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El país del ‘ya casi’

El país del ‘ya casi’
Presidente José Raúl Mulino y la primera dama, Maricel Cohen de Mulino. Elección de la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional 2026 - 2027. Palacio Legislativa, Ciudad de Panamá 01 de julio de 2026. Foto: LP/ Alexander Arosemena

Hay un país donde millones de personas hemos vivido alguna vez. No aparece en los mapas, pero todos sabemos cómo llegar. Se llama “ya casi”.

No es un país definido por sus fronteras, sino por su relación con el tiempo. Allí casi todo está a punto de ocurrir: las carreteras están por terminar, los hospitales por funcionar, las reformas por dar resultados y las soluciones siempre parecen doblar la siguiente esquina. El problema no es esperar. Toda sociedad que aspira a progresar debe aprender a hacerlo. El problema comienza cuando la espera deja de ser una etapa y se convierte en un lugar permanente.

Siempre falta algo: una firma, un trámite, un informe, una aprobación. El último paso tiene la extraña costumbre de reproducirse. Apenas parece alcanzable, aparece otro requisito igual de imprescindible que el anterior.

Con el tiempo ocurre algo todavía más preocupante: dejamos de sorprendernos.

Y esa es una mala noticia.

Porque un país empieza a resignarse el día en que deja de sorprenderse ante lo inaceptable.

Nos acostumbramos a inaugurar expectativas con una eficiencia admirable. A veces, la primera piedra recibe más fotografías que la última. Los anuncios suelen llegar puntuales; los resultados, cuando pueden.

La ironía es evidente: aprendimos a medir el éxito por lo que se promete y no por lo que se cumple.

Pero las promesas alimentan la esperanza; los hechos construyen la confianza.

Y la confianza tiene una particularidad: tarda años en construirse y apenas unos instantes en empezar a perderse.

Cuando las palabras dejan de encontrarse con los hechos, la confianza se desgasta. Cuando la confianza se desgasta, disminuye la exigencia. Y cuando disminuye la exigencia, el incumplimiento deja de parecer una excepción para convertirse en parte del paisaje.

Toda obra inconclusa ocupa espacio; toda promesa incumplida ocupa confianza.

Sin embargo, la realidad nunca concede prórrogas.

Un estudiante no puede pedirle al calendario que espere hasta que su escuela esté lista. Un paciente no puede convencer a una enfermedad de regresar cuando un hospital termine de equiparse. Una familia no organiza su futuro con la promesa de que las oportunidades llegarán “muy pronto”. La vida siempre avanza más rápido que las explicaciones.

Lo más inquietante es que el “ya casi” no permanece únicamente en las instituciones. Como toda costumbre repetida durante años, termina mudándose a la vida privada.

Ya casi ahorro.

Ya casi emprendo.

Ya casi llamo a quienes quiero.

Ya casi empiezo a cuidar mi salud.

Entonces comprendemos que el problema nunca fue únicamente administrativo. También es cultural. Las instituciones moldean costumbres, pero las sociedades también terminan pareciéndose a aquello que toleran.

La paciencia es una virtud; la resignación, un riesgo. Confundirlas tiene consecuencias.

Sería injusto afirmar que toda demora es sinónimo de incompetencia. Hay proyectos complejos, emergencias imprevistas y decisiones que requieren tiempo. Una sociedad madura entiende esa diferencia. Lo que no debería aceptar es que la excepción termine convirtiéndose en la regla y que la explicación permanente sustituya el cumplimiento.

Los países no progresan porque prometen más.

Progresan porque cumplen mejor.

No hace falta inventar un país distinto para demostrarlo. Basta observar a quienes cumplen su palabra cuando nadie los vigila; a los docentes que siguen formando generaciones sin esperar aplausos; a los emprendedores que convierten la incertidumbre en oportunidades**,** y a los servidores públicos que entienden que servir es un deber, no un privilegio.

Ellos recuerdan una verdad sencilla que, con demasiada frecuencia, olvidamos: el cumplimiento también es contagioso.

Tal vez el verdadero desarrollo no comience con la próxima gran obra ni con el siguiente gran anuncio.

Tal vez comience el día en que dejemos de admirar las promesas bien pronunciadas y volvamos a confiar en los hechos bien cumplidos.

Porque el futuro nunca llega diciendo “ya casi”.

El futuro llega cuando las palabras dejan de prometer y empiezan, por fin, a describir la realidad.

Y ese día, el país del “ya casi” habrá empezado, por fin, a desaparecer.

La autora es profesora de filosofía.


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