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El lujo de no deber: lógica, filosofía y la cultura del endeudamiento en Panamá

El lujo de no deber: lógica, filosofía y la cultura del endeudamiento en Panamá
Hipotecas, tarjetas de crédito y préstamos personales son algunas de las deudas de los consumidores con los bancos. Elysée Fernández

En una sociedad donde el consumo se ha vuelto cotidiano y el crédito es cada vez más accesible, endeudarse ha dejado de ser una excepción para convertirse en una práctica normalizada. Sin embargo, el problema no radica en la deuda en sí, sino en la forma en que se asume. En Panamá, muchas decisiones financieras no responden a un análisis riguroso, sino al impulso, a la presión social y a la persistente ilusión de que “después se resolverá”. En este contexto, el verdadero lujo no es gastar, sino no deber.

Abordar este tema no implica condenar el endeudamiento ni adoptar una postura moralista frente al consumo. Endeudarse puede ser una herramienta útil cuando se utiliza con criterio. El problema surge cuando las decisiones financieras se toman sin comprender plenamente sus implicaciones. Es aquí donde la lógica y la filosofía dejan de ser abstractas y se convierten en herramientas necesarias para pensar antes de actuar.

Comprender las finanzas no fue, en mi caso, el resultado de una formación previa, sino de enfrentar las consecuencias de malas decisiones. Fue la experiencia —y no la prevención— la que me obligó a detenerme y a pensar. Todo comenzó con una pregunta simple, pero incómoda: ¿en qué momento decidí sin pensar?

Esa pregunta cobró un peso real el día en que varios de mis compañeros ya no pudieron sostener sus compromisos financieros. En medio de la huelga, cuando un banco del país anunció medidas que evidenciaban la presión económica existente, lo que parecía manejable dejó de serlo. La deuda dejó de ser una idea lejana y se convirtió en una realidad visible, cercana y preocupante.

La comprensión no fue inmediata. Tengo cuatro años analizando, cuestionando y recopilando información para entender lo que realmente estaba ocurriendo, y sé que este proceso no termina aquí: continuaré preparándome en este tema. En ese recorrido, esta reflexión tomó forma: el problema no era únicamente económico, sino también lógico. No se trataba solo de la deuda, sino del razonamiento que la hacía posible. Comprendí entonces que muchas decisiones no nacen del análisis, sino del impulso, de la presión social o de la falsa seguridad de que el futuro resolverá lo que el presente evita considerar.

Panamá es un país con dinamismo económico y amplias facilidades de acceso al crédito. No obstante, esta aparente prosperidad convive con una realidad menos visible: la limitada educación financiera de gran parte de la población. Esto no constituye una contradicción, sino una consecuencia de sus propias dinámicas. El crecimiento económico no garantiza ciudadanos preparados para tomar decisiones razonadas; por el contrario, puede amplificar los errores cuando no existe claridad al decidir.

Uno de los principales problemas radica en la forma en que se toman decisiones en la vida cotidiana. Se subestima el impacto del tiempo, se ignoran los intereses acumulados y se sobrevalora la capacidad futura de pago. La expresión “lo pago después” no es solo una frase común, sino el reflejo de un error lógico: asumir que el futuro resolverá lo que el presente no analiza. Desde la filosofía, esto evidencia una tensión constante entre el deseo inmediato y la razón, en la que, con frecuencia, se impone el primero.

A ello se suma una cultura social en la que el tener suele pesar más que el entender. La apariencia, el estatus y la comparación constante influyen en decisiones que, lejos de ser razonadas, responden a una necesidad de validación externa. En este escenario, el crédito no solo facilita el consumo, sino que también alimenta una ilusión de estabilidad económica que no siempre se corresponde con la realidad.

Por otro lado, el sistema educativo mantiene una deuda silenciosa: enseña a memorizar, pero no a razonar en contextos reales como el manejo del dinero. La lógica se presenta como un contenido aislado y la filosofía es con frecuencia subestimada, cuando en realidad ambas ofrecen herramientas esenciales para analizar, cuestionar y decidir con mayor conciencia. La educación forma individuos capaces de operar dentro de sistemas económicos, pero no necesariamente de comprender su propia relación con el dinero.

En este sentido, la falta de educación financiera en Panamá no responde únicamente a una carencia de información, sino a una insuficiencia más profunda: la formación en el razonamiento. Sin lógica no hay análisis; sin análisis no hay decisiones responsables. El resultado es una sociedad que, aun teniendo acceso a recursos, no siempre sabe administrarlos.

Por ello, replantear el concepto de lujo se vuelve necesario. En una cultura donde el éxito suele asociarse con la capacidad de consumo, resulta casi contradictorio afirmar que el verdadero lujo es la libertad financiera. No deber —o hacerlo con plena conciencia— implica control, previsión y, sobre todo, pensamiento.

En conclusión, el endeudamiento en Panamá no es únicamente un fenómeno económico, sino también lógico y cultural. No se trata de prohibir la deuda, sino de comprenderla antes de asumirla. Mientras no se fortalezca la capacidad de razonar antes de decidir, el acceso al dinero seguirá siendo más rápido que la capacidad de entenderlo. La economía mueve el dinero, pero la filosofía explica por qué lo usamos mal.

La autora es profesora de filosofía.


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