Cada vez que un panameño recorre los pasillos del supermercado o intenta comprar una vivienda, se enfrenta a una realidad asfixiante: la quincena ya no alcanza. Mientras el ciudadano de a pie, que depende exclusivamente de su salario, pierde poder adquisitivo a un ritmo alarmante, las élites políticas y financieras ven sus fortunas multiplicarse. La intelectualidad estatista suele culpar a la “avaricia empresarial” o a los fallos del mercado de esta creciente brecha patrimonial. ¡Falso! Nos encontramos ante una estafa matemática institucionalizada y diseñada desde la cúspide del poder: el “efecto Cantillon”.
Para comprender esta injusticia, debemos desnudar la gran ilusión de la expansión monetaria y el mal llamado “gasto social”. A menudo, bajo el noble pretexto de ayudar al pueblo o estimular la economía, los gobiernos y los bancos centrales emiten deuda o crean dinero de la nada. Sin embargo, este dinero fresco no llega a toda la sociedad al mismo tiempo ni de manera uniforme.
¿Quiénes son los primeros invitados a este banquete? El Estado, los bancos comerciales y el sistema financiero. Al recibir esta inmensa liquidez antes que nadie, tienen el privilegio de comprar activos y bienes a precios antiguos, mucho antes de que la inflación golpee las calles.
El gran perjudicado de este esquema perverso es siempre el mismo: la clase trabajadora. Para cuando ese nuevo dinero finalmente se gasta y va filtrándose hacia las capas más bajas de la economía, los precios de los activos y del costo de vida ya se han disparado. Los salarios reaccionan muchísimo más tarde que la inflación, resultando en una brutal pérdida real de poder adquisitivo para el ciudadano común. Este fenómeno distributivo, observado en el siglo XVIII por el banquero Richard Cantillon, demuestra que la emisión de crédito estatal no es neutral: tiene una clara ventaja estructural para quienes están más cerca de la máquina de imprimir billetes.
La historia es terca y repite este patrón destructivo incansablemente. Lo sufrieron las clases bajas en Panamá durante el auge de las zonas libres o la expansión del Canal, donde el crecimiento económico masivo enriqueció a ciertas élites, provocando un aumento en el costo de vida y una inflación de activos. También lo vimos con la crisis financiera global de 2008 y los estímulos durante la pandemia de COVID-19 en 2020: inyecciones masivas que, aunque no directamente monetarias debido a la dolarización, generaron recuperaciones récord en sectores como la construcción o los bienes raíces para los ricos, mientras los trabajadores sufrían la alta inflación de los bienes de consumo y el estancamiento de los salarios.
Panameños, es imperativo despertar ante este saqueo. Este sistema crea una inmensa brecha patrimonial: quienes solo tienen un salario reciben el dinero devaluado, mientras que quienes poseen activos (casas, acciones) ven sus propiedades revalorizarse, permitiéndoles acumular más riqueza y dejando a la clase trabajadora fuera del “circuito de revalorización”. La verdadera cura a nuestra desigualdad no es aplaudir el gasto social financiado con deuda; es exigir el fin de la manipulación monetaria que, según esta visión, empobrece día tras día bajo el disfraz de una falsa filantropía.
El autor es analista independiente.

