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El régimen cubano busca un acuerdo con Trump para no terminar como Maduro

El régimen cubano busca un acuerdo con Trump para no terminar como Maduro
El ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, el ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba, Álvaro López, el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro y el presidente el jefe de Estado, Miguel Díaz-Canel. EFE/ Ernesto Mastrascusa

En medio de protestas ciudadanas, apagones masivos en toda la isla, crisis económica, escasez de alimentos y presiones de Estados Unidos, el presidente Miguel Díaz-Canel anunció a la nación que había iniciado conversaciones con Estados Unidos. La noticia generó especulaciones respecto a un posible cambio de poder. Y es que la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 fue un mensaje para La Habana: o abren canales de diálogo o terminarán como el líder venezolano.

Trump ha insistido en una toma de Cuba desde el 24 de febrero, en el Discurso del Estado de la Unión, cuando presionó a países que proveían petróleo a la isla, como México, a que dejaran de hacerlo. La captura de Maduro estuvo acompañada de un bloqueo petrolero a la isla que ha generado una profunda crisis energética. El país ha quedado en la oscuridad, lo cual ha desatado protestas que no se veían desde 2021.

Sin embargo, más allá de las presiones de Trump y la condición desesperante en la cual se encuentran los cubanos, hay un elemento fundamental que puede dificultar, aún más, una posible transición cubana**, y es que** la isla tiene un partido de Estado. Politólogos como Martin Lipset o Steven Rokkan definen este sistema como una extensión del partido de masas que se fusiona con la estructura del Estado, donde los militantes ocupan los cargos burocráticos. Los estados unipartidistas de corte socialista se caracterizan por tener una ideología oficial definida por el partido oficial que controla los medios de comunicación, la economía y las fuerzas armadas.

Tras la Revolución de 1959, Cuba sofocó todos los resquicios de oposición a través del exilio, el encarcelamiento, la tortura y la política del miedo. Fidel Castro copió el diseño institucional de la Unión Soviética, es decir, los cimientos para que la élite socialista gobernara para siempre. El diario Granma es el medio de comunicación oficial del gobierno, el Partido Comunista Cubano es el único organismo para ascender en la pirámide social, el cuerpo de espionaje es pilar para el control de la disidencia y el marxismo-leninismo es la ideología que dicta cómo debe comportarse la ciudadanía.

El partido de Estado es el encargado de postular las candidaturas a la Asamblea Nacional del Poder Popular y es la columna vertebral del autoritarismo. La élite, compuesta por militares y burócratas, es esencial para el funcionamiento del régimen. Mientras que el Comité Central, máximo órgano, es el encargado de proponer los candidatos al Buró Político y delinea el trabajo del partido a nivel nacional. El partido de Estado es quien mantiene el poder, aunado a organizaciones afines de estudiantes, sindicatos, agricultores, periodistas y los Comités de Defensa de la Revolución, que son el primer contacto con la ciudadanía.

A pesar de que el país aprobó una nueva Constitución en 2019, en la que se estableció que el presidente solo puede ejercer dos mandatos consecutivos, se trató de un cambio superficial. El argumento de la élite era promover la renovación de liderazgos para modernizar el rumbo de la revolución. La rotación de dirigentes y élites es esencial, sobre todo porque el relevo generacional dotaría de aire fresco el rumbo revolucionario.

Con la llegada de Díaz-Canel a la presidencia en 2021, Cuba inició el proceso de descastrización, es decir, el rumbo de la revolución cambió producto del agotamiento del discurso y la falta de un caudillo fuerte. Desde entonces, y concretamente a partir de la pandemia de Covid-19, el Ejecutivo enfrenta grandes movilizaciones. Los apagones y la escasez de comida son cada vez más frecuentes y la represión se volvió un elemento central de su gobierno.

Recientemente, el gobierno cubano optó por una reforma económica derivada de la crisis que atraviesa la isla. El objetivo central es atraer inversiones que permitan al gobierno modernizar la infraestructura eléctrica, hotelera, el sistema bancario y minero. La Perestroika interna, como la llama el gobierno, permite a los cubanos exiliados invertir en empresas estatales, abrir cuentas bancarias en instituciones cubanas y crear alianzas estratégicas en el sector agrario del país.

Los cambios no solo buscan reactivar la economía, sino que representan un cambio en la ideología oficial. El socialismo no permite la propiedad privada de los medios productivos; por ello, la asociación del Estado con capital privado representa un cambio radical. Durante décadas el gobierno revolucionario expropió y colectivizó empresas; hoy, para salvarse, pretende introducir reformas capitalistas.

A pesar de la profunda crisis que vive la isla, esto no significa que la caída del régimen esté cerca. De hecho, en estos momentos la estructura se pone a prueba y tiende a radicalizarse. Por otro lado, la presión de Estados Unidos es un factor decisivo, pero la élite que negocia con Washington no entregará las estructuras de poder, sino que buscará negociar. Como dijo el propio Díaz-Canel: “colaboración y respeto dentro de nuestro sistema político”.

La estructura del Estado cubano es sólida y su diseño institucional le ha permitido sobrevivir numerosas crisis. El sistema de partido de Estado ha sobrevivido a la presión de Estados Unidos durante el siglo XX, el desplome de la Unión Soviética, el llamado período especial y la pandemia de Covid-19. Pero esta vez la élite cubana ha entendido que no le queda otra que la apertura para no terminar como Maduro.

El autor es cientista político y periodista.


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