Hoy, en un mundo donde los cambios se han convertido en una constante —mucho más acelerada que en décadas pasadas—, se requieren profesores comprometidos con esa realidad. Docentes capaces de cuestionarla, interpretarla y observarla desde múltiples ángulos, sin dar por sentado todo lo que reciben a través de las diversas vías de acceso a la información y al conocimiento.
El sistema educativo, como responsable de la organización de la educación, es también garante del cumplimiento del Artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece que toda persona tiene derecho a la educación.
Ser profesor conlleva, a mi juicio, una responsabilidad pública. Implica promover el pensamiento crítico, la investigación y la toma de posición frente a los problemas sociales, con la capacidad de articular saberes, valores y experiencias. La práctica pedagógica no puede ser neutra ni aséptica: debe llevar implícita una provocación intelectual que invite al estudiante a cuestionar la información y los mensajes que recibe. Solo así es posible avanzar hacia esa educación liberadora que defendía el pedagogo brasileño Paulo Freire.
El educador que se valida en su práctica pedagógica como intelectual trasciende la mera instrucción técnica para convertirse en un agente de cambio y en un crítico de los problemas de la sociedad. Su labor no se limita a seguir currículos preestablecidos; por el contrario, asume autonomía para cuestionar las estructuras de poder y el conocimiento dominante, fomentando en sus estudiantes una reflexión constante. De este modo, el aula se transforma en un espacio genuino para el debate y la confrontación de ideas, que enriquecen la discusión pedagógica.
La sociedad debe exigir docentes con vocación intelectual, capaces de equilibrar la teoría académica con la práctica cotidiana, para enfrentar los desafíos sociales, culturales y éticos debidamente contextualizados. Desde esta visión docente, es posible imaginar un profesorado comprometido con la construcción de una sociedad más justa, democrática y consciente de los deberes históricos que le corresponden como nación.
El autor es profesor universitario, abogado y periodista.
