En los últimos días del mes de diciembre, en todos los hogares de nuestra nación, se promueven y manifiestan variadas tradiciones que al transcurrir las generaciones se han mantenido, independientemente de si se comprende o no su significado. Arraigados en una cultura que en palabras promulga acciones de dar y compartir, con el prójimo y las personas que nos rodean, pero con acciones muy pobres para realmente dejar una huella en una persona o en familias enteras.
Y es que nos falta interiorizar que las personas necesitadas, los que pasan hambre, los que andan descalzos, los que no tienen un hogar, enfrentan esta realidad todos los días del año, no únicamente, cuando vamos a llevarle una donación a fin de año, la cual es recompensada con una foto o una historia que publicar. No me malinterprete, mi querido lector; no es una crítica que raya en el tradicional “no raja ni presta el hacha”. Es una realidad que todos colaboramos hasta donde lo podemos hacer y es correcto según nuestras buenas intenciones, pero no hagamos un comercial de la realidad de los demás.
Es realmente importante, por lo menos un mes al año, enseñarle a nuestros hijos la importancia de compartir, pero más relevante aún que interiorice que no es regalar lo que no sirve, lo que me estorba, aquello que conscientemente sé que no va a ayudar a nadie. Esta conducta, muchas veces visible en nuestros hogares, hace que se sigan repitiendo patrones que tenemos que desechar.
En una sociedad en donde priorizamos muchas cosas, como la vestimenta, comida, regalos y luces, por mencionar algunas, es necesario también regalar a nuestros familiares, un estilo de vida de predicar con el ejemplo, como el medio de contribuir a mejorar la sociedad actual. Grandes figuras destacan la relevancia de este aspecto para la sociedad. Stephen Covey, por ejemplo, indica: “tus actos siempre hablan más alto y más claro que tus palabras”. De igual forma, Albert Einstein señala: “dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”.
El ejemplo es posible convertirlo en el mejor método de enseñanza, pero conlleva un alto nivel de honestidad y decisión. Las personas tienden a ser más receptivas cuando encuentran a otro ser humano que es consecuente y coherente entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Por ello, estas festividades de fin de año ejemplifiquemos con hechos, más que con palabras, con acciones, más que simple retórica, y le estaremos dando a nuestros hijos el mejor regalo, perdurable durante todo su desarrollo personal.
El autor es bibliotecólogo de la UP en Veraguas
