El reciente encuentro entre el mandatario José Raúl Mulino y el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, celebrado en el Palacio de las Garzas este 16 de marzo de 2026, ha sido calificado oficialmente como un hito “histórico”. Sin embargo, no debemos dejarnos deslumbrar por la pompa del teatro gubernamental. Detrás de los rimbombantes discursos sobre cooperación y amistad, se oculta la eterna pretensión del Estado de arrogarse los méritos de la sociedad civil y de perpetuar su control coactivo sobre la economía.
Se celebra con bombos y platillos la llegada de una delegación de empresarios alemanes y el rotundo respaldo germano al libre tránsito por nuestro Canal. ¡Faltaría más! Pero no nos confundamos: la esencia de las relaciones internacionales verdaderamente prósperas radica en el libre comercio, es decir, en la abolición de las barreras arancelarias y la apertura a la libre interacción voluntaria entre ciudadanos de todos los países, sin necesidad de tutelajes ni permisos estatales. En un orden genuinamente libre, las transacciones fluyen de forma orgánica y pacífica, ya que las guerras y los conflictos suelen originarse entre los Estados, por sus ansias de dominación, y no entre ciudadanos privados que solo buscan comerciar libremente.
La neutralidad y operatividad del Canal de Panamá no la garantizan las declaraciones de los políticos europeos. Cuando se recurre nuevamente a la lógica de cooperación por bloques y no a la eficiencia logística ni al natural afán de lucro del mercado global, se terminan mezclando alianzas políticas con nuestra ventaja logística frente a otras rutas comerciales. Es cierto que el mundo actúa con pragmatismo basado en los hechos internacionales, pero de algún modo no se está buscando realzar nuestro punto interoceánico a partir de sus propios méritos.
El punto más crítico de esta cumbre es el evidente servilismo del Ejecutivo al “agradecer” el apoyo de Alemania para intentar excluir a Panamá de las infames listas de la Unión Europea. ¿Qué son realmente estas listas sobre supuesto “blanqueo de capitales”? No son más que un mecanismo de extorsión orquestado por un cártel fiscal de Estados hipertrofiados que, incapaces de sostener las presiones financieras de sus sistemas de bienestar, buscan destruir mediante coacción a cualquier jurisdicción soberana que ofrezca competencia fiscal y protección a la privacidad de los individuos.
Mendigar el favor europeo para cumplir con sus mal llamados “estándares de transparencia” es una inaceptable capitulación. Debemos recordar siempre que el Estado es una institución que vive de manera parasitaria de las actividades productivas de los ciudadanos privados. Al ceder ante las presiones de la Unión Europea, Panamá actúa en contra de sus propios habitantes, sometiendo la propiedad legítima de ahorradores e inversores a redes internacionales de confiscación.
Finalmente, presenciamos el típico intercambio de favores burocráticos: Panamá cede su respaldo para que Alemania ocupe un sillón en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Las apelaciones a la paz en el estrecho de Ormuz resultan profundamente cínicas cuando emanan de organizaciones políticas que legitiman el intervencionismo. Como advirtió lúcidamente el liberalismo clásico, son las barreras políticas y las intervenciones estatales las que conducen al aislamiento, al odio y, finalmente, a la guerra.
Panamá no necesita el paternalismo de Europa ni someterse a sus dictados fiscales. El verdadero progreso pacífico solo se alcanza abrazando íntegramente la globalización de las interacciones voluntarias y defendiendo la propiedad, configurando así un orden político liberal de alcance verdaderamente universal. Todo lo demás es mera sumisión revestida de diplomacia.
El autor es analista independiente.


