Era el año 2009, me encontraba en primer grado, y mientras todos los niños jugaban a las atrapadas, me sentaba solita en una esquina observando a todos, esperando con ansias que suene el timbre del recreo para entrar a clases. Nunca fui fan de jugar y corretear en el recreo, pero no lo veía como un martirio hasta que llegué a mis clases de educación física.
Siempre participé y nunca les vi nada de malo hasta que me pusieron a jugar basketbol y una niña dijo fuertemente “Daniela es una tortuga, no la quiero en mi equipo” al frente de todas mis compañeras, lo que hizo que en varias ocasiones se pelearan a la hora de picar equipos porque no me querían en sus grupos.
Luego de eso, cada vez que me tocaba ir al gimnasio, me atrasaba 15 minutos extra “cambiándome” de uniforme, porque cada pedazo de mi ser quería huir de los comentarios y críticas de todas, y procrastinaba la llegada al gimnasio de cualquier manera posible. De ahí en adelante, siempre que picaban para los equipos, me quedaba de última, y poco a poco le fui agarrando un odio inconsciente al deporte que perduró en mi cabeza por años. Me la pasaba buscando justificaciones para sentarme y no dar la clase. Es más, cuando me llegó la regla por primera vez, a los 13 años, sentí cierto alivio, ya que al fin descubrí una nueva excusa para evadir las clases. (La maestra se sorprendía al ver que estaba indispuesta 2, 3 semanas al mes, pero me veía tan desmotivada que ni siquiera me lo discutía).
“Profa tengo la regla”, “profa me siento mal”, “profa me voy temprano, tengo permiso”. Usé y repetí absolutamente todas las justificaciones y comodines habidos y por haber, dentro y fuera del manual del estudiante. Ya todas me conocían como la tortuga del salón por más de un año, y ya le había perdido la fé al deporte.
Milagrosamente, decidí jugar Basquetbol, y la misma niña me gritó “tortuga” al encestar. En ese momento, otra compañera decidió abrir la boca: “¡Pero casi que te está ganando!, ¡Tortuga tú!”
Por más insignificante que fue ese comentario para ella, a mí me cambió la vida. Por más que la confianza conmigo misma ya estaba afectada, esas palabras hicieron que finalizaran esos comentarios, y a partir de aquel momento, dejé de ser la última en ser escogida para un equipo.
La clase me daba pereza, pero ya no me daba miedo.
Cuando me volví consciente del efecto de estas palabras en mi autoestima, entendí el valor de las palabras y de intervenir en cualquier patrón de abuso. Pude ver en primera fila y en alta definición la importancia de las consecuencias de cómo uno trata al prójimo y los efectos que podemos tener al lanzar un comentario al aire que podría parecer insignificante, como decirle a alguien “tortuga”. Seguro ella ni se acuerda, ni tenía conciencia suficiente para saber el daño que causó, pero esas palabras me quedaron tatuadas en el corazón, y gracias a esto, hoy en día me rehúso a presenciar momentos como estos y quedarme callada.
La autora es estudiante de Comunicación Social
