Los acontecimientos trágicos que actualmente vive el país han sido causados por unos facinerosos que se cobijan en sus oficinas refrigeradas, deleitándose con sus frutos mal habidos y ofendiendo el sentir de la mayoría, que tristemente fue el que los eligió.
La ofensa tiene dimensiones desproporcionales, por lo que el castigo debiera ser proporcional al daño causado. Ya el pueblo emitió su veredicto de culpabilidad, mediante el referéndum que actualmente vemos en las calles, por lo que toca es sancionar a los traidores de lesa patria de una manera ejemplar para que la historia los recuerde, así como los descendientes de esos padres delincuentes que tendrán que vivir y cargar con esa culpa.
Remontándonos a los tiempos antiguos, en las generaciones de los romanos, griegos, orientales y civilizaciones avanzadas, cuando las ofensas eran graves, el sacrificio máximo para compensar el daño causado era ofrecer la vida, como pago de ese pecado.
Múltiples formas de cumplir honorablemente para tener una partida digna y enmendarles ese pecado a sus descendientes. Unos bebían cicuta, otros optaban por las víboras y su veneno, los que recurrían a cualquier otro método, exaltado al más honorable de todos de esa cultura oriental, que recurrían al harakiri.
Pensar que la caterva de degenerados, que actualmente son los causantes de todo este daño, reconozca su culpa sería muy ilusorio y menos capaces de tomar medidas remediables equivalentes, pues la honorabilidad no pasa por estas mentes, solo el insaciable “¿qué hay pa’ mí?”
Haciéndome ilusiones de cosas buenas (solo ilusiones, pues nada bueno se espera de esos políticos vende patria), ¿cómo nos complacería verlos a todos sentados en la Plaza 5 de Mayo, vistiendo túnicas blancas? No, mejor negra, pues el blanco indica la pureza que ellos no conocen. No es para alabarlos, sino para que pidan perdón, bañándose en gasolina y prendiéndose fuego inmolándose. Y que nadie llame a los bomberos.
Imagínense el espectáculo de verlos arder, con ese olor de carne humana quemada saneando y purificando toda esa podredumbre que encierran esos cuerpos, y miles de personas viendo el espectáculo y aplaudiendo y recibiendo el perdón que se merecen.
Sería una lección para el futuro, pues la inestabilidad y caos causado nos dejan una patria gravemente herida, sin rumbo ni gobernantes que puedan brindar soluciones razonables.
Salen con la brillante idea de aumentarle las pensiones a más de 100,000 jubilados para que reciban mensualmente una pensión digna, según ellos, que ni siquiera cubre el costo de la canasta básica. Asumiendo que esa curita tenga un aumento promedio de $100 mensuales, eso significa unos $10 millones mensuales, o sea $120 millones al año, gastándose anticipadamente una buena tajada de los réditos aportados por el maldito contrato.
Esta medida, altamente burocrática y que no aporta productividad ni genera empleo, no es que no la merezcan los jubilados, pero nuestros gobernantes deberían aprender a invertir en actividades que generen y multipliquen riquezas.
Los jubilados van a estar contentos, pero esa alegría se les quita cuando vayan a buscar medicinas, citas y servicios en la Caja de Seguro Social, que continuarán siendo inexistentes. Nuestros ineptos gobernantes están convencidos de que este paliativo mejorará exponencialmente el transporte, la seguridad, la calidad de vida, el desempleo y el diario viacrucis de los panameños.
Toda esta realidad, mientras continúan con las becas a los privilegiados, el vale digital a los allegados, las coimas y sobreprecios, las botellas, el aumento excesivo de las planillas y del gasto público que es financiado mediante préstamos, que ahora seguirán aumentando y resultarán más onerosos por el bajón en la calificación de riesgos.
Vienen las elecciones y lo que se avecina es más de lo mismo, por lo que las inmolaciones serían medidas acertadas para acabar con las repeticiones. ¿Será que habrá suficiente espacio en la Plaza 5 de Mayo para acomodar a tantos delincuentes? Los ciudadanos nos merecemos que nos pidan perdón.
El autor es ciudadano
