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El impuesto invisible de no ser confiables

La desconfianza no espanta toda la inversión: la filtra. Y ese filtro, cuando premia el atajo y complica el camino formal, termina encareciendo la vida de todos.

Hace poco estuve en un foro sobre inversión en Panamá. En el escenario se hablaba de visas rápidas, incentivos y beneficios. Sonaba fácil. Hasta que una mujer del público pidió la palabra y preguntó: “¿Y la confianza? ¿Cómo sé que el próximo gobierno no va a revertir todo?”.

El salón se quedó en silencio unos segundos. Ahí estaba la pregunta que casi nunca se formula en voz alta.

La desconfianza no espanta toda la inversión: la filtra, dejando pasar la peor. Premia al que navega la incertidumbre y castiga al que necesita reglas claras para construir a largo plazo. El resultado es simple: un Panamá más caro —y más pequeño— para todos.

Piénselo como un juego de mesa: ¿quién se sienta como jugador nuevo si el tablero se aplica de forma desigual? No es que el juego sea difícil; es que la gente que quiere jugar limpio y busca mesas donde las reglas valgan igual para todos. Y cuando un país se siente así, el inversionista serio —y también el emprendedor local— hace lo lógico: se protege o no juega.

Eso se ve en los números. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2024, Panamá marca 33 de 100 puntos, frente a 78 de Países Bajos —en una escala donde más alto significa menor corrupción percibida—. Y por dentro el termómetro coincide: Latinobarómetro 2023 reporta que solo el 16% de los panameños expresa algo o mucha confianza. No hace falta ser estadístico para entender el mensaje: confiamos poco en quienes toman decisiones, y afuera tampoco nos ven como un país particularmente confiable.

Si usted se sentara conmigo en reuniones privadas con fondos familiares, empresas y emprendedores de largo plazo, vería otra cara de la historia. Parte de mi trabajo es traer capital bueno y paciente. Nadie llega a que le vendan Panamá en PowerPoint: llegan con sus propios números. La conversación siempre vuelve a lo mismo: si hay un camino estable para entrar, operar y salir sin depender de favores.

El capital de largo plazo busca claridad y precisión. Necesita reglas comprensibles y estables para comprometer dinero, talento y tiempo. Cuando ese entorno existe, el éxito deja de sentirse como apuesta.

Un país pide prestado como una familia. Si das confianza, te prestan más barato; si dudan, te cobran un “por si acaso”. En 2025, el MEF muestra que Panamá pagaba cerca de 3% adicionales sobre la tasa base por riesgo, por encima de Chile (1.3%) y Perú (1.7%). Y ese costo no se queda “arriba”: cuando el Estado se financia caro, paga más intereses, queda menos para escuelas, salud o infraestructura. Además, ese recargo se riega por la economía: bancos y empresas se financian más caro, y el negocio de la esquina termina subiendo precios.

Aun así, con formación en economía, datos y negocios —y experiencia en Europa y Taiwán— cerrar un presupuesto cierto para operar aquí ha sido más un ejercicio de exploración que de planificación: teléfonos que no responden, requisitos que aparecen tarde, criterios distintos según quién atienda la ventanilla y tiempo perdido en descifrar reglas cambiantes. Cuando nadie puede prever tiempos ni requisitos con precisión, el dueño del local aprende a presupuestar el “por si acaso”: más días sin abrir, más trámites, más inventario inmovilizado. Y cuando sube el costo de operar, sube el precio final.

La desconfianza también se cuela en silencios: proyectos que tardan años en aprobarse por miedo a firmar; contratos cortos para “ver si funciona”; alianzas que se rompen porque nadie se atreve a decir la verdad; jóvenes que no se ven aquí dentro de diez años. Nada de eso aparece en los estados financieros. Pero igual lo pagamos todos.

¿Qué podemos hacer como país? Tratar la confianza como lo que es: infraestructura que hay que construir. Exigir reglas claras, plazos públicos y consecuencias reales cuando alguien rompe el pacto.

Abrir la caja de Pandora: transparencia en compras públicas, contratos y las reglas del juego —que se sepa quién decide qué, cuándo y por qué— y sostener la presión ciudadana para que las cosas se cumplan a tiempo, no cuando ya perdieron sentido.

Panamá ya es un puente del mundo. Ahora toca ser el puente de la confianza en América Latina.

Y la confianza no se decreta: se diseña. Para Panamá, diseñarla de nuevo es condición para dejar de vender nuestro futuro a precio de ganga. El día en que seamos conocidos como el país donde las reglas se entienden y se respetan —para nacionales y extranjeros, para apellidos viejos y nuevos— no habrá que salir a rogar inversión. Y para quienes trabajamos por atraer capital bueno y paciente —el que apuesta por el talento, lo verde y el potencial de Panamá—, la vida se volvería, por fin, mucho menos costosa.

La autora es economista y trabaja conectando capital de largo plazo con proyectos en Panamá. Produjo esta columna en el Programa de Escritura ‘Pensar Panamá/ Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.


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