La tendencia a repetir en el poder sigue presente en América Latina como una vorágine que solo nos muestran las mismas fuerzas políticas de siempre y los mismos personajes que buscan “reciclarse” para poder alcanzar por segunda o tercera vez el mandato como primeras magistraturas en países sumergidos en la extrema pobreza y espirales de violencia cada vez más en aumento.
Tal ha sido el caso de Cristina Fernández (Argentina), Inácio Lula Da Silva (Brasil), Alberto Fujimori ( Perú) entre otros. La polarización de tendencias políticas que van desde la extrema derecha hasta movimientos que se auto denominan “populistas” de izquierda parecen ser los únicos actores presentes en todas las contiendas que se han presentado en el marco de la llamada “democracia restringida” como la llamaría el sociólogo mexicano Agustín Cueva.
No parece haber más espacio para nuevos rostros u otras tendencias llámense centro izquierda, centro derecha, ambientalistas, humanistas etc. La democracia política parece haber sido secuestrada por grupos de poder económico y figuras tradicionales que cuentan con estructuras de organización ligadas de una forma a los espacios que otorgan quienes alcanzan el poder. No parece existir un nuevo modelo o una renovada visión que rompa con el conocido pensamiento de que “la política es solo para los que tienen plata” como lo expresara un ex magistrado del Tribunal Electoral quien al parecer no concibe una forma más democrática de gestionar los cargos públicos.
En Panamá hasta el momento no se ha producido el regreso de un exmandatario al poder, por lo menos desde la llamada época de la post invasión. Algunos analistas aseguran que los panameños a la hora de votar lo hacen bajo el criterio de la actividad hípica, es decir votar por el ganador aunque el mismo no sea precisamente el mejor. También es innegable que una proporción considerable de electores panameños son tan efervescentes como algunos antiácidos que en poco tiempo se desencantan de quienes apoyaron con su voto en el periodo de contienda electoral. Muy probable nuestra memoria histórica es tan limitada que olvidamos eventos del pasado muy rápido y así tendríamos que anotarlos hasta en las paredes como en el Macondo de “Cien años de Soledad”.
La anterior situación podría cambiar si existiera una figura presidenciable que no estuviera ligada con algún partido tradicional y cuyo carisma como también el carácter para gobernar pudiera cambiar la manera de pensar de muchos electores. Es tal el grado de hastío que siente parte del electorado panameño que me parece que en las próximas elecciones el voto se inclinaría por algún autodenominado independiente no solo de “discurso bonito” sino también de acción.
Sin embargo, no hay que perder de vista la manera en que se promocionan muchas candidaturas donde entra en escena la conocida “propaganda engañosa” que tratan de vendernos productos de baja calidad como si fueran de primera.
Actualmente dos expresidentes han mostrado gran interés en “repetir”. Martín Torrijos y Ricardo Martinelli trataran de hacer en Panamá lo que Lula da Silva hizo en Brasil o Alberto Fujimori en Perú. Organizaciones de la sociedad civil que en algún momento habían intentado educar a la sociedad panameña para escoger “a los mejores”, en los actuales momentos se han ralentizado en su accionar de forma misteriosa dejando esta tarea prácticamente en la intemperie.
La culpa de escoger a los menos aptos y sucumbir ante las tentaciones del “clientelismo” político es nuestra. El error de votar bajo los efectos embriagantes de una “propaganda mentirosa” también la tenemos nosotros como sociedad que muchas veces pensamos que “hacer política” es solo para un grupo reducido de los que tienen dinero, aunque estos sean los mismos rostros de siempre.
¿Es que todavía no somos capaces de juzgar y condenar los actos de corrupción pasada sin caer en cuenta que los mismos nos afectan de una manera significativa? ¿Por qué vemos los eventos judiciales como si estuvieran en otra esfera de nuestra vida cotidiana? ¿Qué estamos haciendo como comunidad para buscar otras propuestas políticas sin ataduras con acciones corruptas?
Muy probable nos gusta el “maltrato” de los políticos de siempre y nos comportamos como una sociedad masoquista. No rompemos con el círculo del abuso en el cual una doncella luego de los golpes de su “pareja” sucumbe ante las nuevas promesas del “agresor” de no volverlo a repetir. ¿Eso realmente es lo que somos como sociedad?
El autor es sociólogo y docente
