Después de venderse como superviviente de la cárcel, se presentó a la alcaldía de Panamá y la ciudadanía le votó para castigar a los otros candidatos, dejándose embaucar por el oropel de un «iluminado tecnológico» que iba a dinamizar la ciudad capital, pero nada, solo ha conseguido demostrar que, como Narciso, está pagado de sí mismo, y eso en política es muy peligroso para el ciudadano.
El otro Narciso, el de Las Garzas, que aglutina un poder robusto por ir aliándose con otros más sinvergüenzas y perennes embaucadores del pueblo, denuesta a un alto porcentaje de los votantes al decir que de Vamos «no sale nada bueno», demostrando que se quiere más así mismo, y a su reflejo lamboneado de sinvergüenzas, que a cualquier intento de contrapeso y crítica a su gestión, porque claro, ya se sabe, «yo soy el más guapo del estanque», y no les cuento cómo acaba el mito, griego o romano, ya saben que es una tragedia.
La política narcisista es peligrosa, porque en ese carro de la representación democrática vamos todos los ciudadanos del país, así que si se estrellan los bellos narcisos, nos vamos todos contra esa tragedia. Sí, tragedia. El takillero municipal está encantado con que el dictatorial ministro chavista le diga cosas por redes, y el del palacio de Las Garzas goza con soltar exabruptos contra los que le critican, bien o mal (el problema es la crítica), eligiéndose ambos a sí mismos por encima de las personas a las que representan, que no son solo las que le votaron.
Los sistemas autoritarios cursan con un fuerte narcisismo, que comienza a ser evidente cuando es demasiado tarde, y lo único que queda es oponerse a esa forma perversa de hacer política. No solo tenemos estos dos Narcisos, hay también Narcisas, revelando un patrón de gobierno peligroso que también está instalado en la oposición. Como no comiencen a vacunarse, terminarán ahogados en el mismo estanque que los otros.
El autor es escritor.

