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El símbolo del Holocausto

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que no hay persona en este mundo que pueda permanecer indiferente luego de observar un documental o una película sobre la aceitada maquinaria de exterminio de la Alemania nazi, y mucho menos cuando realizas una visita a los campos de concentración de Auschwitz - Birkenau.

Han pasado 77 años desde el fin de la terrible II Guerra Mundial, una conflagración cuyos resultados y consecuencias repercuten hasta nuestros días y que se gestó desde el ascenso al poder de Adolfo Hitler en Alemania, en 1933. Hago esta introducción a manera de referencia para presentar la visita que realicé al Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau en Oswiecim, Polonia.

Cabe destacar que el 2 de julio de 1947, el Parlamento polaco aprobó la ley de mantenimiento a eternidad de los terrenos y edificios del antiguo campo. Es importante señalar que, para llegar a Auschwitz-Birkenau debes reservar un tour en el idioma de tú elección con unas dos semanas de anticipación . Luego, cuando estás en la ciudad de Cracovia, hay que ir a la terminal principal para tomar el autobús que lleva directo al campo y el trayecto tiene una duración de una hora y media. Es increíble ver a miles y miles de personas de todas las edades y nacionalidades esperando su turno para entrar a estos campos, demostrando gran interés y respeto.

El nivel de seguridad es estilo aeropuerto, muy alto, y la atención al público es de primera clase de parte de los colaboradores. Para empezar el tour, brindan un documental introductorio de 15 minutos en una sala de cine y después asignan un guía que lleva a los visitantes por todas las instalaciones por casi tres horas. Caminar Auschwitz es impactante y es que, desde que transitas hacia la puerta principal, te invaden muchas sensaciones como tristeza y algo de dolor.

En el grupo de 15 personas donde realicé el recorrido, nos recibió la irónica frase: “El trabajo os hará libre”, que se encuentra en la parte superior de la puerta principal. En esos primeros instantes, cuesta creer todo lo acontecido en este mítico lugar donde los edificios hechos de ladrillos y color marrón dan el aspecto de ser una institución educativa, pues sus calles de tierra y árboles verdes en ese día soleado en el que asistí dan cierta apacibilidad y paz.

Sin embargo, esto choca de inmediato con el complejo de entramado de redes de alambres de púas y ciclón que componen el sistema de cercas perimetrales y torres de vigilancia que le permitían a los Schutzstaffel, escuadrón de protección (SS abreviado), mantener bajo control a la población allí concentrada. Al abrirse esas puertas y escuchar el rechinar de las bisagras producto del desgaste natural del tiempo, te hace por instantes colocarte en los zapatos de millones de personas que entraron por esa misma calle y nunca volvieron salir.

En el momento álgido de su funcionamiento, el campo de Auschwitz constaba de tres partes principales: la primera, Auschwitz I (campo de concentración); la segunda, Auschwitz II-Birkenau (campo de exterminio), y la tercera, Auschwitz III- Monowitz (campo de esclavos). El visitante puede acceder a áreas muy sensibles donde está prohibido tomar fotografías, como el reservorio de los cabellos, la cámara de gas, los hornos crematorios y el laboratorio del doctor Josef Mengele, quien era conocido como “el ángel de la muerte”.

Además, están las galerías de vidrio donde también se preservan las maletas de viaje acumuladas, una gran cantidad de aros de gafas de los prisioneros y parte de los recipientes del gas Zyklon B utilizados en las distintas cámaras. Y si Auschwitz te deja helado, Birkenau se llevará tu aliento, pues su icónica fachada estilo estación construida a base de ladrillos te atrapará en aquella atmosfera, sobre todo cuando el guía relata por donde llegaban los funestos trenes de la muerte cargados de prisioneros, los que, en muchas ocasiones, bajaban e iban directo a las cámaras de gas luego de un viaje inhumano. Donde además eran recibidos por las SS de forma violenta con perros, gritos, empujones, malas palabras y muchas veces disparos a quema ropa; se te eriza la piel.

La inanición, el exceso de trabajo, el terror enloquecedor, ejecuciones y las inhumanas condiciones de vida, enfermedades y epidemias eran las causas de muerte comunes en estos campos. Además, los castigos, torturas y criminales experimentos médicos. Birkenau es un complejo lleno de barracones hechos de ladrillos con un acabado más rústico que Auschwitz e internamente las camas eran literas de tres pisos compuestas por tablones. Allí tenían que dormir tres o cuatro personas en pésimas condiciones, en verano o en el crudo invierno sin calefacción y con pésimos baños. No obstante, a pesar del panorama sombrío que se vivió en estos terribles lugares, algunos prisioneros lograron escapar de la muerte.

En estos momentos tan difíciles que atraviesa el mundo, considero que cobra mayor fuerza el legado de Auschwitz-Birkenau y otros tantos sitios como estos, que existieron y que permanecen vigentes hasta nuestros días en diferentes partes del mundo, siendo una afrenta para los derechos humanos. Vale la pena destacar, que antes de la pandemia de la covid-19, las visitas anuales rondaban los 2 millones de personas. Actualmente, están llegando a las 400 mil, pero con una tendencia a la recuperación. Visitar estos campos de una extensión de 175 hectáreas es permitir que la historia mundial te atreviese el alma, observando el terrible resultado del odio y del extremismo ideológico a su máximo esplendor, el cual condujo al mundo a su des trucción. Estando parado en los rieles y de espalda a la fachada principal de Birkenau, donde terminamos este viaje de casi 7 horas, pude conocer la magnitud de estos abominables actos que se llevaron en estas instalaciones y en otros campos de exterminio nazis que siguen siendo en la actualidad uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia de la humanidad.

Mantener viva la memoria sobre estos acontecimientos que estremecieron la consciencia del mundo es una oportunidad para seguir aprendiendo de nuestros errores. Siento que los gritos desgarradores de las víctimas continúan retumbando y confío que el sacrificio ofrendado por ellos nos siga interpelando a todos a no olvidar este periodo aciago, con el objetivo de no martirizarnos, sino de seguir forjando las bases de sociedades más pacíficas y tolerantes, que a su vez garanticen que estos hechos jamás vuelvan repetirse.

El autor es periodista y diplomático de la República de Panamá en Jamaica.


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