El pasado 7 de marzo, en un lujoso resort Trump de Miami, el presidente de Estados Unidos condujo la cumbre denominada “Escudo de las Américas”. El nombre evoca fortaleza y unidad continental. La realidad del encuentro, sin embargo, resultó ser todo lo contrario: un escaparate de sumisión voluntaria, donde trece mandatarios de Centro y Suramérica y el Caribe acudieron como “invitados de honor” a su propia humillación.
El denominador común de los asistentes no era difícil de identificar. Los países presentes comparten una corriente de pensamiento que privilegia el mercado sobre el Estado, el capital financiero sobre el capital social y la fuerza militar sobre el derecho internacional como mecanismo de resolución de conflictos. En otras palabras, fue, como lo calificó con crudeza el legislador mexicano Ricardo Monreal, una cumbre de mandatarios de la derecha latinoamericana alineados con el proyecto MAGA, dispuestos a operar como correa de transmisión del neoimperialismo en el hemisferio occidental, evocando los peores reflejos del intervencionismo de la era de Theodore Roosevelt.
Pero lo más revelador de quiénes asistieron fueron los que brillaron por su ausencia. No participaron la presidenta de México, Claudia Sheinbaum; el presidente de Colombia, Gustavo Petro; ni el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. A estos se suma Perú, cuya ausencia tal vez se explica por su calendario electoral inmediato, y los gobiernos democráticos centristas de Uruguay y Guatemala, así como los regímenes autoritarios de izquierda: Cuba, Nicaragua e incluso la nueva chica buena del barrio, Venezuela. Tremendo escudo, en el que Brasil, Canadá y México —quienes, con excepción de Estados Unidos, constituyen las tres economías más grandes del continente y cuyas superficies representan aproximadamente una tercera parte del macizo continental americano— no fueron convocados.
La paradoja es mayúscula. La cumbre proclamó como eje central la lucha contra el narcotráfico y los carteles criminales de la región. Sin embargo, quedaron excluidos precisamente los países más críticos en ese drama: México, epicentro del tráfico de drogas hacia Estados Unidos; Colombia, donde se concentra la producción global de cocaína; Perú, tercer productor mundial; y Brasil, principal potencia militar del hemisferio sur, sin cuya participación cualquier arquitectura de seguridad hemisférica es, en el mejor de los casos, decorativa. Con esta cumbre, el crimen organizado dejó de ser abordado como un asunto de salud pública, policial o judicial para convertirse en una “amenaza terrorista transnacional” que, bajo esa lógica, solo puede enfrentarse con estrategias de exterminio militar. Una estrategia que, sin los actores clave, nace muerta.
Para Panamá, el episodio adquirió dimensiones especialmente amargas. El presidente Mulino viajó a Doral acompañado de la primera dama en un contexto de máxima presión estadounidense sobre el Canal. Y allí, ante las cámaras del mundo, se vio compelido a reír y festejar los desprecios de su locuaz anfitrión hacia el logro histórico más sagrado del pueblo panameño: la soberanía plena sobre su territorio y su Canal, conquistada con sangre, sudor y décadas de lucha.
Quizás era demasiado exigir que el presidente panameño se negara a asistir, sopesando las amenazas y represalias que ese gesto podría acarrear. Pero lo que no puede aceptarse bajo ninguna circunstancia es que la bochornosa experiencia se normalice, se repita o, peor aún, sea presentada como un éxito diplomático.
El “Escudo de las Américas” no es un escudo. Es, como ya le llaman con justicia creciente, el petate de las Américas: una plataforma construida sobre la dócil aquiescencia de gobiernos pequeños que, atrapados entre el miedo a las represalias y la afinidad ideológica con Washington, han olvidado que la dignidad nacional no es un bien negociable. No es necesario imaginar qué habrían dicho los mártires del 9 de enero de 1964 ante semejante espectáculo. El verdadero escudo de nuestra región no se fragua en un resort de Miami. Se construye con soberanía, con autonomía y, cuando es necesario, con la valentía de decir: “¡No más!”.
El autor es médico salubrista.


