En los grupos de WhatsApp a los que pertenezco ejerzo un rol que no pedí: el de decirle al tío, la prima y la amiga que esa noticia que están compartiendo y que ya escandalizó al resto del grupo no es del todo cierta. No lo hacen adrede: creen que informan. La verdad está bajo ataque de un triángulo poderoso: algoritmos, desinformación e inteligencia artificial simulando realidades. La pregunta ya no es si está ocurriendo. La pregunta es si sabremos defenderla.
El más reciente estudio sobre las libertades de expresión y de prensa en Panamá, publicado en colaboración por el Fórum de Periodistas, el Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (Cieps-AIP) y la Unión Europea, revela que los principales canales de información digital en Panamá son Instagram y WhatsApp. Eso confirma una realidad incómoda: el panameño se informa en formato de video corto, de titular comprimido y, a veces, con memes jocosos.
Detrás del dato hay una realidad de riesgo: la forma en que nos informamos —dominada por redes sociales y algoritmos— está debilitando la relación con la verdad.
Los algoritmos de las redes sociales priorizan contenido similar al que ya vimos: refuerzan sesgos y bloquean el contraste. La consecuencia es una “visión de túnel”: consumimos titulares armados para forzar el clic, memes muy graciosos —y muy profundos— de El Gallinazo o videos sin contexto ni verificación, y rara vez salimos de ese circuito.
Las redes sociales tienen un enorme potencial para vender productos, influir en hábitos y hasta ayudar a elegir presidentes. Instagram, X y TikTok hoy son actores clave de las campañas políticas. El magistrado del Tribunal Electoral, Alfredo Juncá Wandehake, señala en el libro Desinformación y Democracia: retos para los organismos electorales que “las redes sociales se han convertido en la principal fuente de información para muchos votantes”.
En un capítulo dedicado a Panamá, el magistrado analiza cómo durante la campaña de 2024 circularon videos manipulados con inteligencia artificial para hacer parecer que candidatos decían cosas que nunca dijeron. Se documentó el caso de un video que clonaba la voz de Ricardo Lombana, simulando confesiones de actos corruptos. Se estima que los videos creados con IA y difundidos por una sola red de desinformación durante el último periodo electoral se reprodujeron más de 6.5 millones de veces: un número que duplica la cantidad de personas habilitadas para votar. Esto muestra que la desinformación no solo circula: escala más rápido que la información verificada.
El Tribunal Electoral ha destinado esfuerzos para atender estos escenarios, como lo fue el Pacto Ético Digital, una iniciativa basada en el compromiso voluntario de los candidatos de no desinformar y promover el uso responsable de las redes sociales. Pero ahí está también su límite: no regula lo que ocurre fuera de campaña, no alcanza la desinformación que consumimos a diario y no responde a un fenómeno que ya no es exclusivamente electoral. Porque la mentira digital no aparece solo cada quinquenio, ni solo en política: hoy también distorsiona hechos cotidianos y, cada vez más, compite con nuestra propia idea de lo que es real.
Durante la pandemia de 2020, la desinformación se propagó casi tan rápido como el covid-19. Circularon teorías falsas sobre las vacunas, remedios milagrosos y narrativas que sembraron desconfianza. En Panamá, el patrón no desapareció: en 2023 y 2024, las redes volvieron a amplificar versiones falsas sobre el Canal de Panamá, como afirmaciones engañosas sobre su operación. Más recientemente, la Autoridad de Protección al Consumidor y Defensa de la Competencia tuvo que lanzar una “campaña de prevención” luego del infame caso, ya reconocido como estafa, de “Snowland”. La desinformación cambia de tema, de formato y de protagonista, pero no de intención: confundir, alarmar y viralizar.
La libertad de expresión es una condición sine qua non de una democracia, pero en la era de las redes sociales, donde opinar es inmediato y viralizarse es fácil, informar con apego a la verdad es una obligación. En lo personal, se siente contradictorio intentar informar sobre desinformación. Por eso, mi invitación a usted, lector, y a mi tío, prima y amigas con quienes comparto grupos de WhatsApp, no es a leer esta columna y creerla sin cuestionar. Es exactamente lo contrario: no me crea, investigue, contraste.
Y luego, si está convencido, compártala.
La autora es periodista y licenciada en Derecho y Ciencias Políticas. Produjo esta columna en el Programa de Escritura ‘Pensar Panamá/ Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.

