La educación en Panamá se encuentra en una encrucijada donde la “paz social” corre el riesgo de convertirse en un concepto vacío si no se acompaña de una reforma administrativa profunda y sostenida. Tras los conflictos gremiales, la estabilidad del sistema no depende solo del cese de las huelgas, sino de atender las carencias estructurales que asfixian la vida cotidiana de las escuelas. Una verdadera transformación educativa exige mirar con honestidad hacia los espacios donde la burocracia ha fallado.
El primer gran obstáculo es la crisis de infraestructura y gestión. La complejidad en la ejecución de fondos como el FECE, sumada a una tramitología extemporánea, ha colocado a los directivos en una situación de vulnerabilidad, forzados a sostener planteles deteriorados mientras los recursos quedan atrapados en un engranaje centralista. Sin embargo, el deterioro físico es apenas la superficie del problema; el vacío más profundo se encuentra en el capital humano administrativo.
Hoy, las escuelas panameñas enfrentan una escasez crítica de personal administrativo, manual y técnico. Resulta insostenible exigir calidad educativa cuando los gerentes escolares deben multiplicar funciones ante la ausencia de secretarias, contadores y personal de mantenimiento. Esta carencia despoja al líder pedagógico de su función esencial y lo convierte en un administrador permanente de crisis operativas.
A ello se suma la urgencia de una capacitación real y continua, alejada de modelos teóricos desconectados de la idiosincrasia del aula panameña. La formación debe concebirse como un proceso permanente, anclado en la realidad del territorio, con énfasis en la alta gerencia para los directivos y en herramientas pedagógicas contextualizadas para los docentes. No es posible transformar la educación con manuales importados que desconocen los desafíos de nuestras provincias y comarcas.
Finalmente, la paz social se fractura cuando se opta por la coerción administrativa. La separación de docentes y directivos, lejos de resolver los problemas de fondo, genera un clima de incertidumbre que inhibe la innovación y erosiona la confianza institucional. La estabilidad es condición del progreso: sin procesos transparentes y respeto irrestricto al debido proceso, la educación seguirá siendo un espacio de confrontación y no el motor del desarrollo nacional.
Es momento de comprender que la transformación educativa no es un eslogan, sino una tarea de carpintería administrativa, justicia laboral y capacitación con sentido de patria.
El autor es profesor de filosofía.


