En Panamá hay dos cosas que uno puede intentar sin talento: la política y el karaoke. Yo, por error de cálculo, elegí la guitarra.
Durante diez años consecutivos me presenté al examen de admisión del Conservatorio Nacional de Música de Panamá con la misma fe absurda del que compra raspao pensando que esta vez sí va a venir con bastante sirope y no con esa tristeza congelada que dan a veces.
Yo llegaba serio. Formal. Inspirado. Con la guitarra bajo el brazo, caminando como si fuera a grabar un disco y no a destruir la paciencia de un jurado que claramente había estudiado para cosas mejores.
El primer año salí confundido. No pude imitar las notas del piano con mi voz.
El segundo año salí indignado. Imité miy bien las notas del piano, pero el jurado no me creyó.
El tercero salí convencido de que el problema era la acústica.
El cuarto año pensé que el jurado me tenía envidia.
El quinto año, el señor de la entrada me dijo:
—¿Otra vez tú, fren?
Ya eso no era un examen. Era una relación tóxica.
El examen consistía en algo muy sencillo: tocar bien y vocalizar unas notas.
Lamentablemente, ese pequeño requisito siempre se interponía entre el conservatorio y yo.
Los otros aspirantes afinaban sus guitarras. Aquello sonaba fino, elegante, europeo.
Yo afinaba la mía… y sonaba como una puerta vieja que no ha visto WD-40 desde el gobierno pasado.
—Cuando guste —decían.
Y yo gustaba. Pero ellos no.
Mis dedos se movían rápido, sí, pero sin ningún acuerdo entre ellos. Aquello parecía una pelea familiar. Cada dedo tocaba por su cuenta, sin respeto, sin coordinación, sin patria ni bandera.
Una vez, después de tocar, uno del jurado me miró fijamente.
No con rabia.
Peor. Con lástima.
—¿Usted practica? —preguntó.
Eso dolió. Porque uno puede aceptar que le digan bruto, pero que le digan que todo ese esfuerzo no sirvió para nada… eso es violencia emocional.
Otro del jurado anotó algo en un papel. Estoy casi seguro de que dibujó una ambulancia y escribió:
“Este joven tiene futuro… pero en otra área. Bien lejos de aquí.”
Para el sexto año, el conservatorio ya me conocía. Yo era parte del folclore institucional. Una especie de decoración viva.
Creo que me dejaban entrar por respeto a mi perseverancia, que es esa cualidad inútil que hace que uno siga insistiendo cuando ya todo el mundo sabe que no es por ahí.
El octavo año fue especialmente humillante. Terminé de tocar y uno del jurado dijo:
—Gracias, joven.
Ese “gracias” en Panamá significa muchas cosas.
Significa: ya vete.
Significa: no insistas.
Significa: esto no es lo tuyo, campeón.
El décimo año fue el cierre de mi carrera musical. No duré ni quince segundos tocando.
QUINCE.
Eso no es una audición. Eso es un operativo de desalojo musical.
Uno del jurado levantó la mano como si estuviera parando un taxi.
—Ya, suficiente.
Ni mi mamá me ha frenado tan rápido en algo.
Ese día entendí que la guitarra y yo no estábamos destinados a estar juntos. Lo nuestro era una relación unilateral. Yo la amaba. Ella me exponía.
Así que, como todo panameño rechazado por el arte, me refugié en las matemáticas.
Las matemáticas no te juzgan. Las matemáticas no tienen jurado. El número no te mira con cara de: “¿Y tú qué haces aquí?”
El número es frío, pero honesto. Si eres bruto, el resultado sale mal y punto. No hay aplausos falsos ni “gracias joven”.
Después descubrí el ajedrez. El ajedrez fue perfecto para mí que no serví para la música pero quería sentirme inteligente.
Ahí nadie escucha tu talento. Nadie sufre. Nadie llama a seguridad.
El tablero no te rechaza. El tablero solo te humilla en silencio, que es una humillación más elegante.
Mientras otros soñaban con ser guitarristas, yo admiraba a Garry Kasparov, que nunca tuvo que afinar nada en su vida y aun así lo respetan.
A veces todavía veo mi guitarra en la esquina del cuarto. Está ahí, acumulando polvo, dignidad y frustración. La agarro de vez en cuando, toco dos notas, y el perro del vecino empieza a ladrar. No sé si por solidaridad o por dolor.
Pero ya hice las paces con la verdad.
No todo el mundo nace para hacer música.
Algunos nacemos para escucharla.
Otros nacen para tocarla.
Y unos pocos, elegidos por el destino y rechazados por el conservatorio diez veces consecutivas, nacemos para entender que nuestro verdadero talento era no rendirnos… aunque hubiera sido mejor rendirnos desde el segundo año.
Pero eso sí: puedo decir con orgullo que soy el único guitarrista en Panamá con récord perfecto.
Diez intentos.
Diez fracasos.
Cero sospechas de talento.
El autor es ingeniero retirado.


