El hombre, a través de los tiempos, ha liderado luchas que le han permitido sobrevivir desde entonces. Mi país y mi comarca han tenido hombres y mujeres que soñaron un país independiente y democrático en el que la esperanza nunca se ha perdido. Mi patria chica -la comarca- está llena de fortalezas y semilleros aptos para cultivar futuros frutos en pro del bien común. Una de esas fortalezas es el espíritu de la juventud dispuesto a dar lo mejor de sí para la familia y para la sociedad.
El liderazgo, sin embargo, no es un trayecto fácil de emprender: se trata de una ruta repleta de escollos y dificultades. Es un camino que vale la pena emprender. Gracias a las rutas trazadas por quienes han ejercido un liderazgo probo, la sociedad y el mundo han podido evolucionar. Confío en la luz que irradia esa antorcha que ha iluminado históricamente el camino a la humanidad. La empatía y la solidaridad hace posible que los más indefensos cuenten con las condiciones indispensables para ser protegidos y acompañados en el derrotero de avanzar en un ambiente dinámico, en el que son pocos los que se preocupan por ser la luz que alumbra el camino de quienes más lo necesitan.
Hemos llegado a una nueva era en la que un mundo cambiante nos invita a reivindicar la vida y su razón de ser. El liderazgo no es ajeno a esta realidad. Es el momento de ejecutar cambios profundos que deben iniciar con nosotros mismos. Para que existan transformaciones sostenibles, el cambio debe comenzar desde nuestro interior. Por ello, las acciones se inician con uno mismo.
Un líder debe gestionar los cambios en la sociedad actual. Debe enfrentar retos cada día más grandes y saberlos manejar de la mejor manera, por lo que la planificación, la creatividad, la motivación, la comunicación, la autenticidad, el buen ejemplo, la transparencia, la integridad, la inspiración, la pasión, la innovación, la paciencia, la positividad, la persistencia, la visión y la capacidad de decisión deben ser cualidades que posea el líder para ofrecer respuestas a las exigencias del mundo globalizado.
Aquel que tome las riendas del futuro debe ser quien posea habilidades y capacidades para transformar obstáculos en oportunidades, en las que la innovación invite a ejecutar planes revolucionarios en el sistema de vida de las personas.
Un líder del siglo XXI debe tener una mayor conciencia del medio ambiente, que trascienda la necesidad de subsistencia de la humanidad, formando individuos preocupados por cuidar el planeta en el que vivimos. También debe saber liderar en medio de la diversidad.
Los seres humanos poseemos habilidades y destrezas diversas. Es menester trascender las diferencias y trabajar en pos de un solo objetivo. El líder del siglo XXI deberá ser aún más transparente. La sociedad busca e imita el buen ejemplo. Por lo tanto, el líder futurista deberá, para generar confianza, poseer el don de la transparencia.
El nuevo dirigente genera espacios de crecimiento, en los que todos somos parte del plan; en los que la delegación de responsabilidad y de liderazgo es la clave para el crecimiento y formación de más líderes. También es importante crear conexiones y entender a las personas. La empatía se debe convertir en un aliado para comprender y atender los problemas de los demás.
Quien cumpla con los criterios que propongo, podría ser un buen líder. Haber vivido y pasado experiencias por las que atravesamos ofrece valor agregado. He ahí la esencia de un líder con un perfil humano y empático. Quién ha pasado por las mismas circunstancias, puede ponerse en nuestro lugar.
El líder del mañana se está forjando en las aulas. Son ellos quienes llevarán la batuta de las organizaciones y del país. Por esta razón, abonemos estas semillas con amor y cuidado para hacer de ellos su mejor versión. A los líderes que seguirán surgiendo, brindémosles la oportunidad de innovar y seguir aportando al país y al mundo. Están en todas partes: demos oportunidades. Abramos puertas. Seamos el cambio.
El autor es participante del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana (LLAC) 2021
