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El sistema no se toma, se hereda: advertencias para el relevo político

Ahora que se discuten las reformas al Código Electoral, es menester recordar que en Panamá la política no fracasa por falta de buenas intenciones. Fracasa porque el sistema está diseñado para neutralizarlas, encauzarlas o —en el mejor de los casos— volverlas funcionales. Quien no entiende esta premisa antes de cruzar el umbral del servicio público termina, tarde o temprano, reproduciendo aquello que prometió combatir.

La arquitectura del poder actual no es un accidente; es un diseño. Desde la entrada en vigor del Código Electoral de 1997 —y sus posteriores reformas—, la política panameña dejó de ser un espacio relativamente abierto para convertirse en un mercado de acceso restringido. No fue una reforma técnica ni administrativa: fue un rediseño estructural que elevó las barreras de entrada, homogeneizó el discurso aceptable y premió la logística territorial por encima de la doctrina, la formación o la densidad ideológica.

El arquetipo institucional

El Partido Revolucionario Democrático (PRD) no solo se adaptó a estas reglas: en buena medida las inspiró. El Código no obligó al PRD a transformarse; más bien institucionalizó un modelo que ya había probado ser eficaz. Es así como la cobertura nacional, los umbrales de inscripción elevados, la estructura permanente, el control territorial y la resistencia financiera se convirtieron en requisitos de supervivencia.

Ese diseño dictó una sentencia lenta pero firme contra los partidos de ideas. El caso del Partido Demócrata Cristiano —hoy Partido Popular— es el ejemplo más nítido: una organización de cuadros asfixiada por un modelo que privilegia el liderazgo logístico sobre el liderazgo intelectual. El diseño institucional transformó la participación política en una afición de lujo: al elevar los costos de permanencia, el sistema garantiza que solo los actores con financiamiento sostenido lleguen a la papeleta, dejando las ideas en un segundo plano frente a la capacidad de pago.

La lección previa al Código: Papa Egoró

Esta lógica no nace en 1997. Panamá ya había vivido, en la década de 1990, un antecedente incómodo con el Partido Papa Egoró: un movimiento orgánico y disruptivo que logró irrumpir sin pedir permiso al sistema. No fue derrotado de inmediato; fue agotado —y abandonado por su líder—. La necesidad de financiar su permanencia terminó empujándolo a la irrelevancia. El Código de 1997 no surge en el vacío: perfecciona esa lección y cierra las grietas que experiencias como Papa Egoró habían expuesto.

La ilusión de la renovación independiente

Este marco es indispensable para analizar, sin romanticismos, la figura de la libre postulación. Aunque se presenten como ruptura, muchas de estas irrupciones han dependido de las mismas palancas de siempre: alto financiamiento y acceso privilegiado a los grandes medios.

Más que una derrota del sistema, esto parece su actualización. El diseño de 1997 demuestra su capacidad para absorber la disidencia, permitiendo caras nuevas que utilizan herramientas antiguas. Se produce así una renovación estética que funciona como válvula de escape al descontento social sin alterar los incentivos centrales. Ganar una elección mediante los mecanismos tradicionales de las élites no equivale a derrotar el modelo; equivale a aceptar el contrato para administrarlo como una oposición controlada.

El debate superficial: aritmética vs. estructura

En el contexto actual, mientras se discuten nuevas reformas al Código Electoral, la miopía del relevo político resulta evidente. La bancada de Vamos y otros sectores emergentes han concentrado su capital político y su capacidad de movilización en la aritmética legislativa —el sistema de asignación de curules—, ignorando los nodos reales donde se reproduce la exclusión. Pelear por el residuo o el cociente es discutir la decoración de la casa mientras los cimientos están podridos.

La verdadera falta de pluralidad y participación ciudadana no nace en el método de elección, sino en las barreras de entrada, en el financiamiento que actúa como filtro de clase y en las reglas de permanencia que asfixian a quien no tiene un padrino económico. Al enfocarse solo en la mecánica parlamentaria, el nuevo liderazgo independiente demuestra una alarmante falta de profundidad para atacar el origen del problema, validando —quizás por omisión— el mercado político que juraron transformar.

El ancla del poder local

El corazón del modelo no está en la Asamblea, sino en las juntas comunales y los concejos municipales. Allí se construye la lealtad diaria y se garantiza la reproducción del modelo incluso tras derrotas electorales. El sistema no disciplina de inmediato; disciplina con el tiempo, cuando la supervivencia exige negociación permanente sobre recursos locales.

La advertencia final

La política panameña no se transforma desde la intención ni desde una victoria aislada. Todo actor nuevo enfrenta una bifurcación inevitable: o construye una alternativa estructural, fuera de los círculos tradicionales de financiamiento, o termina adaptándose para sobrevivir. Esa adaptación suele llamarse “pragmatismo”, pero casi siempre es asimilación.

Panamá no necesita más actores que prometan “no ser como el PRD” mientras operan con los mismos recursos y debaten con la misma superficialidad técnica. Necesita actores dispuestos a romper las reglas del mercado político, incluso si eso implica renunciar a la comodidad del acceso inmediato. La historia es clara: el sistema no se toma; se hereda o se reproduce. Quien no entienda eso antes de entrar no cambiará la política panameña. La política, inexorablemente, lo cambiará a él.

El autor es arquitecto, urbanista y excandidato a representante de corregimiento.


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