El 2 de abril, fue declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, con miras a contextualizar la necesidad de mejorar la calidad de vida de los niños y adultos con esta condición, de manera, que puedan tener una vida plena y digna. En este sentido, desde una perspectiva muy personal quiero compartir algunas situaciones que no contribuyen a los inicios de la vida académica de los niños autistas.
A un niño con diagnóstico de autismo no le ayuda que en el colegio “regular” las adecuaciones curriculares respondan a ubicarlo en un área del aula de clases, en donde tenga a mano cosas que le entretengan, pero no lo eduquen, no le es ventajoso que, en los primeros años de vida escolar, estén bajo el cuidado de docentes ya jubilados o esperando jubilación, por la intensidad de energía que pueden llegar a proyectar, no le beneficia que sin verificar las evaluaciones de terapeutas y especialistas y hacer caso omiso de ellas, se les quiera forzar a un aula regular desde el primer momento, no porque ellos no tengan la capacidad, sino por la baja formación de como sobrellevar su conducta y estimular el aprendizaje.
Las situaciones descritas no son frutos de la imaginación, muchos se sentirán identificados con algunas de ellas. Les comparto un ejemplo de falencias en el sistema educativo, aludiendo al desconocimiento, no a la omisión, por parte de las autoridades educativas de algunos centros escolares, de estas realidades:
Los padres de un niño con condición autista se preparan desde el año anterior de la entrada de su hijo a primer grado en un Centro de Educación Básica General, con todos los papeles desde los exámenes médicos, terapias a las que ha asistido, a las que asiste, diagnóstico del especialista y recomendaciones del neurólogo; todo va sin problemas, la escuela proyecta seguridad para recibir al niño, hacen de conocimiento que tienen especialistas para apoyar al docente del aula regular y por lo tanto, la inserción a la vida educativa está asegurada. Comienza el periodo escolar, sin embargo, la realidad que encuentran los padres es un docente que no puede ni disimular el pánico de escuchar el término autismo, que se excusa que no le han llegado los papeles con las recomendaciones para atenderlo, una especialista en necesidades especiales, que recurre a señalar que el Centro de Salud de la Zona debe hacer evaluaciones y ambos actores de enseñanza aseguran que no han visto la documentación que desde el año anterior se facilitó a la Dirección del plantel.
Asumir con responsabilidad que nos equivocamos como institución es aceptable en estos casos, buscar alternativas es lo ideal, sin embargo, adoptar una postura desafiante, brindar excusas sin sentido y proyectar poco o nada de empatía con la situación, demuestra incompetencia profesional.
Lo descrito anteriormente es frustrante para los familiares, atenta contra los esfuerzos que se hacen en casa para que ese niño mantenga una buena calidad de vida, que reciba el apoyo que necesita y merece. No es justo que ya de por fuerza la mayoría de las terapias y atención de especialistas tengan que darse en clínicas privadas, con un coste económico significativo para que la educación también lo sea.
Afortunadamente existen instituciones como el Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE), en las que aún podemos apoyarnos y que representan una oportunidad para hacer posible un desarrollo óptimo para el niño.
Esta realidad es solo de los inicios de la vida escolar del niño autista, la realidad en los entornos sociales y espacios abiertos es otra que lamentablemente presenta rasgos mínimos de tolerancia para esta condición. Sin embargo, si es necesario que los involucrados directamente con el niño sean los pilares y principales entes de responsabilidad, conciencia y actuación para alcanzar un mayor grado proyección y mejor calidad de vida para ellos.
El autor es bibliotecólogo de la Universidad de Panamá, Centro Regional Universitario de Veraguas
