Los efectos placebo y nocebo son conceptos propios de la medicina y la psicología, y su aplicación a la corrupción es metafórica, no clínica.
En el ámbito de la corrupción, el efecto placebo lo podríamos describir como la falsa sensación de seguridad que experimentan algunos funcionarios públicos de cualquier nivel o empresarios cuando creen que sus andanzas de corrupción nunca serán descubiertas.
Esa sensación produce efectos reales en su conducta: el perpetrador se siente más confiado para cometer nuevos actos ilícitos, disminuye su percepción de riesgo, justifica moralmente sus acciones e incrementa progresivamente el monto y la frecuencia de actos fraudulentos.
En realidad, no existe una protección verdadera; es una convicción psicológica que modifica su comportamiento, de manera similar a un placebo (mejoría en el bienestar o los síntomas de una persona al creer fielmente que está recibiendo una ayuda real, aunque esta no tenga un valor activo o físico).
Podríamos definirlo de la siguiente manera: la impunidad funciona como un placebo psicológico. El corrupto cree estar protegido por su poder absoluto o influencias, por su control y la lentitud de la justicia o por la complejidad de sus estrategias financieras para ocultar los bienes y dineros mal habidos. Ese convencimiento no elimina el riesgo, pero sí altera profundamente su conducta, haciéndolo cada vez más audaz hasta cometer errores que terminan facilitando el descubrimiento de sus actividades ilícitas.
El efecto nocebo igualmente podemos utilizarlo como una analogía. Cuando el perpetrador percibe que una auditoría forense, una investigación penal o una fiscalización tributaria se aproxima, comienzan a aparecer efectos psicológicos negativos. Entonces se enfrenta a síntomas de ansiedad, paranoia, pérdida de capacidad para tomar decisiones, errores al ocultar evidencia, contradicciones en declaraciones, destrucción precipitada de documentos e intentos desesperados por encubrir operaciones o borrarlas.
Es decir, la sola expectativa del descubrimiento comienza a deteriorar su comportamiento.
Cuando la investigación comienza a estrechar el cerco, aparece el equivalente psicológico del efecto nocebo. La expectativa de ser descubierto genera miedo, estrés y decisiones irracionales. Paradójicamente, muchos de los errores que finalmente permiten probar el fraude nacen del propio temor del o los responsables.
Desde otro ángulo del análisis de los aspectos psicológicos que invaden el pensamiento de los autores de actos de corrupción, tenemos el concepto más antiguo de los tres elementos presentes cuando una persona comete un fraude. Se trata del triángulo del fraude, que se atribuye a Donald R. Cressey, sociólogo estadounidense que trabajó en los campos de la criminología y la delincuencia de cuello blanco y que explica y describe cada uno de estos elementos: la presión, la oportunidad y la racionalización. Es un modelo que puede ser usado para explicar los factores que llevan a una persona a cometer un fraude.
La presión se refiere a la motivación del empleado, es decir, a lo que puede llevarle a cometer un fraude. Estas presiones pueden no estar relacionadas con el trabajo y ser más bien personales, como una deuda abrumadora, una adicción, un divorcio u otros problemas familiares. Sin embargo, también puede haber presiones relacionadas con el trabajo.
La oportunidad de cometer un fraude es un factor de riesgo que aumenta cuando los controles internos son débiles o no existen. Las empresas que cuentan con fuertes controles y férrea fiscalización ayudan a limitar las oportunidades de los empleados de participar en actos o informes financieros fraudulentos. Las empresas con controles internos limitados o inexistentes propician una apertura fácil para la comisión de fraudes o para el exceso de confianza en algún empleado. Por ello, debemos poner en práctica el dicho: “Confía, pero verifica”.
La racionalización es el último factor, y es la forma en que el autor justifica el fraude. Por ejemplo, una persona puede sentir que es permisible robar porque se cometió una injusticia contra ella. La racionalización también puede ocurrir si un empleado ve que su superior muestra un comportamiento poco ético y este se tolera o se pasa por alto, como ocurre con el popular “juega vivo”, o si ve un ejemplo perverso en un superior, como por ejemplo: “Si mi jefe roba, ¿por qué yo no?”
Reflexión forense: la corrupción suele desarrollarse bajo dos poderosas ilusiones psicológicas. Primero, el efecto placebo de la impunidad: la convicción de que jamás habrá consecuencias. Después aparece el nocebo de la investigación: la certeza de que todo está perdido. El primero impulsa el fraude; el segundo precipita su caída.
La mayoría de los grandes fraudes no terminan porque el delincuente deje de delinquir; terminan porque la falsa confianza de la impunidad se convierte, tarde o temprano, en el miedo paralizante de ser descubierto o porque ocurre un soplo. Entre ese placebo de invulnerabilidad y ese nocebo de la investigación se escribe la historia de casi todos los grandes casos de corrupción.
El autor es auditor forense y exviceministro de la Presidencia.


