Si tú crees que la Semana Santa es solo un asunto de incienso y procesiones, debes zambullirte en la ingeniería del poder. Tenemos en frente el caso de estudio más brutal de efectividad comunicacional. De los 8,100 millones de personas que pisamos el planeta, más de 5,000 millones viven bajo el influjo (directo o indirecto) del jesusismo. No importa si te declaras ateo o agnóstico; tú respiras, juzgas y cuentas el tiempo bajo el código de un carpintero de Galilea. Vas a negar tres veces mi argumento antes de que termine este texto, pero lo harás usando los valores que él instaló.
Jesús sabía que una viga torcida puede derrumbar la casa; un pescador que entendía que sin paciencia la red sale vacía; y un caminante que comprendió que la verdad se escribe en el polvo, no en la refrigerada oficina. Su marca personal es una inversión de ingeniería audaz. Mientras los poderosos querían ser dioses, él se puso a lavar pies. El jefe se ensucia las manos para que la máquina siga andando.
La cruz es el hipersigno definitivo. La herramienta de tortura más infame del Imperio Romano convertida en el norte del mundo. Es un eje vertical que apunta al misterio y uno horizontal que abraza al prójimo. En esa intersección se resuelve tu angustia existencial frente a la muerte. Jesús no entregó planos complejos; entregó parábolas, dibujos de despiece que trae un motor, sencillos.
Pensemos en el hijo pródigo: manual de la pieza que se sale del engranaje, se ensucia en el lodazal y regresa averiada. La respuesta es la restauración total. O la casa sobre la roca: pura ingeniería civil. Si tu cimiento es de arena, tu estructura colapsará al primer aguacero.
En esta sincronización masiva hay gradaciones. Debemos repudiar a quienes instrumentalizan este código para el odio. Aquellos que han usado la cruz como un mazo para abusar de los más vulnerables —desde el fanatismo ciego hasta el horror de la pedofilia— son saboteadores desde adentro. Veneramos, por el contrario, a los verdaderos maestros que hacen la lectura correcta del manual: los que sirven, los que sanan y mantienen la empatía como el aceite que evita que la sociedad se funda por la fricción del egoísmo. Es la diferencia entre el martirio por amor y el monstruo por poder.
En las antípodas absolutas de este taller de luz se encuentra Hitler. Mientras el caminante de Galilea activaba la empatía para salvar al individuo, Hitler activaba el cortocircuito del miedo para disolverlo en la masa. Hitler fue el mecánico del odio que quiso fabricar una humanidad de serie eliminando las piezas que consideraba defectuosas.
Aristóteles fue la estructura para los pensadores cristianos, dándoles la lógica para armar el motor de la teología. Jesús fue el combustible creativo para Da Vinci, quien buscó la chispa divina en cada trazo. En Oriente, Confucio diseñó un orden rígido para la armonía social y Buda propuso la paz del desapego para apagar el fuego del deseo.
¿Y qué pasó con quienes intentaron destruir este código? Los imperios que lo persiguieron terminaron por adoptarlo. Las ideologías que intentaron borrar la cruz solo lograron que brillara más fuerte como símbolo de resistencia. Los destructores terminan en el desguace de la historia. Einstein explicó la física del universo, pero el carpintero explicó la física del alma.
Tú puedes mirar tu calendario y ver que estamos en 2026. Puedes decir que no necesitas un salvador, pero cada vez que exiges justicia o perdonas a un hijo, estás ejerciendo el código del galileo.
El autor es periodista y filólogo.


