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El sáhila Leónidas Brenes y la represa de Bayano, 1970

El sáhila Leónidas Brenes y la represa de Bayano, 1970
Expedición en el Bayano, antes de la construcción de la hidroeléctrica. Foto: Cortesía

En 1970, recién graduado en antropología, obtuve mi primer trabajo en la Digedecom, la Dirección General para el Desarrollo de la Comunidad en Panamá. Esta experiencia me permitió palpar de cerca la pobreza de las comunidades campesinas e indígenas, así como el impacto de los grandes proyectos de desarrollo.

Un día, la doctora Reyna Torres de Araúz, directora del Museo del Hombre Panameño, me pidió que la sustituyera en una expedición al Bayano, río habitado durante siglos por los indígenas kuna (hoy guna). La gira tenía como propósito explicarles que el gobierno nacional había decidido construir una hidroeléctrica sobre este caudaloso curso de agua, en el este de Panamá. Me advirtió que a los kunas no les gustaba que se les tomaran fotografías.

El conductor tomó la vieja carretera nacional que pasaba por Pacora y Chepo hasta llegar al embarcadero de La Capitana. Era un camino angosto, bordeado de potreros con cercas de alambre y postes. En una curva oscura redujo la velocidad y, al preguntarle la razón, me explicó que la gente temía transitar de noche por allí, pues decían que había espíritus. Agregó que en ese lugar encontraron, el 31 de diciembre de 1969, el cadáver baleado y torturado de Rubén Miró, acusado del asesinato del presidente de Panamá, el coronel Antonio Remón Cantera, ocurrido el 2 de enero de 1955. Se decía que, en venganza, la Guardia Nacional había matado a Miró.

En La Capitana, en lugar de los once expedicionarios de varias instituciones que se esperaban, solo estábamos el doctor Antonio Pirro, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá, y yo. Él era temido por los estudiantes: quien no pasaba su examen de anatomía no se graduaba de médico. Era un italiano simpático, culto, amante de la naturaleza y de la fotografía. Me costaba entender su español por su marcado acento. Un tanto excéntrico y, como dicen en inglés, absent-minded.

El sáhila Leónidas Brenes y la represa de Bayano, 1970
Niños kunas en sus botes en el río Bayano. Foto: Cortesía

Partimos bajo una pertinaz llovizna en dos grandes botes de madera labrada. El doctor iba en el bote delantero con un baquiano y el motorista; yo, en el segundo, acompañado de muchachos de la Guardia Nacional y de la carga cubierta con lonas. Al poco rato, el doctor Pirro se quitó la camisa y el pantalón, quedando en calzoncillos y camiseta, que llevaba al revés, dejando ver la etiqueta de Fruit of the Loom. Sacó su cámara y comenzó a fotografiar la selva y los caseríos del río.

Conforme subíamos, el Bayano se angostaba, los barrancos se volvían más altos y la corriente más rápida. Los caseríos kuna, con sus largas casas de techos de penca y paredes de caña blanca, se encontraban cerca de los barrancos. Su gente, al escuchar el ruido de los motores fuera de borda, corría a ver quién pasaba. Primero aparecían los niños y las mujeres; luego, los hombres, que al ver al doctor tomándoles fotos comenzaron a gritarnos amenazantes. Él, sin percatarse, seguía como si nada fotografiándolos. Súbitamente, piedras y palos comenzaron a caer sobre los botes. Viendo que pasaríamos muy cerca del barranco donde todo el poblado nos gritaba enfurecido, le grité:

—¡Dr. Pirro, carajo, siéntese y deje de fotografiar a la gente, que están emputadísimos!

Anochecía cuando llegamos a Aguas Claras —Ipetí, en kuna—, un hermosísimo afluente del Bayano donde vivía Leónidas Brenes, el sáhila o principal cacique de los kunas de la región. Esa noche, en la casa del congreso, se reunió la comunidad. A través de los lenguas o traductores explicamos a qué veníamos. El doctor comentó que deseaba medir la talla de los niños, pues nunca se había hecho antes. Leónidas asintió y ordenó a las madres que al día siguiente llevaran a sus hijos al lugar indicado.

El sáhila Leónidas Brenes y la represa de Bayano, 1970
Comunidades kunas en el río Bayano. Foto: Cortesía

Luego, intenté explicar el tema de la hidroeléctrica. Para ellos, nadie podría domar la fuerza del Bayano, que era casi sagrado. Por siglos, el río subía en invierno y bajaba en verano. Pensaban que, si las aguas subían con la represa, sería como una inundación mayor, pero que en verano bajarían y ellos regresarían a sus caseríos. Les expliqué que esta vez el agua subiría, pero no volvería a bajar, inundando sus caseríos, cultivos, tierras de cacería y cementerios. Silencio. El sáhila preguntó cuán alto llegarían las aguas; le respondí que más alto que una altísima bonga o ceiba cercana a la casa del congreso. Eso los impactó: jamás las aguas del Bayano habían alcanzado la copa de ese imponente árbol. Mi respuesta fue seguida de un largo silencio.

Alumbrados por la luz de las guarichas, Leónidas preguntó para qué era esa represa. Le dije que para el progreso, para generar electricidad. Entonces me preguntó para quién sería esa electricidad. Respondí que para los comercios, bancos y oficinas de la capital. Silencio. Finalmente, Leónidas me dijo:

—Bueno, si esa represa es para producir electricidad, ¿por qué no inundan Ciudad de Panamá?

Le respondí:

Sáhila Brenes, usted tiene toda la razón.


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