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El racismo no siempre dice su nombre

El racismo no siempre dice su nombre
Ropa en contra del racismo: cuando la indumentaria protesta ante la injusticia racial

Hay pasados que concluyen jurídicamente, aunque sus consecuencias permanezcan durante generaciones. La esclavitud pertenece a esa historia. Su abolición eliminó una institución legal que convirtió a millones de seres humanos en propiedad, pero no hizo desaparecer de manera inmediata las jerarquías raciales construidas durante siglos. Muchas de esas estructuras encontraron nuevas formas de expresión y lograron insertarse en sociedades que, paradójicamente, proclamaban principios de igualdad.

Cada 23 de agosto, el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición ofrece una oportunidad para examinar esa continuidad histórica. La conmemoración pierde buena parte de su sentido cuando se limita a recordar barcos, plantaciones, cadenas y cuerpos africanos convertidos en mercancía. La memoria adquiere relevancia cuando permite comprender cuánto influyó el sistema esclavista en la configuración de relaciones sociales que todavía condicionan la pertenencia, el reconocimiento y el ejercicio efectivo de derechos.

Haití: la libertad que puso en contradicción a la modernidad

La Unesco escogió el 23 de agosto porque durante la noche del 22 al 23 de agosto de 1791 comenzó en Saint-Domingue, actual Haití, la insurrección que transformaría profundamente el orden colonial. El proceso culminó en 1804 con el nacimiento de Haití como Estado independiente. La conmemoración invita a reflexionar sobre las causas y consecuencias de la trata transatlántica, así como sobre las relaciones históricas establecidas entre África, Europa, América y el Caribe.

La Revolución Haitiana modificó mucho más que las fronteras políticas caribeñas. Las personas reducidas jurídicamente a mercancía irrumpieron como sujetos capaces de transformar su realidad. La conferencia de Johana Von Grafenstein, La Revolución Haitiana: sus etapas, actores y repercusiones internacionales (1791-1804), permite apreciar la complejidad del proceso. En Saint-Domingue confluyeron personas esclavizadas y libertas, sectores mulatos, propietarios blancos, intereses imperiales y proyectos políticos diferentes, dentro de las contradicciones abiertas por la Revolución Francesa.

Francia proclamaba libertad, igualdad y fraternidad mientras la estructura colonial mantenía a seres humanos sometidos a esclavitud. Saint-Domingue expuso la distancia existente entre la universalidad de los principios ilustrados y las condiciones concretas para ejercerlos. La Revolución Haitiana colocó sobre la mesa un asunto que conserva vigencia: el reconocimiento formal de derechos no garantiza, por sí mismo, que todas las personas puedan disfrutarlos en igualdad de condiciones.

Frantz Fanon permite comprender otra dimensión del problema. En Piel negra, máscaras blancas, el colonialismo no aparece exclusivamente como ocupación territorial. También interviene sobre la conciencia, las relaciones humanas y las posibilidades de reconocimiento. El orden colonial construye parámetros de humanidad mediante los cuales una parte de la población ocupa una posición privilegiada, mientras otra debe demostrar constantemente su capacidad y su derecho a recibir un trato igualitario.

La dominación racial, desde esa perspectiva, trasciende el desprecio manifiesto. Sus efectos alcanzan la percepción que las personas racializadas desarrollan sobre sus cuerpos, sus capacidades, su lenguaje y sus características culturales. La reflexión de Fanon permite advertir el peso político de las palabras. En contextos atravesados por relaciones desiguales, nombrar y clasificar puede contribuir a establecer diferencias que, con el paso del tiempo, terminan presentándose como naturales.

Las palabras del poder y las nuevas fronteras del racismo

Christian Geulen aporta una herramienta complementaria en Breve historia del racismo. El autor explica el carácter histórico del racismo y su capacidad para transformarse. Esta perspectiva resulta particularmente importante porque buscar en el presente exactamente las expresiones raciales utilizadas durante los siglos XVIII o XIX puede impedir el reconocimiento de manifestaciones contemporáneas.

El racismo actual no necesita recurrir abiertamente a argumentos sobre una supuesta inferioridad biológica. Geulen muestra cómo determinadas lógicas pueden desplazarse hacia nociones relacionadas con cultura, nación, identidad o pertenencia. La diferenciación entre un grupo considerado propio y otro percibido como ajeno adquiere especial importancia cuando determinadas poblaciones son presentadas como riesgos para la estabilidad social. En esas circunstancias, una diferencia cultural puede transformarse progresivamente en una frontera social.

La relación entre lenguaje y poder adquiere especial relevancia. Las expresiones pronunciadas desde posiciones de autoridad poseen una capacidad de incidencia distinta a las formuladas en una conversación privada. Un ministerio, una presidencia o una institución pública no solamente administra recursos y ejecuta normas. Las autoridades también participan en la construcción de interpretaciones sociales sobre los grupos que integran el país. Por esta razón, el lenguaje utilizado desde el poder demanda responsabilidad democrática.

