Panamá es un país con una rica diversidad de flora, que incluye plantas comestibles, como granos, hortalizas, cucurbitáceas y frutas, por ejemplo.
En el caso de las frutas, tenemos en Panamá la dicha de contar con una diversidad reconocida por sus nombres coloquiales, entre las cuales se encuentran la guaba, la guayaba, las ciruelas traqueadoras, el mango, el pifá o pixbae, entre otras, todas con el potencial de ser consideradas entre las preferidas por los panameños.
Entre todas hay una que tiene un sitial familiar y despierta anécdotas personales, sobre todo entre aquellas personas que tienen alguna relación con el interior de la República: sin duda alguna, el marañón.
El marañón, cuyo nombre científico es Anacardium occidentale L., comparte la familia Anacardiaceae con el mango y el jobo.
El marañón les trae a la memoria a generaciones de panameños las vacaciones escolares de los años 80 y 90 del siglo pasado, cuando, de niños y jóvenes, solían recorrer con familiares, en el período seco, potreros y senderos naturales donde los marañones formaban parte del paisaje, para recoger las pepitas o nueces, que son las semillas del fruto. Luego, se procedía a asarlas para extraer la nuez y consumirla de manera directa, en dulce de marañón, sobre todo en Semana Santa, o en una mezcla con miel de caña conocida como “empepitado”.
Sin duda, la parte carnosa, que en realidad es un pseudofruto, también se usaba para preparar jugo o la conocida “chicha de marañón”, que tiene un sabor picoso y especial, además de los conocidos “duros” de marañón.
Sin duda alguna, si lo vemos de esta manera, el marañón es una planta que nos ofrece diversos beneficios. Entre ellos, sirve como árbol de sombra, cerca viva, fuente de pepitas y jugo con diversas vitaminas, además de otros usos industriales que en Panamá nunca hemos aprovechado de esta hermosa fruta.
Este fruto, muy querido por los panameños, ha venido sufriendo durante los últimos años un declive en las poblaciones de sus plantas y en la producción de frutos a lo largo del territorio nacional. Ello ha sido provocado por un deterioro progresivo de las plantas debido a un complejo de hongos que, según estudios realizados, está asociado a géneros como Colletotrichum, Lasiodiplodia, Pestalotia y Oidium.
Frente a ello, diversas instituciones del Estado panameño, entre ellas la Universidad de Panamá, a través de la Facultad de Ciencias Agropecuarias; el Ministerio de Desarrollo Agropecuario, y el Instituto de Innovación Agropecuaria de Panamá, han realizado diversos esfuerzos para el manejo de dicho complejo de hongos. Esos esfuerzos han incluido medidas fitosanitarias como la poda de árboles enfermos, la identificación de plantas resistentes establecidas en Panamá y la colaboración internacional para la introducción y evaluación de materiales genéticos resistentes a este complejo de hongos.
Independientemente de la razón del declive de los árboles de marañón, como panameños soñamos con volver a ver aquellos árboles hermosos que alguna vez formaron parte del paisaje de nuestra campiña.
Lo importante y prioritario, en este sentido, es recuperar el marañón, porque podría considerarse que, para muchos panameños, es más que una fruta: es la nostalgia de una vida, es el cariño por nuestra cultura gastronómica y es parte de nuestras anécdotas personales. Por eso, se podría decir que es una fruta entrañablemente ligada a lo panameño, parte de nuestras vidas y de Panamá.
El autor es investigador agrícola y profesor especial de la Universidad de Panamá dentro del Centro Regional Universitario de Los Santos.

