y se educa. Si un niño palestino es adoptado por una familia mormona en Utah, ese niño, casi con seguridad, va a ser mormón y no musulmán. Si una niña de Israel crece y se educa en una familia católica, muy probablemente va a ser católica y no judía. Pero si ambos crecen y se educan en el Medio Oriente, es posible que en un mal día se maten uno al otro debido, entre otras cosas, a sus diferencias religiosas. La historia está plagada de guerras santas y de genocidios en nombre de la religión, aunque en muchos casos la ambición y el poder también jugaron un papel importante. Un lado muy oscuro del Homo credulus.
Por ello señalaba al inicio que es conveniente mantener un escepticismo saludable. Las historias que nos cuentan pueden ser interesantes, reconfortantes, hasta bonitas y conmovedoras, pero no es bueno creerlas a rajatabla. Hay que instruirse, abrir la mente, mirar las cosas desde más de un punto de vista y entender los sesgos cognitivos que nos hacen tan influenciables. Hagamos alarde del verdadero nombre de nuestra especie: Homo sapiens, que se puede traducir como hombre sabio o astuto o, mejor aún y solo por precaución, acuñemos un nombre nuevo nosotros: el Homo incredulus.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas
