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El Mundial: la única locura que nadie quiere curar

El Mundial: la única locura que nadie quiere curar

Dicen los psicólogos que las obsesiones no son buenas. Pero ninguno de ellos ha visto a un fanático del Mundial cuando sale el álbum de las láminas.

Ahí se pierde toda racionalidad.

Un adulto de cincuenta años, gerente de una empresa, respetado por sus empleados, puede pasar tres horas cambiando una estampita de un defensa de Uzbekistán por dos repetidas de Ecuador.

Y lo hace con una pasión que nunca tuvo para negociar un aumento de sueldo.

—¿No tendrá la número 437? Le doy tres escudos y un delantero suplente de Marruecos.

Y aparecen los especialistas. El que sabe en qué papelería llegó un nuevo lote. El que madruga porque “dicen que allá está saliendo mucho Brasil”. El que compra cien sobres convencido de que esta vez sí le saldrá la figurita imposible... y termina con dieciocho repetidas del arquero de Canadá.

El Mundial también tiene el extraño poder de convertir a cualquier ciudadano en economista de bolsillo.

Durante cuatro años jura que está ahorrando para arreglar el techo de la casa.

Pero llega el Mundial y el techo puede seguir goteando otros cuatro años, porque primero hay que comprar la camiseta oficial.

No una cualquiera: la oficial.

Aunque cueste lo mismo que un televisor. Y si va ganando el equipo, el precio va subiendo...

Y, si no alcanza, aparece la “réplica original”, que es una expresión tan contradictoria como “silencio escandaloso” o “dieta de bizcochos”.

Después viene la peregrinación. Las filas desde la madrugada.

Los grupos de WhatsApp avisando dónde llegaron camisetas.

Hay personas que tienen más camisetas de la Selección que camisas para ir a trabajar.

Y, hablando de trabajar...

Durante el Mundial la productividad nacional entra en licencia.

El jefe convoca una reunión importante a las diez de la mañana.

—Imposible, doctor. A esa hora juega Japón.

Las incapacidades médicas aumentan misteriosamente el día que juega la Selección.

Los odontólogos reciben llamadas desesperadas.

—Doctor... me volvió ese dolor de muela... justamente entre las dos y las cuatro de la tarde.

En las oficinas todos juran que seguirán trabajando mientras escuchan el partido.

Mentira.

Cinco minutos después hay veinte personas amontonadas frente al computador del vigilante porque es el único que logró abrir la transmisión.

Y cuando llega un gol... se paraliza el país, se abrazan desconocidos, el contador abraza al mensajero, el abogado abraza al cliente, el vecino cizañero llora en el hombro de otro.

El Mundial hace milagros que ni las campañas de convivencia ciudadana.

Y ni hablar de promesas y apuestas. Raparse la cabeza si su selección gana, caminar descalzo hasta la iglesia, dejar el trago, afeitarse el bigote que llevan cultivando durante años o tatuarse el resultado del partido.

Los más osados hacen apuestas imposibles: regalar el carro, pagar una parrillada para cincuenta amigos o lanzarse al río con ropa. Y, por supuesto, siempre aparece el o la hincha que, en pleno estadio y llevado por la euforia de un gol, termina quitándose la camiseta para agitarla como bandera... sin recordar que debajo no llevaba absolutamente nada más. Las cámaras de televisión viven agradecidas con esos espontáneos, aunque al día siguiente sean ellos quienes prefieran no salir de la casa.

Pero el mayor sacrificio es el de quienes deciden ir al Mundial.

Empiezan diciendo que será un viaje sencillo.

Después descubren que necesitan pasaporte vigente, visa en algunos casos, entradas, vuelos, hoteles y una cuenta bancaria que no llore al ver el extracto.

Entonces venden millas, cambian cesantías, aplazan vacaciones familiares y hasta convencen al banco de que endeudarse por amor al fútbol es una inversión emocional.

Cuando finalmente llegan al estadio, después de veinte horas de vuelo, cuatro escalas y tres aeropuertos, el partido termina cero a cero.

Y regresan felices.

Porque el Mundial tiene esa rara capacidad de hacernos celebrar incluso los sufrimientos.

Nos desvela, nos hace gastar más de la cuenta, discutir con el televisor, coleccionar cartones, cambiar horarios, inventar incapacidades y aprendernos de memoria el nombre del lateral izquierdo de un país que jamás volveremos a mencionar.

Y, sin embargo, cuando faltan cuatro años para el siguiente, empezamos la cuenta regresiva.

Porque hay amores que duran toda la vida.

Y el romance con el Mundial, por absurdo que parezca, siempre juega tiempo extra.

El autor es ingeniero retirado.


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