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El problema no empezó con el primer celular

El problema no empezó con el primer celular
Tiempo excesivo en pantallas modifica a niños

Hace unos meses, una mamá llegó a mi consulta con su hijo de casi dos años. Mientras yo revisaba al niño, ella me contó, entre risas y con una mezcla de ternura y preocupación, algo que no he podido olvidar: su primera palabra no había sido “mamá” ni “papá”. Había sido Alexa. La segunda, YouTube.

Me reí con ella. Pero mientras lo hacía, pensé: esto no es una anécdota graciosa. Es una radiografía.

Ese niño no eligió que Alexa y YouTube fueran sus primeras referencias verbales. Las aprendió porque las escuchaba todos los días, varias veces al día, desde que tiene memoria. Aprendió lo que escuchó. Como todos los niños. Como siempre ha sido.

Cuando los padres me preguntan por pantallas, la conversación suele girar en torno al uso de la tablet en la escuela, el primer celular, los videojuegos en línea o TikTok. Y esos son temas importantes, sin duda. Pero hay algo que pocas veces nombramos: la relación de un niño con las pantallas no empieza a los 10 años ni a los 6. Empieza, en muchos casos, antes de que ese niño pueda hablar.

A esto los investigadores lo llaman trayectoria digital: el camino que recorre el uso de pantallas a lo largo de la infancia y la adolescencia, que no aparece de golpe, sino que se construye, capa por capa, desde los primeros meses de vida. Y, como toda trayectoria, su punto de partida determina en gran medida hacia dónde lleva.

Los datos son contundentes. Según reportes de Common Sense Media, el 38% de los niños menores de dos años en Estados Unidos ya usa pantallas de forma regular. Para los cuatro años, ese porcentaje supera el 80%. La Organización Mundial de la Salud recomienda cero tiempo de pantalla sedentaria para menores de dos años, y no más de una hora diaria para niños de tres a cuatro años. La realidad, en la mayoría de los hogares del mundo —incluyendo el nuestro— está muy lejos de esos números.

En Panamá no contamos con estadísticas propias actualizadas, pero los patrones que veo en consulta diaria no difieren mucho de lo que muestran los estudios internacionales. Niños de 18 meses que reconocen el ícono de YouTube antes de conocer los colores. Bebés de un año que saben deslizar una pantalla con el dedo, pero aún no sostienen una cuchara.

Aquí viene la parte incómoda. Porque la trayectoria digital de un niño no empieza cuando le compramos su primer dispositivo. Empieza cuando nos ve a nosotros mirando el celular durante la cena. Cuando ponemos un video para que “se quede quieto” mientras terminamos algo. Cuando la televisión está encendida de fondo, aunque nadie la esté mirando. Cuando respondemos mensajes de trabajo mientras le leemos un cuento.

Los niños pequeños aprenden por imitación. Somos sus primeros y más poderosos modelos —en todo, incluyendo el mundo digital—. Si queremos entender la relación que tendrán con las pantallas cuando sean adolescentes, vale la pena mirar primero la relación que tenemos nosotros con ellas hoy.

Eso no significa culpa. Significa responsabilidad.

En mi casa, mis hijos usan pantallas. No somos una familia que vive alejada de la tecnología ni pretendo serlo. Pero hay reglas claras que se aplican para todos, incluyendo los adultos: en la hora de las comidas no hay pantallas para nadie, sin excepciones. YouTube solo se puede ver con un adulto al lado. Los dispositivos se apagan a las 7:30 de la noche en días de escuela. Y la regla general es salir al parque, andar en bici, jugar afuera —las pantallas son la excepción, no la norma.

Lo hacemos porque entendemos que cada una de esas decisiones cotidianas es un ladrillo en la trayectoria digital de nuestros hijos. Y que esa trayectoria, si no la construimos con intención, la construye el algoritmo por nosotros.

La pregunta no es si nuestros hijos van a usar pantallas. La respuesta a eso ya la sabemos. La pregunta es qué trayectoria estamos ayudando a construir, y desde cuándo.

Porque el problema no empezó con la tablet de la escuela ni con el primer celular. Empezó la primera vez que pusimos un video para que se quedara quieto. Empezó cuando respondimos un mensaje mientras nos pedía que lo miráramos. Empezó, silenciosamente, mucho antes de que pudiéramos verlo.

Y la buena noticia es que la solución puede empezar hoy. No con una app de control parental ni con una conversación difícil. Puede empezar esta noche: pon el celular en silencio, déjalo en un mueble lejos de la mesa, y cuando tu hijo se siente a cenar, mírale a los ojos y pregúntale cómo estuvo su día.

Eso también es una trayectoria. La que queremos construir.

La autora es pediatra.


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