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El lustro doloroso de Panamá, explicado

La noche del martes 19 de diciembre de 1989 me fui a la cama angustiado. Al día siguiente, en clase de Música tendría que plantarme frente a mis compañeros del Tercero C y cantar, a capela, Ojalá que llueva café, del dominicano Juan Luis Guerra. Cuando, poco después de la medianoche, me despertó el volumen alto de la televisión, sentí el alivio de que, por lo que fuera que tuviera a mis padres pegados al aparato a esa hora, posiblemente no tendría clases ese día y me liberaría de mi calvario. Por entonces, estábamos acostumbrados a los paros constantes. Solo con el paso de las horas comprendería, aterrado, la gravedad de lo que estaba ocurriendo: Estados Unidos había invadido Panamá en las primeras horas del 20 de diciembre de 1989.

Para muchos chicos de mi edad, esa noche marcó el fin de nuestra infancia y nuestra entrada abrupta a unos años 90 de confusión, en un país traumatizado y haciendo lo posible por moverse hacia adelante todo lo rápido que podía para alejarse, unos, del fantasma de la dictadura, y otros, para diluir así sus responsabilidades con ese período.

Durante los siguientes años, Panamá organizó su sistema electoral, abrió su economía y los nuevos adultos ingresamos al mercado laboral en un entorno de crecimiento sin precedentes que durante dos décadas se presentó como referente latinoamericano. Fue así como el brillo de los rascacielos, la proliferación de centros comerciales y ciertos intereses imposibilitaron una explicación sensata sobre la dictadura de Noriega, sus orígenes, sus promotores y sus víctimas. Hasta hoy, casi 40 años después de todo aquello.

El escritor panameño Fernando Berguido acaba de publicar El colapso de Panamá, la historia de la invasión y del fin de la dictadura (Grijalbo, Ciudad de México, 311 páginas), una rigurosa investigación que arroja luces sobre las causas, los responsables y las consecuencias de cuanto ocurrió en el Istmo entre 1984 y 1985, lustro que vio despuntar y caer la dictadura norieguista.

Apoyado en entrevistas y documentación no publicadas antes, Berguido elabora un relato integral de los hechos que llevaron a Noriega a hacerse con el poder absoluto del país. Un camino que se construyó con una violencia de Estado nunca vista antes en el Istmo, al punto de masacrar prisioneros, clausurar la prensa, aniquilar adversarios o reprimir salvajemente a la ciudadanía.

Una serie de personajes improbables desfilan en la narración, personas que buscaron la manera de romper con la censura de la información, organizar movilizaciones masivas u ofrecer un lugar seguro a los perseguidos. Berguido revela por primera vez el nombre de los siete audaces que lograron organizar La Voz de la Libertad, la radio clandestina que interrumpía con mensajes anti dictadura las transmisiones estatales.

Fiel a su formación como hombre en las sombras, la historia de Noriega y su dictadura se puede analizar, de acuerdo con el trabajo de Berguido, como una que se desarrollaba en dos planos. Por un lado, lo que era posible ver. Una ciudadanía lanzada a las calles, exigiendo respeto a los derechos humanos y a las elecciones. Sindicalistas, empresarios y líderes sociales tomando toda clase de riesgos para manifestarse. En ese mismo plano, un cuerpo militar cada vez más desafiante incrementaba la represión sin escrúpulos, al punto de crear batallones paramilitares compuestos por campesinos obligados.

Por otro lado, aquello que ocurría a oscuras: la creciente relación de Noriega con los carteles de la droga. Noriega convirtió Panamá en lugar seguro para Pablo Escobar. El narco colombiano pagaba millones a cambio de que le dejaran operar, y a su vez proporcionaba a Noriega información sobre los cargamentos de sus rivales, que este a su vez reportaba a la inteligencia estadounidense. Todo un ganar-ganar.

En este plano también se sucedían las negociaciones para que el dictador dejara el poder. La obra de Berguido documenta las oportunidades reiteradas que se le brindaron a Noriega. Mientras en televisión blandía el machete “contra el Imperio”, por debajo transaba una salida que le salvara el pellejo. Su trabajo como informante de la CIA le granjeó defensores tanto en los servicios de inteligencia como en el Departamento de Estado.

Estos aliados no querían una ruptura total con el militar tal vez por temor a lo que sabía, y por ello le garantizaron varias salidas del poder con dinero y sin consecuencias judiciales. De paso, esta historia refleja también las torpezas de la diplomacia mal informada o poco preparada.

Ante sus negativas reiteradas, su opción por la violencia, y el desprecio por las elecciones de 1984 y 1989, el general y sus acólitos terminaron siendo los principales cómplices para que la administración Bush (1990-1994) se llenara de argumentos belicistas y causara una herida profunda en la sociedad panameña con la invasión militar del 20 de diciembre de 1989. Los que apuntaron sus armas contra el pueblo y prometieron “guerra al Imperio”, huyeron aquella noche al igual que Noriega, dejando a la deriva a gente que de buena voluntad creyó su mensaje nacionalista, incluso exponiendo su vida.

Durante mucho tiempo, no obstante, los allegados al dictador trataron de reducir la discusión sobre aquellos difíciles años a una pregunta: ¿Quién pidió la invasión de Estados Unidos? Detrás de esa retórica siempre se escondió la intención de responsabilizar a la ciudadanía y al sector privado por la acción militar. También, bajo esa simpleza se intentaba diluir la responsabilidad sobre aquellos que detentaron el poder entonces.

Ese es precisamente, en mi opinión, el más importante aporte de Fernando Berguido. Porque si algo deja claro El colapso de Panamá es que la irresponsabilidad política de un puñado llevó al país a un camino de sangre y sufrimiento totalmente injustificado. Porque, como se probará luego, nunca estuvo en juego la transición del Canal a manos panameñas, tal como interesadamente abanicaron los militares. Cada herido, cada desaparecido y cada muerto, cada uno de los niños asustados como yo en aquella madrugada de 1989, sufrió la consecuencia última de un juego absurdo de poder.

En una época donde la educación política de los ciudadanos se forja en el reduccionismo de las redes sociales, Fernando Berguido ha dado a Panamá un relato extraordinario para comprender mejor aquello que ocurrió, cómo nos continúa afectando y qué debemos hacer para que nunca vuelva a suceder, si es que ello fuera posible.

El autor es periodista.


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