Panamá conoce esta discusión. En 2009, organizaciones afrodescendientes cuestionaron declaraciones del entonces ministro de Gobierno y Justicia relacionadas con un grupo de 56 personas africanas en situación migratoria irregular. Un informe presentado posteriormente ante el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial recogió expresiones como “Aquí no se quedan” y “No nos conviene ni nos interesa”. Diecisiete años después, quien ejercía aquel cargo ocupa la Presidencia de la República. El documento original recoge este antecedente como parte central del análisis sobre discurso y poder.

El antecedente requiere un análisis prudente. Una declaración formulada en 2009 no permite calificar automáticamente como racista a toda una administración gubernamental en 2026. Una afirmación semejante carecería del rigor necesario. Tampoco parece adecuado desvincular aquellas expresiones de una reflexión contemporánea sobre el lenguaje político. El punto central reside en la responsabilidad de las autoridades respecto de las representaciones sociales que sus intervenciones pueden reforzar.

Geulen ayuda a comprender la importancia de esta cuestión. La separación entre lo propio y lo ajeno ha constituido históricamente uno de los mecanismos utilizados para convertir diferencias en jerarquías. En escenarios marcados por incertidumbres sociales, económicas o políticas, determinados discursos pueden presentar la exclusión como una respuesta necesaria para preservar el orden.

Limitar el racismo al insulto explícito resulta, por consiguiente, insuficiente. También debe prestarse atención a los procesos mediante los cuales ciertos cuerpos quedan asociados con el desorden, determinadas nacionalidades generan sospecha o algunas identidades culturales son tratadas como problemas. La racialización adquiere mayor gravedad cuando tales representaciones encuentran legitimidad dentro de instituciones públicas.

Panamá frente al espejo: de la diversidad proclamada al antirracismo real

Panamá suele reconocerse como una sociedad multicultural y como un “crisol de razas”. La expresión forma parte del relato nacional, pero la celebración de la diversidad no elimina automáticamente las desigualdades. El reconocimiento cultural requiere estar acompañado de condiciones materiales e institucionales que garanticen igualdad y dignidad.

La controversia surgida en 2026 en torno a centros educativos donde se habría solicitado un supuesto “certificado de afrodescendiente” para justificar determinados estilos de cabello constituye un ejemplo significativo. Más allá de las particularidades administrativas del caso, la discusión evidencia el problema que surge cuando características vinculadas con la identidad de una persona necesitan ser justificadas ante una institución.

La lectura de Fanon cobra nuevamente sentido. La “máscara blanca” no debe interpretarse únicamente como el deseo literal de convertirse en una persona blanca. También permite reflexionar sobre las presiones que llevan a aproximarse a patrones estéticos, culturales o lingüísticos presentados históricamente como universales. Bajo esa lógica, el cabello, el acento, el territorio de procedencia y el color de piel pueden adquirir significados sociales relacionados con prestigio, confianza, sospecha u oportunidades. Esta relación entre corporalidad, identidad y reconocimiento constituye uno de los núcleos del artículo.

La experiencia haitiana recupera aquí toda su fuerza histórica. La revolución iniciada en Saint-Domingue no pretendió únicamente incorporar a las personas esclavizadas dentro de un orden previamente establecido. Su desarrollo cuestionó una concepción de humanidad capaz de proclamar derechos universales mientras mantenía a millones de seres humanos sometidos a esclavitud.

Más de dos siglos después, las condiciones son diferentes, pero subsiste una discusión sobre pertenencia y reconocimiento. Las democracias contemporáneas enfrentan el desafío de garantizar que ninguna persona tenga que justificar permanentemente su presencia, identidad, cultura o apariencia para ser reconocida como integrante plena de la sociedad.

El 23 de agosto adquiere sentido precisamente desde esa mirada. Recordar la trata de personas esclavizadas implica examinar el presente y reconocer la capacidad histórica del racismo para modificar sus expresiones. Geulen permite observar sus transformaciones; Fanon muestra sus efectos sobre la subjetividad y las relaciones sociales; Haití recuerda que los sistemas de dominación también pueden ser cuestionados por quienes han sufrido sus consecuencias.

Una democracia no se define únicamente mediante elecciones, leyes e instituciones. La forma en que las autoridades hablan sobre las personas que gobiernan también expresa la calidad de la convivencia democrática.

Las cadenas de hierro fueron abolidas, pero algunas jerarquías consiguieron transformarse. La memoria de la esclavitud demanda, por tanto, algo más complejo que condenar las injusticias del pasado. Exige reconocer las prácticas contemporáneas que continúan estableciendo fronteras simbólicas entre quienes son aceptados plenamente y quienes todavía encuentran obstáculos para ejercer su derecho a pertenecer.

En ese reconocimiento comienza una memoria crítica. También comienza la construcción de un antirracismo capaz de trascender las conmemoraciones y convertirse en una práctica democrática cotidiana.

La autora es socióloga, docente universitaria y defensora de derechos humanos.


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