El 4 de mayo de 2026, el Gran Salón Bolívar del Ministerio de Relaciones Exteriores se convirtió en el escenario de una de las lecciones de historia más lúcidas de nuestra época reciente. En la ceremonia de condecoración con la Orden Belisario Porras, en grado de Gran Cruz, el doctor Alfredo Castillero Calvo, decano de nuestros historiadores, pronunció un discurso que debería sacudir la conciencia de todo aquel que intente entender qué significa, en su esencia más profunda, ser panameño.
En un momento cumbre de su intervención, el historiador señaló que, gracias a los innovadores principios liberales de la Constitución de Cádiz de 1812, las élites panameñas pudieron sustentar ideológicamente el movimiento independentista de 1821. También recordó que, mientras los países vecinos se desangraban en guerras intestinas, Panamá prosperaba económicamente y que, gracias a ese auge comercial, algunos vecinos ricos compraron al contado grandes haciendas ganaderas y trigueras en Guadalajara, México.
Esta afirmación no es solo un dato pintoresco de nuestra historiografía; es la revelación del genoma político de Panamá. Una invitación a mirar detrás del velo de los próceres de mármol para descubrir que nuestra independencia no fue únicamente un estallido de furia popular, sino también el producto de un cálculo económico y una madurez política gestada desde la opulencia.
Esta realidad nos sitúa en el convulso escenario de inicios del siglo XIX, cuando el resto de Hispanoamérica se consumía en fuego y revoluciones sociales. Mientras el continente se desangraba, Panamá se transformaba en el ojo del huracán: un oasis de paz y negocios. La guerra en otros rincones del imperio español había bloqueado las rutas tradicionales, obligando a que la plata y las mercancías fluyeran exclusivamente por el Istmo.
Este flujo de riqueza permitió a los vecinos ricos de la capital acumular una liquidez asombrosa, facilitándoles realizar inversiones transnacionales de una magnitud difícil de imaginar para la época. Ser capaces de comprar haciendas en Guadalajara, pagando al contado en un tiempo de comunicaciones lentas, es prueba de que Panamá era una potencia comercial regional con una sofisticación financiera que le permitía diversificar activos en territorios remotos del virreinato.
Aquella élite no solo administraba el paso; también controlaba el capital circulante y poseía una visión globalizada que vinculaba estrechamente la estabilidad política con el éxito de sus negocios.
En el centro de esta dinámica se encontraba la figura de Mariano Arosemena, quien personifica la esencia de esa élite que Castillero describe con precisión. No era solo un mercader audaz, sino un intelectual que supo leer los signos de su tiempo para dotar de una base teórica al deseo de autonomía.
Como bien señala la cita inicial, los principios liberales de la Constitución de Cádiz de 1812 —conocida popularmente como La Pepa— fueron la carta de navegación que legitimó el paso de ser una colonia sumisa a una entidad política con intereses propios. Para los Arosemena y sus contemporáneos, el liberalismo no era una abstracción romántica ni un sueño poético de libertad; era un escudo pragmático diseñado para proteger el libre comercio y asegurar que las ganancias del tránsito permanecieran en manos istmeñas.
El objetivo era claro: alejarse de las garras fiscales de una Corona española en quiebra y de un sistema colonial asfixiante que amenazaba con devorar la prosperidad acumulada durante los años de bonanza transístmica.
Sin embargo, esta prosperidad generó una fractura que Castillero Calvo disecciona con maestría y que aún hoy marca nuestra geografía social: la dualidad entre la capital y el interior.
Por un lado, se consolidó la burguesía comercial capitalina, cosmopolita y con sus intereses puestos en los puertos de Jamaica, Londres o México. Para estos hombres, la tierra no era un fin en sí mismo ni un símbolo de arraigo emocional, sino una inversión financiera; sus haciendas en Guadalajara eran activos dentro de un portafolio de negocios externo y un refugio de capital frente a la inestabilidad del continente.
Por otro lado, la élite del interior, cuya mirada estaba profundamente anclada en el suelo patrio y en la producción agropecuaria, reclamaba una voz que no siempre era escuchada en los salones de la ciudad de Panamá. Esta tensión entre el Panamá que mira al mundo y el Panamá que labra la tierra es el conflicto fundacional de nuestra nacionalidad, una herida abierta que aún se refleja en los debates contemporáneos sobre centralismo, distribución de la riqueza y equidad territorial.
Esta tensión estalló finalmente en noviembre de 1821, revelando dos formas muy distintas de entender la libertad. Mientras la capital negociaba con calma, sopesando los beneficios de una transición ordenada que no perturbara la actividad de los muelles, el interior se adelantó con el Grito de La Villa de Los Santos, el 10 de noviembre.
Castillero Calvo nos enseña que este no fue solo un acto de patriotismo espontáneo, sino también un desafío del Panamá rural a la hegemonía de la capital. El interior reclamaba una ruptura total con el viejo mundo, una desconexión emocional y política inmediata.
En contraste, la capital, fiel a su ADN negociador, prefería una independencia controlada, financiada incluso mediante el soborno y la diplomacia, para evitar que la guerra destruyera la infraestructura logística que los había enriquecido.
Aquella transición pacífica fue el primer gran éxito de nuestra diplomacia comercial, pero también sembró las bases de un modelo de país donde el crecimiento suele concentrarse en la ruta de tránsito, dejando a la periferia en una lucha constante por reconocimiento.
La historia, siempre irónica, también deja una lección de humildad al recordarnos que esa prosperidad de 1821 fue artificial y dependiente de la desgracia ajena. Cuando las guerras terminaron y el mundo abrió nuevas rutas directas en el Pacífico y el Atlántico sur, la riqueza de las haciendas en Guadalajara se esfumó.
El veranillo económico dio paso a un invierno profundo que sumió al país en una depresión, demostrando que depender exclusivamente de las crisis externas es una estrategia de alto riesgo.
Fue en esa crisis posindependentista donde emergió la figura de Justo Arosemena, hijo de Mariano, quien buscó institucionalizar la bonanza perdida a través de la estructura jurídica del Estado Federal de 1855. Justo entendió que Panamá necesitaba un marco legal propio para manejar su destino económico sin depender de los vaivenes de Bogotá.
Su vida y obra representan el puente entre el éxito comercial del padre y la necesidad de una nación con leyes sólidas, neutralidad y una visión de futuro sustentada en el derecho y no únicamente en el azar de los mercados.
Hoy, al reflexionar sobre las palabras de Castillero Calvo, queda claro que Panamá sigue viviendo en ese delicado equilibrio. Nuestra capacidad de prosperar mientras otros enfrentan crisis continúa siendo una fortaleza, pero también una tentación.
El reto actual es que ese auge comercial no sirva únicamente para que unos pocos aseguren capitales fuera de nuestras fronteras, sino para construir un país donde la bonanza de la zona de tránsito también alcance al interior que, hace dos siglos, reclamó su derecho a la historia.
La lección de Guadalajara es clara y atemporal: la riqueza que no se siembra en casa termina siendo una riqueza prestada por el destino.
Panamá no es un accidente geográfico, sino una voluntad económica y política que aún busca su alma nacional. El objetivo debe ser que nuestra prosperidad deje de ser un veranillo pasajero y se convierta en una primavera permanente, sólida y equitativa para todos los panameños, uniendo finalmente la visión del puerto con la del campo en un solo proyecto nacional.
Abogado y docente universitario/Doctor en Derecho.


