Cuando Donald Trump declaró que Venezuela enviaría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a los Estados Unidos, y que él mismo controlaría los ingresos de su venta “en beneficio del pueblo venezolano y estadounidense”, la reacción inmediata fue de confusión. La pregunta es inevitable: ¿para qué necesita Estados Unidos petróleo venezolano en 2026?
La respuesta corta es que no lo necesita. Estados Unidos es hoy uno de los mayores productores de petróleo del mundo, exporta millones de barriles diarios y cuenta con amplias reservas estratégicas. Desde el punto de vista estrictamente energético, el país no depende del crudo venezolano para su seguridad ni para el funcionamiento de su economía. Entonces, ¿por qué esta iniciativa?
Para entenderla, hay que mirar más allá del mercado petrolero y situarla en el contexto geopolítico global. Los 30 a 50 millones de barriles anunciados suenan a una cifra enorme, pero en realidad representan apenas dos meses de producción venezolana y una fracción mínima del consumo energético estadounidense. No cambiarán la independencia energética de Estados Unidos ni alterarán de forma estructural el mercado mundial del petróleo.
La clave está en China. Durante los últimos años, Venezuela se convirtió en un proveedor relevante de crudo para China, especialmente para sus refinerías independientes. Venezuela no es el mayor proveedor de petróleo chino; ese lugar lo ocupan Rusia y algunos países de Medio Oriente. El crudo venezolano ha sido particularmente atractivo por su descuento y por su carácter sancionado, lo que permitió a compradores chinos obtener ventajas económicas. Paralelamente, China ha invertido miles de millones de dólares en la industria petrolera venezolana, consolidando una influencia estratégica en América Latina.
Desde esta perspectiva, la maniobra de Trump cobra sentido. Al desviar petróleo venezolano hacia Estados Unidos y bloquear su flujo hacia Asia, Washington no busca asegurar su propio suministro, sino interrumpir una relación energética clave entre Caracas y Pekín. Aunque los volúmenes involucrados no sean determinantes para la economía china, el mensaje estratégico es claro: Estados Unidos no está dispuesto a que el hemisferio occidental siga alimentando energéticamente a su principal rival geopolítico.
Más aún, la idea de que Estados Unidos controle los ingresos del petróleo venezolano implica que los recursos provenientes de la principal riqueza de Venezuela no estarían bajo control directo del Estado venezolano, sino administrados desde el exterior. Esto podría traducirse en mecanismos de custodia, cuentas supervisadas o esquemas condicionados al uso de los fondos. Esta fórmula podría servir para evitar el desvío de recursos y garantizar que el dinero se utilice en ayuda humanitaria o reconstrucción económica.
China probablemente buscará reemplazar el crudo venezolano con mayores importaciones desde Irán o Rusia, profundizando alianzas alternativas en lugar de reducir su consumo. Venezuela, por su parte, enfrenta graves limitaciones estructurales que dificultan un aumento sostenido de la producción. Y la politización del petróleo puede intensificar tensiones en un mercado ya volátil.
En definitiva, esta propuesta no trata de la necesidad energética de Estados Unidos, sino del uso del petróleo como instrumento de poder. No se trata de barriles, sino de influencia; no de abastecimiento, sino de control estratégico.
Visto así, el anuncio de Trump revela una intención más amplia: reconfigurar el equilibrio energético del hemisferio, debilitar la presencia china en América Latina y utilizar los recursos venezolanos como palanca geopolítica. Venezuela queda, una vez más, en el centro de una disputa entre grandes potencias, donde el petróleo es menos una mercancía y más un arma estratégica. Para Panamá, cuya historia y prosperidad están íntimamente ligadas al comercio global y a la estabilidad geopolítica, entender estas señales es fundamental. El petróleo venezolano y el Canal de Panamá forman parte de una misma conversación: la del poder, la influencia y el futuro del hemisferio occidental.
El autor es ingeniero mecánico y promotor de proyectos.

