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El poder de la palabra

Hoy en día tenemos más acceso a la información que en cualquier otro momento de la historia. Casi no existe duda que no pueda resolverse en menos de una décima de segundo, lo que demora una búsqueda en Google. Asimismo, la inteligencia artificial, aunque tarda un poco más, ofrece resultados ya digeridos. Es decir, hoy podemos obtener información con mayor velocidad y con menor necesidad de análisis.

Como estudiante de Política Internacional, entiendo el privilegio que es estar expuesto a diferentes formas de pensamiento. Pero sé que es un privilegio solo porque he aprendido a cuestionar lo que leo, investigar su origen y reconocer que siempre hay más por descubrir.

Uno de los grandes problemas del diálogo político moderno, especialmente en las redes sociales, es que muchas personas que comparten contenido “informativo” no saben realmente lo que dicen o, en otros casos, no transmiten lo que intentan expresar.

La primera causa de este fenómeno es la desinformación accidental. Ante tanta información en tan poco tiempo, resulta difícil procesarla. La mayoría de las personas no distingue lo veraz de lo distorsionado. Por eso consumimos más datos incompletos o subjetivos y, sin darnos cuenta, eso mismo compartimos.

La segunda causa es la desinformación intencional. Así como las redes facilitan el aprendizaje, también facilitan la manipulación. Cualquiera puede abrir una cuenta y difundir noticias falsas disfrazadas de “verdad alternativa”. Estas publicaciones suelen apelar a las emociones, más que al pensamiento crítico, y generan prejuicios difíciles de revertir.

Ambos tipos de desinformación nos impiden entender lo que sucede en el mundo y lo que pensamos al respecto. Y si no sabemos qué pensamos, no podemos dialogar con los demás. A esto se suma el uso de medias verdades: se difunden noticias reales, pero con terminología incorrecta.

Este problema se observa a lo largo del espectro político. Por ejemplo, se tilda de “fascista” a cualquiera que defienda posturas de derecha, o de “comunista” a quien exprese ideas de izquierda. Estas generalizaciones son eficaces porque se apoyan en similitudes superficiales y las extienden de manera errónea.

El resultado es que el mensaje no conecta, sino que genera rechazo. Si alguien advierte sobre los riesgos del retroceso democrático (democratic backsliding), pero usa palabras inapropiadas, probablemente perderá la oportunidad de abrir un diálogo crítico: su audiencia se enfocará en el tono, no en el fondo.

La publicación y el consumo de información se han convertido en un círculo vicioso. Crece la cantidad, pero se reduce el contenido sustantivo. Entre más “aprendemos”, menos dialogamos y entendemos. Por eso hoy es más necesario que nunca ser diligentes: los autores deben etiquetar y redactar con rigor; los lectores, cuestionar y contrastar. La responsabilidad es mayor mientras más privilegiado sea nuestro acceso a la información.

El diálogo político moderno no desaparecerá de las redes sociales, así que debemos adaptarnos. Si nos comprometemos con el aprendizaje y la comunicación efectiva, será más fácil escuchar y ser escuchados. Cada persona tiene el derecho y el deber de saber con claridad qué representa y a qué se enfrenta.

La autora es estudiante de Política Internacional en Georgetown University.


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