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El poder de las palabras

Recuerdo una época diferente a la actual.

Parece como si hubiera sido otro mundo, otra humanidad, otras leyes y otros valores. Era un mundo previo a los chat rooms, a los foros de discusiones online, a las redes sociales. Era un mundo en donde generalmente, para ser escuchado por las masas, había que tener algún nivel de educación o, aunque sea, la habilidad de ser elocuente, carismático y convincente. Había que tener algún logro o sentido de liderazgo y, lo más importante: había que dar la cara.

Hoy, una persona enojada con el mundo puede expresar sus ideas radicales y, a menudo infundamentadas ni objetivas, y llegarle a un público que toma sus opiniones como verdades.

En nuestro presente, alguien puede pasar horas frente al monitor publicando controversias, mentiras sensacionalistas por el placer del poder y del reconocimiento (los likes, los comentarios, los share, retweets y el deseo de volverse viral).

Personas que comentan por comentar haciendo declaraciones como si fueran expertos sin haber estudiado a ninguna profundidad el tema del que hablan, que poseen inmadurez en la falta de entendimiento del poder de las palabras, tienen un podio en sus manos con potencialmente ¡cientos, miles de lectores! El mundo está lleno de ultracrepidarios.

Es preocupante ver las mentiras manipuladas a modo que se vuelven verdad. Una humanidad que estaba acostumbrada a creer en lo que leía o parecía profesional, nunca se acostumbró a una generación de personas que fácilmente falsifican el profesionalismo.

Es preocupante ver cómo disfuncionalidades en la psique de una persona se pueden tornar en conductas agresivas contra otros en la seguridad de su casa, con una pantalla de por medio. Más preocupante aún, es la real ignorancia de la seriedad que conllevan sus actos. Hay una creencia no consciente que lo que pasa en internet no es real, y lo increíble es que una gran parte de los usuarios de las redes sociales no serían capaces de decir en persona lo que comentan con su teclado.

Es que el anonimato es interesante, ya que tiene el potencial de fragmentarnos como individuos. Una persona puede ser algo a los ojos del mundo, pero bajo la sábana del anonimato es otra cosa. Y ¡qué peligro! Sin consecuencias, las personas inmorales no tendrían remordimiento en publicar mentiras o ideas falsas.

En una ocasión, la periodista española Pilar Rahola brillantemente reflexionó: “tenemos un mundo más informado que nunca, pero no tenemos un mundo mejor informado”.

Una persona inocente puede ser erróneamente castigada y sufrir inmensamente por una mentira; una persona culpable puede liberarse de su responsabilidad y hacer más daño por una mentira.

Nuestra voz tiene mucho potencial y podemos elegir utilizarla para construir o para destruir. Una auténtica palabra de bondad puede elevar, pero una auténtica palabra de odio va a quebrar.

La autora es psicóloga clínica


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