El periodismo no se improvisa

El periodismo panameño no es el enemigo. El enemigo es la desinformación, las noticias falsas, la manipulación, el odio disfrazado de ‘vigilancia ciudadana’ y la comodidad de quienes prefieren destruir la credibilidad de la prensa antes que enfrentar los hechos.

El periodismo no se improvisa
La noticia, entre la inmediatez y la calidad. Foto/Pixabay

Hoy el periodismo panameño enfrenta un ataque simultáneo desde varios frentes. No solo desde quienes han tenido poder, influencia o acceso privilegiado a recursos públicos —y que ahora levantan discursos contra la prensa porque les incomoda cuando la verdad se publica— sino también desde grupos civiles que, cuando un medio no dice exactamente lo que ellos quieren escuchar, reaccionan con campañas de odio, insultos y desinformación. Esa mezcla de presión desde arriba y hostigamiento desde abajo busca lo mismo: silenciar, intimidar y deslegitimar al periodismo profesional.

A esto se suma un fenómeno aún más corrosivo: la proliferación de cuentas que se autoproclaman “periodísticas” sin cumplir un solo estándar del oficio. Publican sin rigor, sin contraparte, sin verificación, sin método y sin responsabilidad editorial. Y lo más grave: una parte de la audiencia consume esas publicaciones como si fueran periodismo real. Les creen, las comparten, las celebran. Mientras tanto, al periodismo que sí investiga, contrasta, firma y rinde cuentas se le exige perfección absoluta y se le castiga con etiquetas como “periodistas corruptos”, repetidas con una ligereza que revela más frustración que criterio.

Y aquí aparece una contradicción que nadie quiere mencionar: muchos de los que repiten esa frase jamás han presentado una denuncia formal, jamás han aportado pruebas, jamás han seguido los canales institucionales que exige un señalamiento serio. Prefieren el atajo del insulto en redes, la acusación sin sustento, la narrativa fácil que destruye reputaciones, pero no resiste un minuto frente a la ley. Es más cómodo gritar “corrupción” que demostrarla.

Pero hay un hecho irrefutable que desmonta toda esa narrativa: sin el periodismo, los grandes escándalos de corrupción —pública y privada— jamás se habrían conocido. No habrían salido a la luz contratos amañados, desfalcos, abusos de poder, redes de favores, conflictos de interés ni estructuras enteras diseñadas para saquear recursos. Ninguna auditoría espontánea, ningún comunicado oficial, ningún “influencer” habría revelado lo que solo el periodismo, con método y valentía, ha logrado documentar. Quienes hoy atacan a la prensa son, en muchos casos, los mismos que se beneficiaron del silencio… hasta que el periodismo habló.

Y mientras tanto, ciertos grupos civiles han adoptado una lógica peligrosa: si un medio no publica exactamente lo que ellos quieren, entonces “está comprado”, “es parte del sistema” o “oculta la verdad”. Esa visión reduccionista convierte la crítica legítima en hostigamiento y confunde libertad de expresión con imposición de narrativa. No buscan información: buscan obediencia.

El periodismo auténtico —el que incomoda, el que pregunta, el que revela, el que documenta— no se hace desde la comodidad de una cuenta anónima ni desde la arrogancia de quien nunca ha tenido que contrastar una fuente. Se hace con disciplina, con método, con ética y con la valentía de firmar lo que se publica. Y por eso molesta. Porque el periodismo profesional no está para complacer a nadie: ni a funcionarios, ni a empresarios, ni a grupos civiles, ni a audiencias que quieren que la realidad se ajuste a sus expectativas.

Defender el periodismo no es defender a todos los que dicen ser periodistas. Es defender un oficio que sostiene la democracia. Es defender un método que separa hechos de opiniones. Es defender una ética que obliga a escuchar la contraparte, aunque incomode. Es defender la idea de que la verdad verificable importa más que la narrativa que cada quien quiere imponer.

Hoy, más que nunca, es necesario decirlo sin rodeos: el periodismo panameño no es el enemigo. El enemigo es la desinformación, las noticias falsas, la manipulación, el odio disfrazado de “vigilancia ciudadana” y la comodidad de quienes prefieren destruir la credibilidad de la prensa antes que enfrentar los hechos.

El buen periodismo existe, resiste y seguirá incomodando. Porque esa es su misión. Y porque sin él, el país queda a merced del ruido, de los intereses y de quienes temen a la verdad.

El autor es periodista.


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