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El mundial que no debió ser

Y finalmente llegó Catar 2022. Comenzamos cuatro semanas febriles de madrugones, rabias, discusiones, sobresaltos, desilusiones, gritos y euforia. Dependiendo de nuestras preferencias, todos los fanáticos del deporte con más seguidores globalmente estaremos pendientes de lo que pase en los ocho estadios que se han construido en ese pequeño emirato en medio del desierto, para albergar el espectáculo deportivo más relevante del mundo.

Desde que se supo de la candidatura de Catar para organizar la Copa del Mundo de 2022, se antojaba que todo allí serían problemas. Desde las altísimas temperaturas, la falta de hoteles, la carencia de estadios, las leyes islámicas excluyentes, las constantes acusaciones de violaciones de los derechos humanos de mujeres, de la población LGBTIQ+ y de los migrantes y todas las dudas sobre corrupción alrededor del Mundial.

Pero la gran pregunta es cómo Catar, un país con una extensión territorial de 12 mil kilómetros cuadrados, equivalente a las provincias de Panamá y Coclé juntas, ubicado en medio del desierto, pudo convencer al mundo de realizar allí un evento de semejante magnitud. Obviamente, la respuesta más sencilla es “con dinero todo se puede”.

Pero es que hay algunos otros elementos a tomar en cuenta, como que los cataríes son dueños de la tercera reserva de gas natural más grande del mundo, son la sede de Al Jazeera, la televisora árabe más influyente del mundo, y de la poderosísima cadena deportiva BeIN Sports, que tiene los derechos de transmisión de las principales ligas de fútbol de Europa y son propietarios de varios equipos europeos como el PSG y el Mánchester City. Sin embargo, conforme nos acercamos al Mundial, se han ido revelando detalles sobre todo lo que ha ocurrido alrededor de la organización de Catar 2022.

Desde ya hace varios años, se hizo pública la forma cómo, a través de millonarios sobornos, Catar consiguió los votos necesarios para ser seleccionada como sede, cuando competía contra Estados Unidos, cuya delegación era presidida nada menos que por el expresidente Bill Clinton. Como consecuencia de todo aquello, muchos miembros del Consejo Ejecutivo de FIFA fueron arrestados y separados del fútbol de forma permanente. Incluso, su presidente en aquel momento, Joseph Sepp Blatter, y el presidente de UEFA y exjugador Michel Platini fueron incluidos en las acusaciones de corrupción. A pesar de no haber ido a la cárcel, los dos fueron vetados de cualquier actividad relacionada con el fútbol hasta 2028. Otros dirigentes sí fueron encarcelados a raíz de una investigación del FBI, por haber utilizado el sistema financiero de Estados Unidos para mover dinero proveniente de actos de corrupción.

Pero el poder del fútbol como elemento de influencia global se demuestra cuando se ven todos los hechos que pusieron al gobierno catarí en la élite que toma las decisiones del fútbol mundial.

El Mundial es el corolario de un programa diseñado cuidadosamente por el gobierno catarí para colocar al país en la palestra mundial a través del deporte. No es que estos emires hayan inventado nada nuevo. Ya en 1936, Hitler utilizó las Olimpiadas de Berlín para lavarle la cara al Tercer Reich, aunque la fiesta se la echó a perder Jesse Owens quien, siendo de raza negra, se atrevió a ganar cuatro medallas de oro y convertirse en la máxima estrella de las Olimpiadas en el país de “la raza aria superior”. Y, el Mundial de 1978, en Argentina, se utilizó para esconder en la euforia de la victoria, las torturas y asesinatos que el gobierno de Jorge Videla cometió simultáneamente con el torneo, incluyendo la final donde, a 500 metros del estadio donde se jugaba el último partido contra Holanda, se torturaban opositores al régimen militar.

Todos los problemas que presentaba la candidatura de Catar se han ido “arreglando” sin que nadie propusiera formalmente la mejor solución, que sería cambiar la sede a un lugar más apropiado. Los campeonatos que siempre se han realizado entre junio y julio, durante el verano europeo y aprovechando el receso de las principales ligas del mundo, no podían hacerse en esa fecha porque las temperaturas de casi 50 grados en el desierto harían imposible jugar. Eso se solucionó poniendo aire acondicionado en los estadios y cambiando la fecha a noviembre, aunque se alterasen los calendarios de todos los demás torneos. La escasez de estadios se resolvió construyendo estructuras modulares que supuestamente serán donadas a países sin infraestructura al final del campeonato. La falta de hoteles se soluciona colocando un titipuchal de cruceros en el Golfo, para que acojan al supuesto millón de visitantes que llegarán. Las muertes de trabajadores que han participado en las obras de los estadios... eso no va a poder solucionarse, aunque Catar dice que solo murieron tres personas, mientras las organizaciones de derechos humanos hablan de 6,500 muertes.

Las prohibiciones propias de los países musulmanes sobre el uso de pantalones cortos, “manifestaciones de cariño exageradas”, ilegalidad de la homosexualidad o consumo de alcohol en lugares públicos, es aún un misterio en qué terminarán. Lo que puede ser interesante es el resultado del encuentro de 400 hooligans europeos, borrachos como cosacos, sin camisa y en calzoncillos, con la policía catarí.

La moraleja de todo esto es que organizaciones como la FIFA deben dejarse de corruptelas y entender que eventos de esta magnitud deben hacerse en países que estén dispuestos a cumplir con las normas de convivencia de los países participantes. Eso es lo que dicta el sentido común.

Mientras seguramente veremos sólo lo que pase de los estadios para adentro, donde habrá fanáticos ficticios de países con gran tradición futbolística que posiblemente no asistirán al campeonato, dadas todas las restricciones. Además, ya hay acusaciones de soborno a jugadores para que el equipo local gane partidos.

Y aún así, los fanáticos del fútbol seguiremos disfrutando de los partidos de un evento deportivo que solo se da cada cuatro años y que nos permite aislarnos por unas semanas del resto del planeta. Finalmente, eso es ser fanático.

El autor es muy fanático del fútbol


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