Hay libros que celebran un logro y otros que proponen un método. Memoria para crear futuro, de Ricardo González de Mena, pertenece a los segundos. Tras el relato de cómo El Valle de Antón —el cráter volcánico habitado más grande del mundo— llegó a ser un destino turístico reconocido a nivel internacional, late una tesis que interesa a todo el país. El desarrollo territorial sostenible no es una condición alcanzada, sino una tarea permanente que exige visión, coherencia y participación de la comunidad. Y que ese resultado se alcanzara en apenas tres años, en plena pandemia de la covid-19, no lo debilita: lo vuelve más aleccionador.
La primera enseñanza es que la identidad precede al desarrollo. El autor recuerda que ya en 1928 un Comité Pro-Carretera abrió el camino que integró a la comunidad. Siete décadas después, esa misma vocación cívica dio origen a ADESVA (Asociación para el Desarrollo Sostenible de El Valle de Antón) y, en 2001, a uno de los planes normativos de ordenamiento territorial pioneros del interior. La lección es contundente: hay que planificar antes de que el crecimiento desordenado imponga sus costos. Aquel plan no fue retroactivo ni perfecto, pero fijó reglas de densidad, uso de suelo y protección hídrica que todavía defienden su carácter campestre.
La segunda lección es la asociatividad como motor. El caso vallero no lo protagoniza un héroe individual, sino una red: ADESVA y su Comité de Turismo, la Autoridad de Turismo de Panamá, el capítulo coclesano de la APEDE, las cámaras locales, fundaciones, la banca multilateral y las comunidades asentadas a lo largo de los senderos. De esa articulación nació, en 2022, un Comité de Gestión de Destino público-privado y un Plan de Acción que ordenó las prioridades. Ningún destino se construye desde una sola institución.
De ahí se desprende el modelo que el libro sugiere, replicable más allá de Coclé. Hay un producto ancla concreto: la Ruta de la Caldera, un circuito de 35 kilómetros integrado al proyecto nacional de 1,000 kilómetros de senderos, que da coherencia a un territorio con numerosos atractivos. Existe un financiamiento mixto: patrocinios por sendero, un grupo de “Amigos de la Ruta”, aportes voluntarios de los visitantes y la rentabilización de la marca, en lugar de depender de una sola fuente. Hay, además, una gobernanza formal —una organización sin fines de lucro que integra al Estado y a la sociedad civil— capaz de sostener el mantenimiento y las consultas comunitarias.
Quizá la enseñanza más honesta es que sin servicios básicos no hay competitividad. El autor no oculta que El Valle llegó a pasar más de 200 horas mensuales sin electricidad. La respuesta no fue la queja aislada, sino la incidencia organizada y documentada, que derivó en un centro de respaldo, una línea paralela y un programa sostenido de mantenimiento. Aspirar a un destino de clase mundial obliga a resolver primero lo elemental.
Vale la pena subrayar cómo el libro entiende el reconocimiento internacional. Las distinciones de National Geographic, la BBC, The New York Times y el galardón Best Tourism Village de ONU Turismo, obtenido en 2024, no se presentan como la meta, sino como la consecuencia de un trabajo previo. Ese orden importa: primero se busca la calidad del atractivo y la sostenibilidad; el prestigio llega después. Que uno de los senderos aumentara sus ingresos en un 146 % con respecto a 2021 confirma que el impacto también es económico y local.
La obra ofrece una lectura de país. Citando a Toynbee —“un Estado está gobernado desde la capital, no por ella”— y recordando que la región interoceánica concentra el 86.4% de la actividad económica, el autor convierte una historia local en un argumento a favor de la descentralización. Invertir en las ciudades secundarias y en el interior no es asistencialismo. Es una estrategia de equidad y de resiliencia nacional.
La experiencia de El Valle no es un manual cerrado. El propio autor advierte que quedan brechas en gobernanza, equidad y ordenamiento territorial. Su mayor aporte es demostrar que la memoria colectiva, bien administrada, puede convertirse en una herramienta para construir futuro. Es un modelo de éxito que Panamá haría bien en estudiar.
La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social y expresidenta de la Junta Nacional de Escrutinio.
