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‘El saludo’

El saludo ha evolucionado. No necesariamente para bien, pero sí con personalidad. Antes, saludar era un acto solemne, casi litúrgico. Uno decía “buenos días” como quien entrega un documento importante: completo, claro y con respeto. Hoy el saludo parece un sonido de notificación: corto, automático y sin alma.

Antes, si uno no saludaba, la mamá aparecía de la nada con una mirada capaz de enderezarle a uno la columna vertebral. “¿Y el saludo?”, decía. Y listo, uno volvía corriendo a recomponer el error social más grave después de decir una grosería en misa.

Hoy no. Hoy la gente entra, se sienta, revisa el celular y, si acaso, lanza un “¿todo bien?” que no es una pregunta, sino una despedida anticipada.

Entre amigos, el saludo dejó de ser saludo y pasó a ser prueba de cariño agresivo. Mientras más insultante, más amor hay detrás.

—¿Qué hubo, bestia @#÷$#?—Todo bien, pedazo de bruto #@$#

Y así, dos adultos funcionales se confirman afecto mutuo. Si, en cambio, el saludo es educado —“hola, ¿cómo estás?”— algo anda mal. Eso ya suena a llamada del banco o a reunión de recursos humanos.

Las groserías ahora son los abrazos de la era moderna. No se dicen con rabia, se dicen con ternura. Eso sí, el problema es que uno no sabe quién es amigo y quién no, y de repente alguien lo saluda con demasiada confianza y uno queda pensando: ¿a este cuándo le di permiso para tratarme así?

Pero el punto más crítico del saludo moderno ocurre en la relación padres–hijos. Antes uno decía “papá” con voz bajita y respeto automático. Hoy los hijos saludan así:

—¿Qué más, cucho?—Bien, gracias por el recordatorio de que tengo colesterol.

El “cucho”, el “viejo” y el “veterano” se usan con amor, dicen ellos. Claro, amor… pero con violencia verbal. Porque uno no sabe si el hijo lo está saludando o pidiendo descuento de adulto mayor.

El saludo perdió jerarquía. Ahora todos somos pares. El papá es “el socio”, la mamá es “la jefa” y el abuelo es “la leyenda viviente”, pero sin la parte respetuosa de la leyenda.

Y ojo, no se trata de volver al saludo acartonado de antes, ese donde uno parecía estar pidiendo una audiencia con el rey. No. Pero tampoco de pasar del “mucho gusto” al “¿qué más, animal?” en una sola generación.

Porque el saludo, aunque parezca una bobada, es un termómetro social. Si saluda bien, probablemente es buena gente. Si no saluda, desconfíe. Y si lo saludan con demasiada grosería sin conocerlo… huya.

Al final, saludar bien no cuesta nada, no engorda y no necesita Wi-Fi. Y lo mejor: todavía funciona.

Porque uno puede ser moderno, relajado y cool… pero decir “buenos días” nunca ha matado a nadie. Y llamar “cucho” al papá, bueno… eso sí tiene consecuencias.

Y ni hablar del saludo a los profesores, que merece capítulo aparte y tal vez disculpa pública. Antes, al maestro se le decía licenciado, ingeniero, profesor, doctor o maestro, sin importar la materia que dictara. No importaba: el título era una forma de respeto preventivo. Hoy el saludo académico suena más a parche que a aula. El estudiante ya no dice “buenos días, profesor”, sino “¿qué más, profe?”, y de ahí pasa sin frenos a “oye”, “bro”, “mano” o, en casos extremos, simplemente al nombre propio, como si el docente fuera un contacto más del WhatsApp. El respeto se fue de sabático y nunca regresó. El profesor pasó de autoridad intelectual a compañero de grupo… pero sin poder poner nota sin que lo miren feo.

Buen día y hasta pronto.

El autor es ingeniero retirado.


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