Centro de Convenciones de Amador. Premios Juventud 2025, hervidero de estrellas contemporáneas. Fuera de cartel, en aparición providencial y casi mítica, Willie Colón irrumpe en el escenario. No cumple la frialdad de un contrato; vino a despedirse o a renacer en su patria adoptiva. Exultante y recuperado, el Malo del Bronx demuestra su relación particular con nuestra tierrita.
Su idilio con Panamá nunca fue un accidente comercial. Desde los años setenta, Colón entendió que el pulso panameño es una energía exportable. Antes de los grandes hitos, tomó nuestra tamborera y la transmutó en “Pescao”, con aire de samba, dándole a la rítmica del patio un pasaporte de universalidad. Fue el preludio necesario para la sociedad catedralicia que formaría con Rubén, binomio que alteró el ADN de la música latina con los álbumes símbolos imperecederos de Metiendo Mano y Siembra.

Juntos edificaron una mitología urbana, donde la salsa dejó de ser solo baile para ser pensamiento. Allí nacieron las crónicas sociales de Pedro Navaja, que caminaba la acera del destino, la crítica punzante de Plástico y María Lionza, que bajara de la montaña, se hiciera continente e himno llanero. En esa alquimia, nos enseñaron que “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, sentencia que esa noche en Amador cobró sentido profético.
Esa evolución alcanzó su cúspide estética en el álbum Antecedente (1988), donde la dirección orquestal de Willie dio refugio a la alta poesía de Manuel Orestes Nieto, cuyos versos resonaron como una revelación: “Vengo del mar y la angostura, del cruce del camino y la tarde…”.
Pero el ciclo no se detuvo ahí. Años después, bajo la pluma de Omar Alfanno, Colón volvió a sacudirnos con El Gran Varón, demostrando que su visión siempre supo leer nuestras sombras.
Cuando el trombón rugió para interpretar La Murga de Panamá, el aire se cargó de una electricidad distinta. Si bien fue Lavoe quien la popularizó, en las manos y voz de Williesonó a himno resucitado. Acompañado por polleras, bailarines, sombreros y un aparato orquestal, su presencia levantó el ánimo nacional, si bien venido del Bronx, pero que se hacía sentir como propio.
Pese al accidente, al silencio y al desencuentro público con Rubén, el arte permaneció intacto. Al día siguiente, su foto ante la bandera nacional fue el sello de una pertenencia mutua. Su trombón y su voz metálica no sonaron extranjeros. Sonaron a nosotros, a carnaval, a istmo. Fue el rugido necesario de quien, más allá del sol y las rencillas,
siempre amó a Panamá. Y Panamá siempre lo amó y lo sigue amando.
Hasta siempre, Malo.
(El autor es filólogo y periodista).

