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El reto de la formación médica en Panamá

El reto de la formación médica en Panamá
Imagen conceptual elaborada con asistencia de ChapGPT.

Recientemente he conversado con colegas preocupados no solo por la calidad, sino también por el carácter de la formación médica en Panamá. La medicina exige conocimientos y destrezas, pero también responsabilidad, disciplina, honestidad y capacidad para enfrentar la crítica, la presión y la frustración. Aunque resulte incómodo decirlo, querer ser médico o ejercer determinada especialidad no implica necesariamente reunir las cualidades para ello. En tiempos de cambios generacionales y educativos, esta es una discusión necesaria.

Las nuevas generaciones se relacionan de manera diferente con la tecnología, las jerarquías, la retroalimentación, el equilibrio entre la vida personal y la profesional y la salud mental. Estas diferencias obligan a repensar algunos aspectos de la educación médica sin caer en estereotipos generacionales.

La educación médica debe adaptarse a esos cambios. Pero adaptarse no significa reducir la exigencia. Defenderla tampoco implica justificar condiciones de formación inadecuadas. Como residente, participé en huelgas para reclamar jornadas de trabajo razonables y mejores condiciones salariales. Siempre he creído que las condiciones injustas deben cuestionarse y rechazo cualquier forma de maltrato. Pero una cosa es cuestionar aquello que debe cambiar y otra es asumir que toda corrección, evaluación con resultado negativo o frustración representa una falla del sistema.

La medicina tampoco se ha vuelto más sencilla. El médico actual enfrenta pacientes más informados, pero expuestos a la desinformación, con mayores expectativas, presión medicolegal y, ahora, a la inteligencia artificial. Prepararse para esa realidad requiere conocimientos, profesionalismo, pensamiento crítico, responsabilidad, trabajo en equipo y resiliencia.

Esto conduce a una pregunta: ¿estamos seleccionando adecuadamente a quienes aspiran a estudiar medicina o a ingresar a determinada especialidad? Un examen o una entrevista estructurada puede medir algunos aspectos del desempeño, pero difícilmente evalúa la honestidad, la responsabilidad, la inteligencia emocional, la capacidad para trabajar con otros o para recibir retroalimentación. Si estas cualidades son importantes para ejercer la medicina, nuestros procesos de selección y evaluación deberían procurar al menos reconocerlas.

Algo similar ocurre cuando un residente abandona un programa. Toda renuncia debe llevarnos a preguntarnos qué ocurrió y si hay aspectos que deben corregirse. Pero atribuirla automáticamente a una falla del programa es simplista. Además del ambiente, pueden intervenir factores como expectativas, aptitudes o un fallo en la selección.

Más difícil aún es decidir qué hacer cuando identificamos a alguien que reiteradamente no alcanza las competencias o incumple sus responsabilidades. En un país pequeño, donde pesan mucho las relaciones personales, el amiguismo y el temor al conflicto, nadie quiere ser “el policía malo”. Resulta más fácil permitir que el problema avance al siguiente tutor, servicio o institución. En medicina, sin embargo, las consecuencias eventualmente llegarán a un paciente.

Necesitamos seleccionar y evaluar mejor. Identificar una deficiencia no implica excluir inmediatamente a alguien. Formar implica enseñar, orientar y ofrecer oportunidades para mejorar. Pero un sistema responsable también debe poder reconocer, mediante procesos objetivos y justos, cuándo alguien no alcanza las competencias necesarias para continuar. Es su deber moral.

Las generaciones cambian, la educación evoluciona y nosotros también debemos hacerlo, sin perder de vista no solo las exigencias de la profesión, sino también la condición humana a la que inevitablemente nos enfrenta. El primer día de clases suelo pedir a mis estudiantes que lean los Consejos de Esculapio. Es un texto antiguo, quizá severo para nuestra época, que advierte al futuro médico sobre la soledad, el sufrimiento, el egoísmo y las contradicciones humanas que encontrará en su camino. Después de advertirle todo aquello, le plantea una última elección: si aun así ansía conocer al hombre y penetrar en lo trágico de su destino, “hazte médico, hijo mío”.

Siempre me ha parecido una advertencia atemporal. Y quiero que mis estudiantes recuerden esas palabras en los momentos difíciles que inevitablemente encontrarán. Quizás entonces comprendan por qué se las hice leer el primer día de clases. Porque podemos cambiar la manera de enseñar medicina, pero no podemos evitar que tengan que enfrentarse a toda la complejidad de la condición humana.

El autor es jefe del Servicio de Oncología Médica del Instituto Oncológico Nacional y profesor de Medicina, Universidad de Panamá.


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