Aunque Estados Unidos sigue siendo muy poderoso y capaz de doblegar a otros a su voluntad, sus días de dominio unipolar han terminado.
Antes de que la administración Trump dirigiera su atención a Venezuela, su principal acto de disrupción global fue una superlista de aranceles. Cuando se lanzaron al mundo, resultaron impactantes, pero no sorprendentes. El presidente Trump y sus asesores llevaban tiempo presentando los aranceles como la bala de plata para la economía estadounidense.
Lo que sí sorprendió fue la reacción internacional. Casi nadie, con excepción de China y Canadá, respondió con represalias. En cambio, muchos países hicieron fila para firmar acuerdos con Estados Unidos, a menudo aceptando condiciones desfavorables. Algunos, como Malasia y Camboya, incluso adoptaron cláusulas intrusivas que regulaban sus relaciones económicas con terceros países.
Las respuestas globales también fueron tibias frente a otros actos de rebeldía estadounidense. La salida de la Organización Mundial de la Salud, la Unesco y el Acuerdo de París; el desmantelamiento del programa de ayuda exterior y los recortes forzados a las Naciones Unidas no generaron una resistencia significativa. Las prohibiciones de viaje ampliadas recientemente, dirigidas en su mayoría contra África, han sido recibidas con notable cautela en gran parte del continente. Una prudencia similar rodea el secuestro de Nicolás Maduro.
Esta aparente capitulación, sin embargo, oculta un cambio más profundo. Aunque Estados Unidos conserva una enorme capacidad de presión, su supremacía unipolar pertenece al pasado. La agresividad de la administración Trump se entiende mejor como un latigazo de unilateralismo extremo. En medio de la niebla empiezan a verse nuevos patrones de interacción. A medida que se desvanece el reinado global de Estados Unidos, un nuevo mundo toma forma, le guste o no a Washington.
Con su ofensiva arancelaria, Estados Unidos golpeó los cimientos mismos de la globalización y el neoliberaliberalismo que permitió a China popular desafiar a la hegemonía estadounidense. Pero, pese a las proclamas sobre un nuevo modelo global, el resto del mundo, especialmente los países del Sur Global, sigue profundizando la integración comercial. Hay excepciones, como México. Aun así, en 2025 se firmaron nuevos acuerdos bilaterales entre países tan diversos como Canadá, India, Indonesia, Malasia, Nueva Zelanda y Perú.
Los bloques regionales también se activaron. China y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático ampliaron su histórico acuerdo de libre comercio para incluir los sectores digital y verde. La Unión Europea, tras 25 años de conversaciones, aprobó un acuerdo comercial histórico con Mercosur, el principal bloque sudamericano. La globalización puede ser hoy una mala palabra en Estados Unidos; para la mayor parte del mundo, sigue muy viva a través de las cadenas de suministro.
Desafiando la idea de un comercio de beneficio mutuo, Estados Unidos ha impuesto acuerdos asimétricos sobre minerales críticos que limitan la autonomía de países ricos en recursos. Pero la coerción estadounidense no explica todo. Siguiendo el ejemplo de Chile e Indonesia, que desarrollaron con éxito sus reservas de litio y níquel, Vietnam y Zimbabue han intensificado esfuerzos similares. Países del Sahel incluso han nacionalizado activos mineros en manos de empresas occidentales.
La hostilidad estadounidense hacia la transición energética también ha sido recibida con indiferencia. China es hoy el gigante indiscutible de las energías renovables y el Sur Global sigue su liderazgo en la adopción de tecnologías verdes. Nepal, Singapur, Tailandia, Uruguay y Vietnam avanzan muy por delante de Estados Unidos en ventas de vehículos eléctricos. África y Asia del Sur registran, por su parte, un fuerte aumento de instalaciones solares.
Mientras tanto, el grupo de países mayoritariamente en desarrollo conocido como los BRICS continúa defendiendo el multilateralismo. La adhesión de Indonesia el año pasado y la incorporación de Malasia, Tailandia y Nigeria, entre otros, como países socios, han reforzado su credibilidad y alcance. Aunque el bloque deberá ser ágil para enfrentar el desafío de “Estados Unidos primero” y está lejos de ser homogéneo, ofrece un espacio de cooperación fuera de la órbita estadounidense.
Es cierto que partes de América Latina vuelven a quedar bajo la sombra del Pentágono, en un resurgimiento reaccionario de la Doctrina Monroe, algo que el derrocamiento de Maduro deja en evidencia. Pero el resto del mundo empieza a moverse en dirección opuesta. En este sentido, la presión de Estados Unidos para que Europa asuma más responsabilidad en su propia defensa puede resultar una bendición disfrazada. El continente se ve finalmente obligado a enfrentar la disyuntiva entre disuadir a Rusia y construir una paz sostenible en Ucrania.
Asia es, sin embargo, donde se observan los cambios más interesantes. Muchos países de la región siguen equilibrándose entre China y Estados Unidos. Participan con Beijing en iniciativas regionales para resolver conflictos, mientras cierran una serie de nuevos acuerdos bilaterales de seguridad para contrarrestar la presencia dominante china y refuerzan sus propias capacidades defensivas como la forma más fiable de elevar el costo para cualquier agresor potencial.
El panorama que emerge no es el retorno del viejo orden ni la construcción de uno completamente nuevo. El nuevo orden en gestación es una mezcla de múltiples ingredientes y sabores, parecida al plato indio khichdi que probé hace un par de años. Puede parecer desordenado, pero fortalece y genera resiliencia. Será un mundo menos vertical y más autoorganizado, guiado más por el pragmatismo que por la ideología.
En ese futuro, el G20 y los BRICS podrían convertirse en instancias de coordinación para la gestión de crisis a escala global, de forma complementaria a unas Naciones Unidas reformadas. Sin embargo, buena parte de la acción vendrá de países emprendedores y no solo de los grandes. Las pequeñas naciones insulares ya destacan en la agenda climática. La formación de un nuevo grupo de países comprometidos con el comercio abierto, entre ellos Marruecos, Costa Rica y Noruega, anticipa lo que está por venir.
La reconfiguración del mundo más allá de Estados Unidos no será fluida. Habrá giros, conflictos e inestabilidad. Pero la historia demuestra que los nuevos órdenes rara vez nacen de forma ordenada. No hay razones para pensar que esta vez será distinto.
El autor es médico sub especialista.


