En el fútbol, los reconocimientos individuales suelen estar reservados para quienes marcan los goles. El delantero que decide el partido, el mediocampista que lo gobierna o el extremo que desequilibra acostumbran a posar con el trofeo al mejor jugador del encuentro. En este Mundial, sin embargo, ocurrió algo diferente: una y otra vez, quienes recibieron ese reconocimiento llevaban guantes.
No fue una casualidad. Fue la expresión más visible de un campeonato en el que los porteros dejaron de ser actores secundarios para convertirse en protagonistas.
La FIFA publicó, después de cada encuentro, el nombre del denominado Superior Player of the Match. Entre los premiados aparecieron varios guardametas: algunos por sostener una victoria, otros por decidir una tanda de penales e, incluso, alguno a pesar de que su selección terminó derrotada.
El caso más revelador fue el del paraguayo Orlando Gill. Francia eliminó a Paraguay por 1-0 en los octavos de final, pero Gill fue elegido el mejor jugador del partido. El reconocimiento resulta extraordinario: el futbolista más valioso del encuentro pertenecía al equipo que había perdido y quedado fuera del Mundial. Su actuación fue tan determinante que el resultado no consiguió eclipsarla. Además, terminó siendo el portero con más atajadas del torneo, con 22, pese a disputar solo cinco partidos.
Gill no fue el único. También destacó el veterano Vozinha, de Cabo Verde, quien, a sus 40 años, se convirtió en uno de los rostros más inesperados del torneo. Sus intervenciones permitieron a la selección africana competir de igual a igual ante rivales teóricamente superiores, entre ellos la actual campeona, España, y contribuyeron a una de las campañas más memorables de una selección debutante. En un Mundial dominado por grandes figuras ofensivas, el capitán caboverdiano demostró que la experiencia, el liderazgo y la capacidad para aparecer en los momentos decisivos siguen siendo atributos capaces de cambiar la historia de un partido.
Estos episodios resumen la singularidad del torneo.
Normalmente, un portero derrotado queda asociado al gol que no pudo evitar. En este Mundial ocurrió lo contrario: varios salieron de la cancha reconocidos por todo lo que habían impedido. Sus selecciones podían perder, pero ellos no necesariamente habían sido vencidos.
Eloy Room, de Curazao, llevó esa idea al extremo al realizar 16 atajadas en un solo partido, un récord para un encuentro mundialista sin tiempo extra, actuación que permitió a su selección conquistar el primer punto de su historia en la Copa del Mundo. Otros guardametas decidieron clasificaciones en tandas de penales, protegieron ventajas mínimas o mantuvieron con vida a equipos claramente superados.
Por eso, la pregunta correcta quizás no sea si este fue el Mundial con menos goles. La ampliación del torneo a 48 selecciones y 104 partidos hace difícil comparar sus cifras absolutas con las de ediciones anteriores. Tampoco fue necesariamente un campeonato con poca producción ofensiva.
Fue algo más interesante: el Mundial en el que los goles parecieron costar más.
Cada tanto exigía superar no solamente una defensa, sino también a porteros que jugaron por encima de lo esperado. Atajaban disparos a corta distancia, ganaban duelos individuales y se convertían en especialistas capaces de modificar psicológicamente una tanda de penales antes incluso de que comenzara.
La final confirmó esa impresión.
España derrotó a Argentina por 1-0 en la prórroga y conquistó la Copa del Mundo. El gol de Ferran Torres fue suficiente para decidir un encuentro extremadamente cerrado. El arquero argentino, Emiliano Martínez, había sostenido a su equipo durante todo el partido, pero ante el remate que definió el título poco podía hacer: fue rápido, colocado y prácticamente imposible de detener. España necesitó una ejecución perfecta para vencerlo.
La derrota no disminuyó su actuación. Al contrario, completó la metáfora del campeonato. Hasta el último partido, el portero fue el último obstáculo, el encargado de prolongar el suspenso y el jugador al que había que superar para conquistar la gloria.
También España construyó su título desde la portería. Unai Simón fue parte de un sistema defensivo extraordinariamente sólido y respondió cuando el campeón lo necesitó. En una final decidida por un solo gol, mantener el arco en cero fue tan importante como marcar el tanto de la victoria.
Los mundiales suelen ser narrados a través de sus goleadores. Recordamos quién anotó en la final, quién ganó la Bota de Oro o quién protagonizó la jugada decisiva. Pocas veces nos detenemos a contar cuántos goles no se produjeron gracias a una mano extendida, una salida oportuna o una reacción imposible.
Este torneo nos obligó a hacerlo.
Los premios al jugador del partido son una prueba de ello. Que un portero fuese elegido incluso perdiendo y quedando eliminado demuestra hasta qué punto cambió la mirada sobre la posición. Ya no se reconocía únicamente al futbolista que había definido el resultado, sino también a quien había impedido que la diferencia fuese mayor.
España levantó con justicia la Copa. Ferran Torres marcó el gol que decidió el campeonato. Pero los porteros construyeron buena parte de la historia que condujo hasta ese momento.
Cuando pasen los años, posiblemente recordaremos al campeón, al autor del gol de la final y a las grandes figuras ofensivas. Pero también quedará la imagen de Room acumulando atajadas, de Gill recibiendo el premio pese a la eliminación y de los guardametas sosteniendo partidos que parecían perdidos.
Por eso, el Mundial de 2026 merece un nombre propio.
Fue el Mundial de los porteros.
El autor es biólogo y fanático del fútbol.

