La imposibilidad de explicar a un agnóstico, en términos religiosos, el sufrimiento que aflige a la humanidad, nos lleva a ver esta triste condición como una parte trágica y necesaria de la vida. Vemos esto como un hecho indiscutible, pues donde quiera que pisemos la tierra, se escuchan nuestros gemidos y reclamos. ¿Cómo liberarnos de este sufrimiento?
Para Shakespeare y otros poetas, el sufrimiento es una flor de rarísima belleza, pasión que nos induce a la indignación y rebeldía. Pero el ejercicio de esta poética pasión siempre crea un conflicto, al negar ese balance primordial existente entre lo que somos y lo que queremos ser; o sea, entre nuestros principios –sean estos éticos, morales, religiosos o filosóficos–y cualquiera acción que tomemos en rebeldía a ellos. El influjo de esta conflictiva pasión es además contradictoria, porque somos seres racionales en busca del sentido de la vida que, pese a la amoralidad de esos mismos hechos, tratamos de oponerlos con una ética o moral personal.
Fue Napoleón quien dijo que en el mundo solo existen dos poderes: la espada y la mente. En el mejor de los mundos, la mente debería regir la espada, algo poco común en la mayoría de los países, donde predominan sociedades injustas y desiguales. Lo curioso es que la relacion entre estos dos poderes siempre ha sido muy íntima y constante, por ser una comunidad de ideas y ambiciones harto humanas, pero afines a ideologías políticas a veces divergentes.
A ejemplo y semejanza de esto pongamos los gemidos y reclamos actuales entre el gobierno panameño y el consorcio canadiense First Quantum Minerals Ltd., sobre el contrato de concesión minera concedido en 1997 en el distrito de Donoso, provincia de Colón. Es un combate entre uno y otro, con sus separaciones y reconciliaciones sucesivas, que al final resultan en un equilibrio de contrastes y afinidades, calmando sus pasiones colectivas, pero sin hacer justicia. Existen muchos otros ejemplos más. Lo paradójico, entonces, es que las pasiones se enlazan y desenlazan como punto de partida en un largo camino, cuya primordial diferencia es el mapa utilizado por cada una de las partes.
Es aquí donde el legado de la libertad corre su suerte como nuestro mapa, al reconocer nuestros limites como fórmula para el progreso, con una transparencia bastante abstracta, sin ser un discurso filosófico. Así, para muchos filósofos, la libertad contiene dos elementos que se manifiestan en las acciones humanas: en las primeras escondemos un deseo de servilismo; en las segundas buscamos ser personas verdaderamente libres.
Quizá la visión sombría de Thomas Hobbes (1588-1679) donde el ciudadano cede su libertad para que el Estado lo proteja se ajuste más al primer elemento, mientras que el segundo se aproxima más al “imperativo categórico” de Immanuel Kant (1724-1804), donde no necesitamos un Estado todopoderoso que nos obligue a portarnos bien porque, según él, la libertad es fruto de nuestra racionalidad ética.
Entonces, para resolver estos antagonismos, ¿hay que encontrar un sistema de balanzas y equilibrio, con una sociedad civil fuerte, en una democracia intensa y plural? Con esto volvemos a la contradicción entre el servilismo y la libertad sin límites, ambos con su enorme indiferencia al sufrimiento de otros, muy lejos de los lindes del amor al prójimo. En su soledad ambos elementos forjan sus propias cadenas por ser meras construcciones mentales.
Pero los humanos no estamos condenados ni a la esclavitud ni a la libertad. Lo cierto es que no se nace libre; uno se vuelve libre a punta de esfuerzo, porque la libertad hay que conquistarla, al no venir dada. Es “grito de combate, queja de prisioneros”al decir de don Gregorio Marañón. Sus consecuencias culturales y doctrinales son legados de la antigua Grecia, cuya filosofía se basaba precisamente en límites, no solo de nuestra libertad sino de nuestro conocimiento. Así, como el sufrimiento, la libertad es una rara flor. Nace entre las rocas y requiere mucho cuidado.
El autor es economista.
