Esta semana se celebra el libro a nivel internacional, y cada año tenemos la oportunidad de volver a pensar en la lectura y en nuestra relación con el que es el elemento más importante en el proceso de aprender y de transmitir conocimiento. Sin embargo, cada vez más, y quizás como nunca en Panamá, lo hemos convertido en un producto, ya ni siquiera cultural, sino de emprendimiento, restándole —como se hace— el talento literario que se necesita para no ser solo un objeto.
Aunque parezca que el mundo literario se mueve, lo que vemos moverse en redes y cafeterías con libros es la distribución del objeto, la figuración del autor que quiere poner su producto en manos de los consumidores, porque la inversión hay que recuperarla. Y eso no es lo malo, pero se está convirtiendo en lo único que motiva a escribir. No olvidemos que en nuestro país solo publicas si tienes cómo pagarlo: el talento se queda fuera del sistema, amordazado por el dinero. Los que tienen plata pagan para que les publiquen dentro o fuera del país, y los que tienen medios para dar visibilidad a los libros, al no leer, optan por el facilismo.
Quizás, para esta semana, sería bueno mirar de frente el asunto y sincerarnos con el ecosistema literario panameño: falsa visibilidad literaria, poca ayuda institucional para una mejor cultura literaria, exceso de creadores de contenidos «literarios» que se levantan como creadores de espacios para validarse como expertos, pero les falta lo esencial: conocimiento literario, lectura.
Aun así, «de todos mis amigos el libro es el mejor», y tenemos que celebrarlo. Lean buenos autores panameños, lean clásicos panameños, devolvamos al oficio de escribir su pasión más allá del mero emprendimiento. Pongamos la literatura en el lugar que se le ha escamoteado estos años en ferias, mercados, encuentros y hasta en cofradías de escribientes. Panamá tiene talento, pero el silencio de muchos se ha convertido en la fuerza de la mediocridad mercantilista.
El autor es escritor.


