Así como se comienzan a perfilar los candidatos para el 2024, comienzan a aparecer también sus propuestas electorales, claramente dignas de un mundo de fantasía.
Se abren las apuestas a ver quién ofrece más: trenes, puentes, autopistas, hospitales, y claro que no puede faltar el que eleva la euforia, el “gratiñon”: medicinas gratis, educación gratis, agua gratis, comida gratis, internet gratis, etc. Los políticos si se dedicaran a escribir cuentos de fantasías serían famosos y multimillonarios. Sus discursos románticos y sentimentales le dan esperanza hasta al más escéptico de la sociedad.
“Panamá dejará de ser un país con desigualdad”, “Pensiones justas para todos, no dejaremos a nadie atrás”, “Salarios dignos y justos para los panameños”, “Panamá es un país rico, pero se roban el dinero”, y podría llenar este escrito con promesas de una inspiración inigualable que cualquier otro político del mundo estaría envidioso de lo que será Panamá.
Pero, ¿se ha detenido a preguntarse cómo lo hará? Más allá de aplaudir y seguir a un candidato o partido, ¿se ha detenido a pensar cuáles son sus ideales y principios? Al final, cualquiera puede prometer lo que quiera. Yo les podría decir que Panamá será el país más rico del mundo y que no existirá pobreza, y la forma de lograrlo podría terminando, haciéndonos a todos más pobres y miserables, pero la intención es lo que vale, ¿no? Por eso, no importa cuánto me quiere vender en sus propuestas, sino las formas en que las van a convertir en realidad.
Es aquí donde lo fundamental no es seguir o dejarse llevar por el bueno, el honrado, el de la voluntad incansable. Al final ¿Quién le asegura que esa persona es como se vende? ¿Lo conoce de toda la vida, para confiarle su vida, su propiedad y su libertad? Por eso las ideas y los principios pesan y valen más que cualquier promesa de quién da más. No se trata de buscar resolver una necesidad a costa de la mayoría, se trata de crear las herramientas de manera que todos puedan obtener las mismas oportunidades, siendo iguales solo ante la ley, se trata de poner los pies en la realidad y tomar decisiones difíciles, aunque nos neguemos a aceptarlas o a afrontarlas.
¿Acaso es moral endeudarnos y que las cuentas las paguen las próximas generaciones? ¿Es justo vivir mejor hoy, pero dejarle un país sin futuro a los que viene atrás? Solo porque según “se lo merece” o “se lo deben”. Han sido treinta años de una burbuja que sin saberlo ha carcomido las instituciones políticas y sociales. Cual flautista de Hamelín, nos han vendido un mundo insostenible, y lo que solo hemos obtenido es crear una bomba de tiempo, que cada día es más probable que nos explote.
Estas elecciones no dejen de cuestionar a los futuros candidatos, de exigirles que les digan cómo lo harán, de dónde saldrá el dinero. Ya 30 años evadiendo la realidad han sido suficiente. Es hora de tomar responsabilidad individual. Un país se levanta a costa de esfuerzo, ahorro y trabajo duro. No existe una fórmula mágica, y menos de un político que promete un mundo ideal.
El autor es economista y amigo de la Fundación Libertad
