Ya están llegando mensajes contra la intransigencia del no a la minería. Y pudieran tener razón, porque todo deseo extremo es negativo. También hemos notado que algunos utilizarán como excusa ante la debacle económica que se adelanta con el cierre de la mina, que la decisión se tomó ante el capricho de la masa.
Cortizo se jactará de saber escuchar el deseo del pueblo y que actuó acorde, sin intervención del poder para detener la barbarie. Porque el problema no es nada simple, ante la solicitud inmediata de la minera en terminar, de tajo, 4 mil empleos. Y no me voy a referir, porque lo he hecho en escritos anteriores, a todo lo que chorrea, desde la pérdida del 4.8% del PIB hasta la posible despedida al grado de inversión. Definitivamente que no estamos para reír, saltar ni celebrar.
Entonces surgen preguntas. ¿Será que el “no a la minería” es tan poderoso, como para desestabilizar un gobierno? ¿O los intransigentes son tantos, como para garantizar la anarquía? ¿O la Corte es tan inepta, para fallar un cachivache? De repente recuerdo algunos recientes elementos, mientras la mina se negociaba o se decidía su inconstitucionalidad.
Como el Plan de Desarrollo Integral de la provincia de Colón, elaborado por este gobierno y convertido en la Ley 404 de 17 de octubre de 2023, y según el cual “La mina Cobre Panama representa un desastre ecológico incalculable”.
Así mismo como lo leen: mientras negociaban el contrato para alargar la estadía de Minera Panama, aceptaban que esta concesión “impactará severamente sobre todos los recursos naturales renovables del área y contribuirá con el empobrecimiento del suelo”. Y nunca un funcionario de gobierno, ante semejante contradicción e inconcebible tiro en el pie, explicó semejante disparate.
Recuerdo también la lamentable actuación de aquellos que no llegan ni al 1% electoral, secuestrando la ciudad de Panama ante la pasividad de las autoridades. Que solo reaccionaron dejando sin un ojo al que les tomaba fotos y no le tiraba piedras, mientras a los anarquistas los motivaban con su ausencia. O cuando en Tierras Altas, los agitadores negociaban con la fuerza pública para imponerle a los productores el cómo, cuándo y por cuánto tiempo cerrarían las vías, siendo aceptado ese poder de decisión absoluto en detrimento del derecho ajeno. O la impresentable determinación de una dirigencia educativa, sacrificando las clases de los estudiantes por más de un mes, pero cuyos maestros siguieron cobrando sueldo frente a la mirada efímera de una ministra sin carácter, personalidad ni liderazgo.
Tampoco podemos dejar pasar la ausencia total y completa de las autoridades ante las confrontaciones que dejaron muertos en Horconcitos y Chame, repitiéndose el mismo patrón nacional de permitir el irrespeto al derecho de terceros, disque para evitar enfrentamientos y muertes. Que ironía al ser la inacción policial la que provocó estas dolorosas e innecesarias tragedias humanas. Y si de un fallo forzado se tratara para congraciar a la turba, recordemos que Cortizo escogió en su período a seis de los nueve magistrados que decidieron la inconstitucionalidad, porque el fallo fue unánime.
Como verán, esto no fue un simple ejercicio del “no a la minería”, supuestamente liderado por el grito populista del ecologista caprichoso, el ambientalista antojadizo, el maestro aprovechado o el obrero agitador. Hubo complicidad o, mejor dicho, culpa, negligencia e incapacidad mayor del gobierno.
Porque cuando debió aclarar, no lo hizo; cuando debió explicar, no lo hizo, o cuando debió sustentar, no lo hizo. Y que conste que no incluyo en esta ecuación al movimiento “Sal de las redes”, juventud que impresionó a todos, no solo por su civismo y orden en la calle, sino por ser el único sin ninguna agenda pre elaborada. Fue autónomo y sensato, sabiendo cuándo andar, detenerse, reanudar o esperar, porque dentro de su inexperiencia, fueron disciplinados y objetivos.
Mientras tanto, el gobierno nacional se apegó a la confusión, a la imprudencia y a la insensatez, ante la desaparición absoluta del capitán del barco. O bien, su completo desconocimiento de la realidad, saliendo a la palestra con pregrabados. Delirando desde un ilegal referéndum, transformado luego por su bancada en una indebida derogatoria. Obviamente que no sucedió ni lo uno ni lo otro, pero frente a desatinos adicionales, el retumbado “no a la minería” despegó como cohete sin freno.
Era tan tarde, que ni la moratoria legal sirvió de antídoto para evitar la muerte del contrato ley. El daño estaba hecho y el posible aprovechamiento de los recursos naturales del suelo y del subsuelo panameños, como el cobre, se convierte en recuerdo de un pasado fracasado, quedando claro que no hubo peor mezcla contra la artificial paz social, que nunca fue, que la del no a la minería con la leche condensada. Fue el desenmascaro final de quien debemos aprender cómo no se debe gobernar. Prohibido olvidar.
El autor es abogado

